Un oso por Javier Reverte

Lo que más me impresionó del primer antílope eland que vi en 1992 fue su actitud y la altanería que mostraba en sus gestos

Javier Reverte
La primera vez que vi un gran mamífero en libertad fue en Uganda, en 1992, y era un eland, el más grande de los antílopes del continente africano. Me encontraba en una zona en donde la fauna no abundaba y el animal, desconfiado, se mantenía a distancia, muy lejos de donde yo me encontraba, alerta a cualquiera de mis movimientos. Pero pude observarle muy bien gracias a unos prismáticos. Y lo que percibí al contemplarlo fue una sensación de libertad inmensa, de vida no domeñada, de orgullo en suma. Hasta ese atardecer en que mis prismáticos lo descubrieron, nunca había sabido lo que era exactamente un eland: ¿toro, vaca, cabra gigante...? Pero a partir de ese día leí sobre él y conozco sus hábitos, la calidad y el color de su piel, la forma de aparearse e incluso la comida que le gusta. Si ahora cierro los ojos, veo su imagen tan precisa casi como la contemplé aquel día: en la falda de una colina boscosa, su vigoroso cuerpo recortándose en un calvero y mirando hacia mí. Pero lo más importante en ese momento no fue ver por vez primera un ejemplar del gran antílope. Lo que me impresionó realmente era su actitud, su forma de moverse, su manera de mirar desde la distancia, la altanería que mostraba en todos sus gestos. Lo he dicho antes: era libre. Al paso del tiempo y leyendo libros de expertos en naturaleza africana y de cazadores experimentados, he encontrado en muchas ocasiones la misma observación sobre la diferencia en la actitud que se percibe entre los animales que viven en libertad y los que están prisioneros en un zoológico. Cuando yo era un niño, en la posguerra madrileña, el zoo se llamaba Casa de Fieras y estaba en el Parque del Retiro. Recuerdo que, nada más entrar, a la izquierda había una fila de jaulas individuales destinadas a los grandes felinos, en las que malvivían dos leones, un tigre, un leopardo, una pantera negra y un puma. Las jaulas resultaban muy pequeñas, del tamaño de un apartamento polaco en la época del comunismo, pero sin sofá de plástico. Allí dentro, los animales paseaban histéricos de un lado a otro de la jaula o se sentaban melancólicos con los ojos perdidos en ninguna parte. Recuerdo sus miradas derrotadas, sometidas, la desesperanzada fatiga de su actitud. Por cierto, aquella zona apestaba verdaderamente a tigre o a leonera, y ese olor lo tengo todavía bien clavado en mi memoria olfativa. Cerca, en una especie de gruta cerrada por una imponente reja, había un oso pardo, con un gran cartel en donde se leía: "Cuidado, oso peligroso". Este animal nunca se estaba quieto y no paraba de trotar, rugiendo de cuando en cuando, en el espacio de catorce o quince metros cuadrados de su habitáculo. Tenía mirada de loco asesino y daba miedo verlo. Y un poco más allá, en un foso de forma redonda, en cuyo fondo había una plataforma rodeada de agua, vivían tres osos polares. Daba pena verlos, siempre sudorosos, agotados, mirando hacia arriba como si suplicaran para que les echásemos un par de barras de hielo. Aquel eland de Uganda, sin embargo, parecía un animal de otro planeta, como si se tratara de un ser diferente a los mamíferos que yo estaba acostumbrado a ver. Y esa misma actitud la he visto luego repetida en decenas de animales. El último fue un oso polar, en el curso de un viaje por las islas Svalbard, cerca ya del Polo Norte, a bordo de un buque oceanográfico noruego. Era un día soleado del pasado mayo y nos habíamos detenido ante una placa de hielo, más o menos a los 82 grados de latitud norte. Y alguien vio su figura levemente amarillenta asomar en el horizonte blanco y comenzar a caminar en nuestra dirección. Diez minutos después, estaba bajo la proa del buque mientras todos los tripulantes nos asomábamos a contemplarlo. Nos miraba curioso, sin pizca de miedo, seguro de sí, arrogante y libre. En definitiva, poseedor de esa rara altivez que concede la libertad a quienes saben disfrutar de ella.