La última selva, una columna de Javier Moro
"Para mí, agosto es un mes difícil para viajar, por las muchedumbres. Prefiero soñar con un periplo maravilloso a la cuna de la existencia en la tierra."

Este texto se publicará en agosto, cuando nuestro mundo esté patas arriba, sobre todo Europa, donde todos se van de vacaciones en el mismo momento. Si en el año 2000 viajábamos unos setecientos millones de personas, hoy lo hacemos mil trescientos millones. Para mí, agosto es un mes difícil para viajar, por las muchedumbres. Prefiero soñar con un periplo maravilloso a la cuna de la existencia en la tierra, aunque sea un viaje que no se deba y, de hecho, no se pueda realizar. Es el agujero negro del turismo. No existe una carretera de acceso. Y menos mal.
Se trata de la última selva virgen del planeta, el parque de Odzala-Kokoua en el Congo Brazzaville, un país que recibe 250 turistas al año (sí, todavía existen lugares así). La reserva tiene una extensión de 14.000 km2 y alberga la mayor diversidad de primates del mundo y más de un centenar de especies de mamíferos. La nutrida presencia del leopardo, en la cúspide de la cadena alimentaria, indica todo lo que no se ve: el esfuerzo por ahuyentar a los furtivos, por defender el bosque de los que solo buscan sus recursos. Únicamente existen unos senderos accesibles a los rangers sudafricanos encargados de la custodia del parque. En este corazón de las tinieblas se ven rebaños de búfalos iluminados por la luz plateada de la luna, cada uno con su garza en el lomo. O elefantes con ojos color miel agitando sus orejas mientras se refrescan en las aguas oscuras y brillantes de los ríos.
La pulsión de nuestro viejo instinto nómada es un contrapeso a lo vallado y a lo balizado, al orden de la modernidad
En un momento en que el turismo se está convirtiendo en la primera industria mundial, tranquiliza saber que existe otro espacio inviolado en el planeta. Es un consuelo para nuestras almas aquejadas del complejo de culpabilidad de estar colaborando en su destrucción. Que todavía hoy existan espacios que no hayan sido víctimas de la presión humana, a sabiendas de que el 80 % de los bosques primarios han desaparecido a lo largo de los últimos ciento cincuenta años, nos devuelve algo de fe en el futuro. Nos gusta imaginar bandadas de aves que migran a los recónditos rincones de las selvas del mundo, donde ni siquiera los rayos de sol consiguen filtrarse entre la masa vegetal. Es el reino de la desmesura, de millones de especies que pugnan por sobrevivir. Que en el corazón de África exista una selva intocada es un bálsamo para el espíritu.
Lo que antes era banal —el silencio, la naturaleza, el espacio— hoy es un lujo. Nos gusta huir del desarrollo, del crecimiento a ultranza de todo, de la urbanización. La pulsión de nuestro viejo instinto nómada es un contrapeso a lo vallado y a lo balizado, al orden de la modernidad. El turista, dice el poeta Enzensberger, es el que, no pudiendo cambiar el mundo, cambia de mundo. El problema es cuando todos los mundos acaban pareciéndose demasiado. La joven escritora Mayte Gómez Molina lo expresa a su manera: “Ojalá exista remoto / un lugar sin fotografiar / un trozo de tierra que se quede / sin pisar / donde no lleguen nuestros impulsos / ni las franquicias” (Circuito cerrado de vigilancia, Ed. Cielo Santo, 2024)
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