Un crucero por el Brahmaputra, por Luis Pancorbo

El punto fuerte del crucero se centra en la isla de Majuli, donde están los monjes danzantes de la felicidad.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

El barco es bastante lujoso y al menos no se echa de menos el Titanic. El río Brahmaputra no da sorpresas de icebergs, ni de thugs que van a estrangular y robar a los viajeros, y luego a rezar a Kali. El único problema es la lentitud de las aguas de uno de los mayores ríos del subcontinente indio, pero eso se puede ver por el lado positivo. Hay menos contaminación relativa que en un crucero similar por el Ganges. Y menos mareo que en el mar, pese a la profusión fluvial de dioses.

El clima es otra cosa. Una sucesión de humedad que acongoja muchos meses hasta en las cañas de los huesos. Hay que embarcar en la estación correcta para la navegación, de octubre a abril. Los alicientes propios de la India no se sumarán a las trombas sino a los matices neblinosos de las tierras altas.

El verdadero lujo es bajar a tierra y subir a un elefante. Otras veces las visitas de aldeas ribereñas se realizan en rickshaw. Ese vehículo, de antigua tracción humana, sirve para conferir al extranjero un aire de sahib trasnochado, el que sigue en una película de lanceros o de fusileros bengalíes. Pero ya decía Rudyard Kipling que a los viajeros hay que cogerlos como truchas frescas, cuando sus recuerdos aún palpitan. Ahora el viajero por el Brahmaputra no corre peligro al visitar determinado grupo étnico, o gente de tal o cual casta. Otra cosa es que el viajero quiera truchas grandes, o sea, ver tigres o, en su defecto, rinocerontes. Y para hacer una foto, no para cazarlos, que eso ya va siendo una horterada de ricos, nuevos ricos y afines.

Hay variantes en este crucero del Brahmaputra, aunque se suele arrancar desde Guwahati, capital de Assam, uno de los Estados himaláyicos orientales de la India. Ya eso es un triunfo por ser un lugar donde hasta hace poco no daban facilidades de movimiento a los extranjeros. Sería imperdonable perderse allí mismo el templo de Kamakhya, la renombrada diosa del Deseo, si no el eterno femenino. Una especie de condensación de diosas tántricas e hinduistas en una, Skakti, que sin embargo parece aceptar de buen grado los sacrificios de animales que se perpetran en su nombre. Es la India siempre contradictoria a reventar.

Si uno coge un crucero de una semana, en su primera jornada llegará a Silghat. Son 172 kilómetros, y por tren se tarda cuatro horas con veinte minutos, parando en catorce estaciones. Si se va por el río se pueden ver delfines de agua retozando o, aún más fácil, atardeceres sobre el río Brahmaputra de los que quitan escamas a la memoria.

Al desembarcar en Silghat lo suyo es ir al Parque Nacional Kaziranga en un elefante a ver fauna mayor. Bagheera, la pantera negra que encuentra a Mowgli en el río, como si el niño fuese un Moisés, se queda en las páginas de El libro de la selva. Aquí hay realidades, y de fuste, como ir a conocer Sivasagar, el océano del dios Siva. Su templo, el Sivadol, presume de tener la torre más alta de la India (32 metros). Fue la capital del reino ahom, que rigió Assam por seis siglos.

Para muchos, el punto fuerte del crucero se centra en la isla de Majuli, donde los monjes de los satras o monasterios hinduistas han conseguido una alta reputación de danzantes de la felicidad. Echan a los viajeros una especie de red musical, como la de las sirenas de Ulises, si no como el más sutil lazo de la Ligeia de Poe y de Tomasi, y lo difícil es volver al barco, que se convierte en la realidad, en la vida, incluso en la vuelta a casa un día que parece más lejano de lo que es.