El último viaje de Javier Reverte

Hoy ha fallecido, a los 76 años, el mejor escritor de viajes de nuestro país, y colaborador en VIAJAR desde 1999. Nos despedimos de él con el último artículo que escribió para esta revista, que se publica en el número en papel de noviembre. Hasta siempre, genio. Hasta siempre, amigo. Gracias por habernos hecho viajar tanto a través de tus palabras

Revista VIAJAR
 | 
Foto: Tino Soriano

Periodista, escritor, novelista, filósofo... Javier Reverte (Madrid, 1944), de pluma ágil y certera, ha exprimido la capacidad de las palabras como nadie. Fue subdirector del desaparecido y emblemático diario Pueblo, pero enseguida se puso a recorrer mundo, convirtiéndose en el mejor escritor de viajes que ha conocido este país. Fue corresponsal en Londres, París y Lisboa, y enviado especial en casi cualquier país que a uno se le pase por la cabeza. También ha ejercido como articulista, cronista político, entrevistador, editorialista, redactor-jefe de mesa, reportero del programa En portada de TVE. Pero su mayor gozo era llegar a un país y descubrirlo desde las entrañas, y lo culminó a través de un sinfín de libros como su ya icónica Trilogía de África, En mares salvajes, Corazón de Ulises, El Río de la Luz, Canta Irlanda o Un verano chino, entre otros muchos.

También ha transmitido sus ganas de peinar el mundo como articulista en VIAJAR desde 1999, más de dos décadas en las que siempre ha sido fiel a su cita mensual. Nos despedimos como a él le hubiera gustado: leyendo (o más bien, escuchando) su último artículo para esta publicación, una auténtica oda al viaje como antídoto para todo, incluso  para estos tiempos inciertos que vivimos hoy. 

Tino Soriano

Fotos de Tino Soriano, durante la primera Expedición VIAJAR a Sudáfrica

Viajar en tiempos de covid. Por Javier Reverte

Si desplazarse por el mundo es una necesidad vital, está claro que la vida nos ha cambiado con la llegada de la pandemia y el cierre de la puerta de muchas fronteras de la tierra. El mundo no está clausurado del todo, pero está más próximo que nunca en los últimos años al enclaustramiento. Yo he tenido la suerte de escaparme algo en los tiempos recientes y algunos amigos míos lo llaman temeridad. No hay osadía en ello, pienso yo, pues en todas partes sucede lo mismo que en España y es indiferente el lugar en donde te aislas, sea Navalcarnero o Tananaribe. En todas partes te miden la fiebre al entrar, te ofrecen un chorro de crema desinfectante y las mascarillas son obligatorias. Parecemos japoneses de los años setenta.

La vida ha cambiado, digo; pero no por las mascarillas y las cremas. El asunto es más hondo. Y es que nos estamos acostumbrando a quedarnos quietos. Entre la pandemia y las nuevas tecnologías, pareciera que alguien hubiera tomado por nosotros la decisión de que no salgamos casi nada de casa. El teletrabajo va imponiéndose, el tapeo en la barra de los bares con los amigotes va camino de la desaparición, a los acontecimientos deportivos no se puede asistir, habrá quien invente pronto fórmulas de hacer el amor por “WathsApp”, las grandes producciones cinematográficas se rinden ante el vigor de las series televisivas, los cines cierran porque todo puede verse en casa, incluso los rodajes transcurren en su mayor parte en interiores y los grandes espacios han desaparecido de las pantallas. Imaginar un cine estilo al de John Ford y su Monument Valley ya no es posible. Y no sólo porque los apaches y navajos estén extinguiéndose, sino también porque nos hemos cargado el cielo inmenso del Oeste.

¿Qué nos quedaba? Viajar. Pero ha llegado el Covid-19 y levantado las primeras grandes barreras, como si fuera la premonición de un mundo anhelado por gente del jaez de Donald Trump. ¿Resistiremos o cederemos ante una enorme valla que abarque todas las fronteras imaginables?.

Los hombres hemos viajado para comer, por necesidad de supervivencia, para comerciar, para evangelizar, para descubrir, para conquistar… Y ahora lo hacíamos, sobre todo, por la razón más hermosa: conocer. ¿Tenemos que renunciar a ello? El Ulíses de Dante no aceptaba ese fin. En el “Infierno”, dice a sus hombres: “No os neguéis la experiencia de ir a la región ignota…; para la vida animal no habéis nacido, sino para adquirir ciencia y virtud”.

Viajar no es un placer, sino algo más hondo: un deber. Soy incapaz de imaginarme un mundo en el que apenas salgamos de casa, y mucho menos de nuestra patria, devorando la carroña de la comida encargo, sin un bar rodeado de amigos, sin partidas de cartas, sin salir de pesca, engordando como un balón a base de donuts y hamburguesas, haciendo el amor por “WhatsApp” y sin aviones que me esperen en las pistas de los aeropuertos o trenes en la estaciones o barcos en los puertos. ¿Y dónde el aire de la calle, y dónde el viento de la montaña, y dónde el rugido de las olas…?

Viajar nos hace, no sólo más sabios, sino mejores. Porque nos ayuda a comprender las propias debilidades y a corregirlas en el ejemplo de los otros. Y sobre todo, nos aplica la suprema de las enseñanzas: que no estamos solos y que nuestro mundo es diverso, rico, radicalmente enclavado en la diferencia; que de todos hay que aprender y a todos hay que prestar comprensión y ayuda; que los seres humanos somos una única raza.