Un hombre mediterráneo por Javier Reverte

Recordamos cuando éramos jóvenes y salíamos a la mar sin hora de regreso para disfrutar de una jornada memorable.

Javier Reverte

A menudo he escrito en esta página sobre el fin del Mediterráneo, refiriéndome no tanto al mar como a una cultura crecida en sus orillas. Y siempre he creído y creo que la especulación y el amor desmesurado al dinero han sido las causas del principio de ese fin. Pero quedan, por fortuna, reductos en donde puede uno reconstruir la esperanza y la fe. Yo tengo en ese sur mediterráneo un gran amigo que es un buen ejemplo de ello: se llama Pepe Rodríguez Ross, El Almejero, y regenta un restaurante del mismo nombre en Garrucha, en el levante almeriense. Hasta hace muy poco, Pepe era de alguna forma el cabecilla de una buena tropa de amigos cuyos placeres eran tan sencillos como comer, beber, pescar y reír. La mayor parte de ellos están ahora enfermos o han muerto. Y Pepe y yo, en algunas ocasiones, los recordamos con nostalgia y pena mientras recorremos el mar en busca de buenos peces.

Nos acordamos de esos días en que éramos más jóvenes y salíamos a la mar sin hora de regreso, con suficientes bocadillos y botellas de vino a bordo como para disfrutar, una vez más, de una jornada memorable al sonido de las risas y del oleaje golpeando las amuras de la lancha. No envidiábamos a nadie, no teníamos necesidad de más de lo que poseíamos, ninguno ambicionábamos ganar más dinero que el necesario para que nuestros hijos crecieran sin apreturas. Recuerdo que, en una ocasión, al salir de puerto, justo en ese mismo instante atracaba un yate de lujo que atrajo la atención de al menos una veintena de curiosos en el pantalán al que iba a amarrarse. Era digno de verse. Uno de los de la panda, no recuerdo cuál, lo miró de lado y dijo: "Es bonito, desde luego. ¿Pero cómo será la gente que va a bordo?". Todos estábamos de acuerdo en que lo mejor de la mar ha sido siempre la compañía, por delante del lujo. Pepe tiene el mejor restaurante del levante almeriense y, sin duda, uno de los mejores de todo el litoral mediterráneo. Y hoy, en plena crisis económica, él apenas siente unas leves rozaduras. ¿Por qué? La razón no es otra que trabajar con honradez y calidad, algo que han olvidado muchos restauradores de nuestro país y de los que aquí he puesto en ocasiones algunos ejemplos. El lema de El Almejero es tan sencillo como verdadero: "De la mar, a la mesa". Y a fe que Pepe cumple con rigor esa suerte de ley: todas las tardes, cuando llegan los barcos con sus capturas a puerto, él mismo o alguno de sus empleados, por lo general El Culín, esperan pacientemente en la lonja para hacerse con las capturas de mejor calidad, desde la gamba roja al salmonete, desde el mero al borazo, desde el rape a la brótola, desde el pez Sampedro al rodaballo salvaje, desde el camarón a las jibias... Y esa noche, ese mismo pescado casi colea todavía en tu plato de puro fresco.

Pepe llegó a la localidad de Garrucha hace más de cuarenta años, como quien dice, con una mano delante y otra detrás. Venía de su tierra natal, Cartagena, en donde quedó huérfano siendo casi un niño. Comenzó a trabajar en los empleos más humildes y, unos años después de su llegada a Garrucha, puso un pequeño chiringuito en el que servía sardinas y quintos de cerveza. Luego sacó mesas a la calle para ofrecer arroces y pescados a la carta. Y finalmente abrió su local junto a la lonja de pescado. Sus tres hijos trabajan con él y han logrado que el prestigio de su local se extienda a lo largo de todo Levante.

Pero a Pepe no se le han subido los humos ni se le ha rebajado su humanidad con la llegada del dinero y el prestigio. Sigue jugando la partida de tute con sus amigos de siempre en un almacén trasero de su local, le da todos los días un bocadillo a un vagabundo que viene rodeado de perros, le compra artesanías a un pobre negrito que se gana la vida con la venta ambulante y tiene a un hombre algo retrasado empleado para barrer y hacer los recados. Entre sus empleados, acoge a magrebíes y latinos con los mismos derechos que daría a cualquier español. Y ha conseguido papeles para muchos inmigrantes que hoy viven en unas condiciones dignas en el pueblo. Cuando bajo por el sur, nos embarcamos aún con una botella de vino y recordamos a los viejos amigos que ya no navegan con nosotros.

Pepe es un hombre mediterráneo de los de antes, de los que cada vez van quedando menos. Una raza de hombres que comenzó hace muchos siglos a cuajarse y que casi se ha extinguido a causa de la especulación del cemento favorecida por nuestros políticos.