Tu sombra, por Javier Reverte

¡Qué hermoso es viajar sin mirar el reloj salvo para asegurarte de la hora a la que parte tu tren o tu barco!

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Michel Onfray afirma que, en esencia, hay dos modelos de ser humano que se repiten con diversos rostros desde el Neolítico: el pastor y el campesino. El primero es el nómada, el hombre obligado a buscar pastos para su ganado y, por lo tanto, viajero por necesidad, lo que definitivamente le convierte en un ser cosmopolita. El segundo está obligado a quedarse para cuidar sus cosechas y recolectarlas, lo que le impide moverse, le hace sedentario y, a la postre, le despierta un hondo fervor nacionalista.

Los nómadas, afirma luego, fijan normas de relación social muy simples, con obligaciones mínimas. En el otro lado, los sedentarios edifican pueblos y ciudades, crean leyes y estados y se organizan en formas políticas. Para Onfray, el campesino acaba por considerar al nómada como un ser insociable, incontrolable, sospechoso e inquietante. Y en Caín y Abel está el mito fundacional de la guerra entre ambos modelos humanos, en el que el campesino acaba por matar al pastor, que era el favorito de Yahvé-Dios.

Lo curioso es que, a causa de ese terrible asesinato, Caín acaba por convertirse en el nómada eterno, condenado por Yahvé a vagar por la Tierra para siempre con su culpa a cuestas. Y así, de la raza de Caín, de la raza de los hombres vagabundos o vagamundos, surgen todos los mitos nuevos del viaje. Caín no es otro que ese judío errante que no conocerá ya el descanso.

Lo curioso es que aquello que surgió como condena, el nomadismo de Caín, hoy es un verdadero placer para el espíritu de los que amamos vagar por los caminos del mundo. "Vayámonos a cualquier parte, con tal de que sea lejos", pide Charles Baudelaire. El viajero rechaza ya el hábito, la costumbre y las normas que le enclaustran. Y sacrifica todo en nombre de un tiempo de alegría en el que los relojes no son los amos del tiempo sino que es el tiempo quien impone su ritmo caprichoso a los relojes. ¡Qué hermoso es viajar sin mirar el reloj nada más que para asegurarte de la hora a la que parte tu tren o zarpa tu barco! ¡Y qué hermoso es hacerlo sin un móvil que suene cuando disfrutas de una hermosa puesta de sol ni de un ordenador que te recuerde tu calendario para los días siguientes! ¡Qué absurdo es, para el viajero, el calendario!

Michel Onfray elabora un perfil de los gozosos descendientes del asesino Caín. Y destaca "el gusto por el movimiento, la pasión por el cambio, el deseo furioso por la movilidad, la incapacidad visceral para la comunión gregaria, la rabiosa independencia, el culto de la libertad y la pasión por la improvisación en sus menores detalles"..., el viajero "ama sus caprichos más que los de la sociedad en la que él evoluciona a la manera de un extranjero, ama su autonomía que emplaza más allá de la sociedad en la que vive, como si fuera el actor de una obra en la que reconoce su naturaleza engañosa".

Y concluye Onfray: "Lejos de la ideología de su aldea natal y de su tierra, del suelo de la nación y de la raza, el errante cultiva la paradoja de la fuerte individualidad, no ignorando que se juega la oposición rebelde y rabiosa de las leyes colectivas (...). Partir es experimentar un género de panteísmo extremadamente pagano para encontrar las huellas de los dioses antiguos y romper con las trabas y las servidumbres del mundo moderno".

De modo que ya sabe el amigo lector que, si es viajero de vocación, tiene a un asesino por patrón, el viejo Caín, y que, en el fondo, no es más que un ser insociable y asocial al que sus congéneres mirarán siempre con desconfianza.

¡Pero qué gusto echarse la bolsa al hombro, emprender la marcha con "tan solo el cielo sobre tu cabeza y el camino bajo tus pies", como pedía Stevenson, en uno de "esos despertares francos, claros, rientes, hacia la aventura", como proclamaba Rimbaud.

No hay otra elección para el viajero, a la postre, que encontrarse a solas con su sombra.