Un "buenaventurero", por Jesús Torbado

Enrique Meneses figurará en la historia de los españoles ilustres como gran fotógrafo y profesional del periodismo.

Jesús Torbado
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Foto: Raquel Aparicio

Mientras la caravana de los Reyes Magos se dedicaba a repartir su jugosa carga entre los niños del Occidente español y cristiano moría en Madrid apaciblemente y sin aire, sin resuello, el periodista, viajero, fotógrafo y aventurero Enrique Meneses. Ochenta y tres años cumplidos y bien llenos, muy llenos. Durante dos de ellos anduvimos mano a mano editando una revista en español e inglés titulada Los aventureros, dedicada a difundir las peripecias de hombres y mujeres que emprendían viajes insólitos, siempre de buena voluntad, por todo el mundo. Aquel bonito papel lleno de fotografías coloridas y poco profesionales duró lo que duró, no mucho, pero no acabó con mi admiradora amistad hacia Enrique, su mujer, Annick; su hija, Bárbara (hoy asilada en Australia), ni su mundo. Tampoco había comenzado con la revista, ni mucho menos, sino con una serie de relatos aventureros contados en la radio, muchos años antes.

Meneses figurará en la historia de los españoles ilustres primero como gran fotógrafo (son inolvidables sus imágenes de los guerrilleros Castro y Guevara, entre cientos de otras), como profesional del periodismo después (fue capaz de entrevistar simultáneamente al sha de Persia en inglés y a su mujer, Farah Diba, en francés en el palacio del matrimonio), comoreportero prototipo de un oficio que, en puridad, ya no existe. El de viajero no es propiamente un oficio sino una pasión, y no aparece en la lista de méritos. En consecuencia, esa parte de su vida apenas aparecerá en las reseñas que se hacen de su paso por estos caminos.

Para estecronista es inolvidable el relato -escuchado tantas veces de su boca- de aquel día en que en El Cairo, donde estaba de corresponsal ocasional de Paris-Match a mediados de los años 50 y junto a un amigo vio en una fotografía la estampa de una lavandera desnuda en el Alto Nilo. Les pareció a ambos tan bella aquella mujer que decidieron ir en su busca. Durante cuatro meses estuvieron persiguiéndola por las riberas del gran río, hasta que se vieron mezclados en curiosas intrigas de las monarquías centroafricanas (Uganda, Togo, Sudán), con persecuciones conyugales y asesorías pintorescas de príncipes apócrifos incluidas. Una gran historia peliculera que Meneses fue contando a trozos en algunos de sus libros, sobre todo en Escrito en carne y el más reciente (2006) y delicioso Hasta aquí hemos llegado.

Este último texto recoge con un impreciso orden sus memorias parciales, incluso hilarantes aventuras de una abuela suya varada en Filipinas a finales del siglo XIX y de su padre, que también fue periodista. O cómo de jovenzuelo se ganaba la vida en Madrid en un garito familiar de póquer clandestino, junto a su hermano Augusto, y sus siguientes saltos de país en país y de aventura en aventura, casi siempre exitosas todas ellas.

Pues la actividad de Enrique Meneses, optimista infatigable y despreocupado, siempre fiel a los amigos, al tabaco y al whisky hasta sus últimos años en que le asedió la enfermedad indomable, aventurero afortunado y bueno, fue tan implacable como increíble. Me refiero a su actividad reporteril y viajera, en la que debe incluirse un viaje de tres meses por África Oriental, veinticuatro fronteras, desde El Cairo hasta Ciudad del Cabo, junto a dos muchachas adolescentes -una, su hija Bárbara, y la otra, Ana Isabel, hija de su segunda mujer-, intrépidas aventureras las dos y cómplices de las locuras del periodista.

Su trayectoria como tal es muy rica, y no cabe ser descrita en este rincón. Realizó colaboraciones y dirigió publicaciones de diverso género (ABC de las Américas, Playboy, Lui), y también trabajó en TVE y Radio Nacional, donde recaló varias temporadas. En los últimos tiempos, aún encadenado a una silla de ruedas y con un bidón de oxígeno a mano, difundía blogs y estaba enfrascado en conservar y ordenar su rico archivo fotográfico. Seguirá sin duda haciéndolo en su nomadeo por las estrellas. Y predicando aquel decálogo que compuso para nuestra revista en 2008: "Si eres un auténtico aventurero, sé fuerte con los fuertes y débil con los débiles. Así, como decía Rudyard Kipling, podrás llamarte hombre".