Trieste, por Javier Reverte

Trieste es una ciudad extremadamente literaria. Aquí nació Italo Svevo y Joyce residió cerca de doce años.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Tal vez el encanto de Trieste resida en su discreción elegante, en su escondido vigor y en su indiferencia a convertirse en icono de nada. Creo que hay pocos lugares en el mundo que me hayan sorprendido tanto, nada más a asomarme a sus calles y recorrerlas, de noche, en busca de mi hotel, desde la Estación Central a una estrecha vía próxima a la Plaza de l''Unitá d''Italia. En esa hora tardía, me sentí caminando entre los aromas de un pasado centroeuropeo, como si el Imperio Austrohúngaro no hubiese desaparecido de la Historia, y al amanecer me encontré en una urbe bañada por una esplendorosa luz, como si en el Mediterráneo refulgiera todavía el viejo sol de los clásicos. Pasear por Trieste me pareció que era casi como deslizarse entre dos mundos perdidos: los reinos que se esfumaron tras la carnicería de la Gran Guerra y el Mediterráneo que existió hasta casi ayer mismo, antes de que lo mancillara la especulación urbanística. Y a todo esto, corrían en el aire los perfumes de Oriente, traídos desde los lejanos valles e islas en donde crecen las especias. No digo yo que Trieste sea una ciudad única, pero si es cierto que tan solo se parece a sí misma.

Es, sobre todo, una ciudad extremadamente literaria. Y no solo porque naciera y creciera aquí un talento como Italo Svevo o porque James Joyce residiera en la ciudad cerca de doce años divididos en dos etapas. Es que en Trieste se siente que los escritores son gente amada, cosa no tan común como pudiera parecer. Joyce era muy pobre cuando recaló en esta urbe italiana de corazón esloveno y costumbres austriacas. Y no le quedó otro remedio que ir arrastrándose de vivienda miserable en vivienda miserable con el rácano salario que le pagaba la academia de idiomas Berlitz, en donde trabajó como profesor de Inglés. Sus dos hijos, Giorgio y Lucía, nacieron en la ciudad y él llegó a aprender el dialecto triestino hasta el punto de hablarlo como cualquiera de sus habitantes y mucho mejor que el italiano. En su casa no se hablaba inglés sino el dialecto de la ciudad. Y ese amor por la urbe, que le llevó a decir en una carta escrita a su mujer, Nora, fechada en 1909, "mi alma está en Trieste", es sentido por los naturales de la urbe como un homenaje de enorme valor. De modo que le han dedicado un pequeño museo -apenas guarda unas pocas cartas que escribió a su amigo Italo Svevo-, le han erigido una estatua en la plaza Ponterosso, cerca de su primera vivienda triestina, y hay placas que le recuerdan en cada domicilio en donde residió.

Aquí nacieron, vivieron y escribieron también el hermético poeta Umberto Saba y el novelista Scipio Slataper, un genio en ciernes caído en las trincheras de la Gran Guerra con poco más de 20 años. Y aquí nació, vive y escribe Claudio Magris, el autor de El Danubio.

Sin embargo, no hay que olvidar a otro genio que pasó por estas tierras: el checo Rainer Maria Rilke, que en el famoso castillo del Duino, a unos veinte kilómetros de Trieste, escribió en alemán sus famosas elegías que llevan el nombre de la fortaleza. El lugar puede visitarse viajando hasta allí en autobús de línea, con la casi seguridad de que el curioso no encontrará a otros visitantes. Y así, uno no tendrá que avergonzarse ante nadie al subir a la última terraza y recitar desde la altura el principio de las elegías: "Quién me escucharía, en las cohortes de los ángeles, si yo clamara..".