Turista, clase última, por Jesús Torbado

Jesús Torbado

Entre la feligresía viajera que se considera crecida de la misma pata de Ulises siempre los turistas se han llevado desdenes e incomprensiones, cuando no infamias e insultos.

Cierto es que ante las furibundas masas transeúntes se siente muchas veces sorprendida vergüenza, indignación infinita, ganas de cambiar de oficio, incluso impredecible piedad. Quizás en su viaje semántico la palabra turista ha ido acomodándose a lo que de verdad ahora significa. Por eso cuando en los avisos publicitarios se habla de "clase turista", tanto en aviones como en hoteles, hay ya que entender que se trata de lo más ruin y bajo de la oferta. Cierto que los que antaño viajábamos en la tercera clase de los trenes (carbonilla, bancos corridos de madera, tortilla de reparto colectivo, distribuidores de rifas, gaseosas, peladillas, mantecadas de Astorga...) no vamos a poner ahora pegas a las ofertas del negocio. Pero ser tratado como "turista", ya en el momento de apoquinar los euros, es temerse lo peor. Y cada vez más malo. Por eso aquella buena mujer que intentaba ir a Valencia, cuando le preguntaron si quería la "clase turista", respondió indignada que nada de eso, que ella ya conocía Valencia al dedillo y no quería ser turista, que iba a ver a su hermana, un tanto pachucha... Por eso si uno se queja de cualquiera de los mil padecimientos que se sufren en los viajes de rebaño (retrasos infinitos en los vuelos chárter, transportes decrépitos, comidas abominables, guías chulos y mandones), le responderán siempre que a qué tanto lamento y tanta demanda si ha pagado un simple servicio de turista.

La palabra termina comportándose como una peste, como realidad apestada. En beneficio de lo políticamente correcto y de lo progresista de moda y de la compacta megatendencia, van desapareciendo las primeras clases; incluso la palabra lujo es sospechosa (suelen soltar la bobada de alto standing). En trenes y aviones apenas brilla la primera clase, para que nadie se ofenda. Aparecen en su lugar o en sus cercanías términos asombrosos. Business First, dicen los de la compañía Continental; Premium Business, pregonan los de Lan; Clase Club, Business Plus y Business Avant anuncian en Iberia y en Spanair; Class Suite, alardean los de la Singapore del A-380... Ya pocas veces gritan aquel clásico y soberbio "Primera Clase", dicho todo con mayúsculas, que llenaba de orgullo a quienes podían pagarlo. En los nuevos trenes, con aparente modestia se dice sólo Preferente, para no avergonzar a los de bolsillo flojo.

Claro que la aviación mantiene lozano ese término merluzo que es lo de Business. Viajero de Negocios, en versión castellana. Cierto que es una manera más cómoda y amena de viajar, especialmente ahora que el espacio de los asientos se está jibarizando, y que tal ventaja hay que pagarla cara, pero no es justo avergonzar a los que se sientan en turista. (Aunque en los modernos airbuses es ya una clase volátil, acomodaticia y del género plastilina, es decir, casi siempre falsa, pues apenas da derecho a un vasito de zumo y a media sonrisa de azafata).

Alguien debe saber por qué motivos un fulano que va a comprar o a vender ajos a Shanghai, a hacer un negociete, debe ser viajero respetable, macizo y consistente (aparte de que haya pagado el doble por la travesía), mientras que un obispo filipino viejo, pobre y con toda la ciencia teológica en la mollera tendrá que contentarse con la última fila y los efluvios de esos cubículos del aseo aéreo que jamás encuentran una mano amiga que los frote con Donlimpio. Por la misma incógnita razón, alguien de ese sustancioso negocio del turismo sabrá por qué la categoría ética del turista en cuanto miembro de una cierta clase viajera se va hundiendo cada día más en la ciénaga del bochorno, la ignominia, el oprobio y la infamia. Ya no son sólo los encopetados viajeros, los trotamundos solitarios, los protagonistas de las grandes aventuras quienes miran con desdén al turista; son los que viven a cuenta suya los que lo clasifican como ejemplar de una baja clase digna de humillación.