Tras las huellas de Clement Attlee, por Carlos Carnicero

La sencilla elegancia del porte de Attlee es una muestra de respeto a la dignidad que merece el más humilde de los ciudadanos.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

La lluvia y el viento son las principales señas de identidad de la primavera en Londres. Todavía no hay presencia visible de los próximos Juegos Olímpicos. Tal vez porque Londres es tan inmenso que guarda cada cosa en su sitio esperando el tiempo adecuado para su manifestación. En agosto explotará la ciudad.

Llueve cuando me dirijo hacia The National Portrait Gallery. Es un lugar para mí entrañable.

Hay revuelo y mucha gente para visitar la magnífica exhibición temporal de la obra de Lucian Freud. Visitarla bien vale las catorce libras que cuesta la entrada. Los museos públicos británicos son gratis, excepto cuando se trata de exhibiciones especiales o temporales. Pero Freud, esa mañana, no era objeto de mis deseos.

Acudí para ver un sencillo retrato de Clement Richard Attlee, primer ministro del Reino Unido, líder laborista durante la Segunda Guerra Mundial. Clement Richard Attlee es, probablemente, el político inglés más popular de los últimos años. Todavía lo es, a pesar de que falleció en 1967. Su vida es un espejo de sinceridad, de humildad y de fortaleza. A él se debe la gratuidad del sistema público de salud. Sentó las bases del estado del bienestar que hoy se está destruyendo también en el Reino Unido.

Llamó mi atención el conocido líder laborista por una referencia que hace Tony Judt en uno de sus últimos libros, Refugio de la memoria. Una afirmación rotunda: toda persona, la más humilde, tiene derecho "a una vida que merezca la pena ser vivida y un gobierno que les sirva". Quizá la más bella declaración de amor de un político a sus ciudadanos.

El retrato es sencillo: tonos sepia, escribiendo con pluma, y un entorno de extraordinaria sencillez. Un fondo difuminado en azules, tal vez una cortina, un sencillo escritorio rústico, donde toma notas en un trozo de papel y unos lapiceros esperando su turno. Tiene Attlee una expresión que aconseja confianza; su indumentaria es de una sobria elegancia, de ciudadano común; apenas asoma un pañuelo del bolsillo superior de su chaqueta de tonos marrones: un recurso de la época que nada tiene que ver con la exhibición de poder con la que coronan los poderosos sus trajes de lujo. Al fondo, en una no menos modesta mesa de apoyo, solo hay un libro de color rojo. Es la sencilla elegancia del porte de Clement Richard Attlee una muestra de respeto a la dignidad que merece el más humilde de los ciudadanos. Sin duda, yo le dejaría a Attlee el cuidado de mis hijos y le compraría un coche usado sin mirar el motor: le votaría.

El lienzo está pintado en el año 1946, después de ganar como líder del Labour Party nada menos que a Winston Churchill. Era el inicio de la refundación del laborismo británico y del camino hacia el estado del bienestar en medio de la profunda crisis de la posguerra.

Se pueden buscar muchos más retratos, la mayoría fotografías, del premier inglés. Pero no hay uno solo que haya revisado que modifique el reflejo profundo de honestidad, coraje, humildad y sencillez de este hombre del que estoy profundamente enamorado por la grandeza de su trayectoria.

De todos sus retratos, el que descansa en The National Library, en Australia, es uno de los que más me ha cautivado. Tiene un semblante relajado, los ojos casi cerrados, posando de perfil: mismo tipo de traje elegantemente simple, papel y lápiz sobre un sencillo escritorio en donde aparece, en segundo término y ordenado, el material de escribir. Tiene la frente y la cabeza enjuta marcada por las venas de su trabajo político: está, tímidamente satisfecho, ya de retirada. Y siento que me está diciendo: "He tenido una vida que ha merecido la pena ser vivida".

Salgo de The National Portrait Gallery. Revuelo en la entrada de la exposición de Lucian Freud. Ha cesado de llover y el sol pelea por abrirse camino entre las nubes. Tengo una enorme sensación de paz porque he entendido que la obra de Clement Richard Attlee merece alguien que recoja su testigo. Los nubarrones de esta crisis de injusticia solo son un contratiempo: seguiremos caminando por la senda de Attlee, seguro.