Tu embajada no está, por Jesús Torbado

Jesús Torbado

Como el dinero público no es de nadie, según la admirable doctrina de aquella indocta ministra de Cultura llamada Carmen Calvo -hoy vicepresidenta primera del Congreso, para seguir cobrando mucho por nada-, docenas de organismos públicos, que también deben de ser de nadie, se desbordan en autopromociones y publicidades. No tanto para convencer a otros como para convencerse a sí mismos, a quienes los gobiernan. En ese empeño, el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación avisa frecuentemente en los diarios que "Tu embajada puede ayudarte" y señala debajo algunas de las actividades que una legación diplomática puede o debe realizar en benefi cio o ayuda del viajero.
No sabe uno si realmente han cambiado tanto las cosas como para conceder crédito a esos anuncios y promesas. Las experiencias consulares de la mayor parte de los viajeros cargados de años y de kilómetros son realmente poco alentadoras. A tal propósito recuerda uno lo que le aconteció en Delhi en los tiempos más feroces del hippismo, cuando, ingenuo de él, acudió a la Embajada española a pedir ayuda para un muchacho de Moratalaz, a punto de morir en la calle de hepatitis y abuso de drogas, y le dieron sin compasión con la puerta en las narices. Al samaritano se le ocurrió intentarlo en la legación francesa, que recogió al chico, lo mandó a casa en avión y le salvó la vida. Tiempo más tarde, con el agradecimiento de aquel Paquito (cuyos padres pagaron gustosamente a Francia el precio del caritativo viaje), el colega se enteró de que uno de los capitostes de la Embajada, barcelonés, se dedicaba casi públicamente al contrabando de valiosas sedas por valija ofi cial.
Otras malas y despectivas peripecias podrían acumularse a propósito de los servicios diplomáticos y consulares españoles, tan cargados de gente experta en pasear por sus alfombras de oro zapatos brillantes y vasos de whisky de las mejores escuderías. Tantas que salvo en casos de necesidad extrema (pérdida o robo del pasaporte, por ejemplo) procura uno ni siquiera probar suerte intentando llamar a esas oficinas que casi siempre están mudas y cerradas para los vagabundos. O atentas preferentemente a famosetes, politiquillos y ricos empresarios, gente de paso efímero a la que socorren sin medida e invitan a cenar para solaz de sus remilgados altos funcionarios. (Como en la historia de aquella patética turista, diputada socialista catalana, a la que el huracán Katrina mantuvo un par de días encerrada en un hotel próximo a Nueva Orleans, tragedia que le dio pie para marearnos a todos durante un mes con su desgracia).
Injusto sería hoy descreer de esos insistentes y optimistas avisos que nos brinda la publicidad oficial. Hasta es posible que los extraños empujes democráticos de los nuevos tiempos de las alianzas de civilizaciones, con esos vaivenes surrealistas de nuestra política internacional, hayan mudado el usual trato que los diplomáticos solían dar a los viajeros en apuros. Aunque de vez en cuando, aunque en sordina, suelen divulgarse noticias y desventuras preocupantes. En el extranjero no es todavía raro que nuestras embajadas "no estén", no estén abiertas sus puertas a las necesidades del trotamundos que no está fuera de casa para fi rmar un gran contrato ni para entonar canciones de moda.
Bueno es que nos expliquen algunas funciones legales de embajadas y consulados. Para que el viajero las tenga en cuenta, haga valer sus derechos de ciudadano cuando lo precise y sea capaz de exigir de los funcionarios internacionales cuyo sueldo paga que cumplan esmeradamente con su deber. Que no los hemos colocado allí sólo para el espionaje de altura, los cócteles cotidianos y el intercambio de cruces y de medallas. Por eso una de las precauciones más sabias que debe tener todo peregrino es llevar perfectamente anotados los teléfonos y direcciones de las ofi cinas españolas en el extranjero, incluso las centrales de ese ministerio que tanto -y tan inmerecido- pisto se da con sus anuncios y promociones.