Un lugar llamado Tuva, por Javier Reverte

Javier Reverte

Es extraño el último libro de viajes, por llamarlo así, que acabo de leer. Se llama Tuva y lo firma Gonzalo Moure. Digo de viajes porque el paisaje es viajero e incluso exótico, pero en realidad el libro es una novela que evoca un paisaje lejano, que podría parecernos en buena medida imaginario, y se sitúa en el ámbito de un territorio que, en el libro, a veces te parece irreal y que, sin embargo, figura en los mapas. Moure ha enfocado la literatura viajera, en este trabajo, de una manera muy personal, diferente y, por supuesto, insólita. Todos los que amamos viajar sabemos que, a menudo, los lugares tan sólo podemos mirarlos poéticamente, desde nuestro interior hacia el exterior, o al revés.
Hay paisajes que nos impresionan por su magnificencia, pero otros nos crecen en el alma por razones, con frecuencia, imprecisas. Eso es lo que yo creo que ha hecho el autor de Tuva, del que hablo. Y para ello ha escogido el lenguaje de la ficción en lugar de apostar por la crónica, quizás porque no tenía otra forma de acercarse a su memoria viajera. Tuva existe, pese a todo. Antiguo territorio de la extinta Unión Soviética (URSS), y hoy república autónoma asociada a la Federación de Rusia, es un territorio vecino de la inmensa Mongolia, y en muchos aspectos emparentado con ella, de una extensión unas tres veces más pequeña que la de nuestro país. Lo habitan poco más de trescientas mil personas y una buena parte de su población son todavía gentes nómadas, buenos criadores y domadores, sobre todo de caballos. La geografía tuvana contiene unas enormes cordilleras y unos extensos valles, y su principal producción es agrícola.
Moure, sin duda, se ha enamorado de este remoto y desconocido país, y la manera de expresar su amor no ha sido otra que construir la historia de un muchacho español, llamado Marcos, que viaja al país con un extraño objetivo: encontrar un viejo rito único en el mundo: dar con hombres que doman a su caballos por el procedimiento de cantarles. Los jóvenes amigos tuvanos de Marcos, el bravo Aydemir y la bella Aneyhaak, en un largo viaje a caballo en busca de un potro robado a Aydemir por unos cuatreros, le ayudan a encontrar lo que busca y Marcos alcanza a madurar y a convertirse en un hombre distinto al que salió de España.
La pasión que el autor del libro siente por Tuva ya se había mostrado meses antes en un libro juvenil, publicado en Sevilla, al que Moure llamó Soy un caballo. Este otro, Tuva, dado a la luz por una editora zaragozana, bien podría ser un homenaje parecido al del libro anterior, pero contado para unos lectores de mayor edad. En el libro, Moure nos dibuja los paisajes de un territorio todavía hostil, poco hollado por el hombre, en donde el vigor de la Naturaleza no ha sido todavía domeñado por la fuerzas de los brazos humanos. Quién sabe si porque allí no hay petróleo... Da gusto leer libros del presente en donde todavía se escuchan los aullidos de los lobos y las pisadas de las manadas de mamíferos salvajes, en donde se cabalga libremente junto al curso de ríos indómitos.
De modo que Moure nos ofrece una nueva forma de concebir la literatura viajera. No ya sólo como la crónica de un viaje real sino también como la expresión de un viaje imaginario. A la postre, uno puede preguntarse siempre si no existe debajo de lo real mucho de ficción y si la ficción no es, en su sustancia, nada más que una forma de organizar lo real para poder digerirlo y comprenderlo en toda su hondura.
Con los viajes nos sucede algo parecido: al viajar, ¿paseamos un sueño, como decía mi amigo Manu Leguineche? Tal vez sea el propio sueño quien nos pasea a nosotros.