Tras la hija de Johannes Vermeer por Carlos Carnicero

Estoy enamorado de "La joven de la perla", de su serenidad, de su mirada ingenuamente seductora e inteligente.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

La primera vez que conocí la obra de Johannes Vermeer quedé atrapado para siempre. Son sus obras especies extrañas en el mundo de la pintura flamenca, de su Edad de Oro en el universo de la pintura mundial. Atendiendo la llamada de Vermeer viajé a Cambridge para ver tres de sus obras en el Museo Fitzwilliam (están hasta el 15 de enero de 2012), recogidas en una exposición que lleva por título Las mujeres de Vermeer; secretos y silencio. La joya de la muestra es La Hilandera, que ha abandonado su cobijo en el Louvre después de duras negociaciones.

Viajar para ver un cuadro es una de las más excitantes motivaciones. Salí temprano de Londres el viernes para evitar atascos de fin de semana. Pero la expectación por los tres cuadros del pintor provocó una avalancha de visitantes al museo. Paciencia en cola rigurosa para disfrutar delante de las obras del maestro del barroco moderno holandés.

Tiene Vermeer componentes de misterio en su obra y en su vida, de la que apenas se tienen otros datos que los que facilitan sus documentos oficiales: cédulas de bautismo y matrimonio y algunos otros elementos de las huellas burocráticas que dejó en su vida.

Quince hijos no debieron ser fáciles de alimentar a pesar de que su esposa, Catherina Bolnes, pertenecía a una acomodada familia católica. Matrimonio complejo entre un protestante y una católica en los Países Bajos incendiados por las guerras de religión. Una producción que la mayor parte de su vida no pasó de dos cuadros al año, se supone que por encargo de algunos de sus mecenas. El preciosismo de Vermeer va más allá del brillo de su pintura y de los pigmentos caros que utilizó en su obra. Pintura extrañamente luminosa y luces y sombras fascinantes, también fue un maestro de la luz y de la geométrica distribución moderna de los espacios. Detalles minuciosos sin agobios a pesar de la influencia barroca de su época. Creo que él no sabía que era minimalista. Y siempre, casi siempre, mujeres.

Haré una confesión íntima: creo que estoy enamorado de la La joven de la perla: la mirada ingenuamente seductora e inteligente, el brillo que da contraste a los tonos de la pintura, la serenidad que transmite esta joven de aspecto moderno. Siempre he pensado que la modelo que reprodujo Vermeer está cruzando una calle ahora mismo. Cuando me acerco a cualquiera de los museos que puedo visitar, inspecciono detenidamente por si la veo detenida ante alguna obra.

Algo dentro de mí me dice que esa joven -apostaría que se llama Elizabeth- es la hija más independiente del pintor, que sigue estudiando la obra de su padre, recorriendo los museos del mundo que dan cobijo a las 35 obras atribuidas al genio. Incluso he pensado que ella tiene alguna más escondida, de las que se tienen noticias por huellas documentales, pero que nunca han sido localizadas.

Tuve ocasión de ver algunos de sus cuadros en una exposición que realizó la National Gallery de Londres en el verano de 2007. Reunió una magnífica colección de pintores retratistas holandeses. Y ahí estaba, silencioso y reducido, Vermeer. Siempre como la gota de excelencia, casi excéntrica por su modernidad intemporal, frente a la obra de maestros como Rembrandt y Hals. He disfrutado de joyas de Vermeer en el Louvre y en el Museo Mauritshuis, que es donde descansa La joven de la perla.

Como los sueños se pueden dirigir cuando uno tiene el empeño de vivir dos veces cada día, he conversado con Elizabeth en distintos escenarios. Ella todavía es huidiza conmigo. Hace poco me sonrió en Cambridge, viendo los tres cuadros de su padre, y eso me llenó de satisfacción: por primera vez traspasó, con su mirada, el umbral de la cortesía y se acercó a una demostración sutil de cariño.

Voy a volver a Cambridge antes de que las obras de Johannes Vermeer vuelvan a su casa, al Louvre. Iré temprano y me apostaré en un punto equidistante de los tres óleos: La Hilandera, Mujer joven sentada en un virginal y Lección de música.
Sé que Elizabeth estará allí; aparecerá en algún momento del día, confundida entre los visitantes, abrigada con un moderno abrigo y siempre con el turbante o pañuelo en el pelo. Es como aparece en la obra de su padre. Y tiene la misma mirada que en el cuadro. Lo he hablado muchas veces con mi psicoanalista: nunca me ha dicho que deje de seguirla; es más, él cree que podemos llegar a entendernos.