Transilvania, por Javier Reverte

En la patria del príncipe Vlad "El empalador" abundan las historias populares de dragones y fantasmas.

Javier Reverte

He viajado este último verano a través de una de las regiones europeas más cargadas de leyenda gracias a la literatura: el territorio rumano de Transilvania. Cualquier lector algo avisado sabe de sobra que se trata del escenario en donde realizó sus hazañas el famoso Drácula, una creación del año 1897 del novelista irlandés Bram Stoker que ha saltado las fronteras del tiempo, desde el inicio de la industria del cine, para convertirse en uno de los temas recurrentes de la factoría cinematográfica de Hollywood. Se sabe, por supuesto, que el tal Drácula de la ficción no tuvo que ver nada con el de la realidad, Vlad Draculea, Tepes, un príncipe walacho nacido en Sighisoara en el año 1431. Vlad no chupaba sangre, pero se distinguió, eso sí, por su extrema crueldad en tiempos en donde el hecho de ser cruel era un signo de distinción social entre todos los aristócratas. El príncipe adoptó un apodo muy acorde a su condición, ya que Tepes significa "El empalador". Sodomizado, al parecer, en numerosas ocasiones durante su infancia y adolescencia por sus captores turcos, disfrutaba cuando llegó al poder, quizás como una forma simbólica de venganza, empalando a sus enemigos, en particular a los turcos, con unas técnicas extremadamente sofisticadas. Según se cuenta, Vlad lograba que el palo de la tortura atravesase las vísceras de los condenados sin provocarles la muerte durante 24 horas, entrando por el ano y saliendo por la espalda, entre los omoplatos. De tal guisa ejecutó a más de veinte mil adversarios. Por lo visto, le complacía almorzar en su terraza contemplando la agonía de sus víctimas.

Sólo tuvo un rival destacado en la depurada tecnología del empalamiento: su primo Etienne El Grande, que lograba unas parecidas hazañas, pero ensartando a los infelices condenados de costado, unos sobre otros, de tal forma que fallecían ensartados como si fueran pinchos morunos. En una ocasión y en el mismo campo de batalla en donde había vencido a los turcos, Etienne aplicó sus técnicas a 2.300 prisioneros del ejército enemigo, trasformando el escenario de la cruenta lucha en una suerte de exposición de brochetas al aire libre.

Por aquella época, en una Transilvania en guerra permanente, se aplicaban también otras maneras de liquidar al personal, como la hoguera, la caldera de agua hirviendo, la decapitación o la llamada bota española, invento hispano que consistía simplemente en machacar los pies del prisionero dejándole caer sobre ellos un peso muerto, de piedra o hierro, de más de cien kilos. Eran buenos tiempos para la lírica, sin duda.

También había algunos aristócratas generosos en aquellos siglos turbulentos, desde luego. Según cuentan algunos historiadores, el príncipe del castillo de Rasnov, cerca de la actual ciudad transilvana de Brasov, prometió la libertad a dos prisioneros turcos si cavaban un pozo de 146 metros de profundidad. Tardaron 17 años en hacerlo y el pozo sigue hoy dando agua y tiene las mismas medidas de entonces. Por desgracia, desconocemos el final de la historia: ¿cumplió el príncipe su promesa?, ¿los prisioneros dejaron de hablarse y se acusaron de vago el uno al otro mientras cavaban el agujero?, ¿los mató un rayo a la salida de su encierro?, ¿vivieron felices y comieron perdices hasta el final de su vida, regresados ya a su patria? Es lo malo que tienen algunas leyendas medievales: que nos llegan cojas, sin el epílogo.

En Transilvania abundan también las historias populares de dragones, fantasmas, aparecidos y desaparecidos. Pero hoy en día, en tiempos descreídos, nadie hace caso de todo ello nada más que como una muestra de la singularidad de la región. Lo cierto es que son territorios de extrema belleza, con hermosos valles feraces y bosques interminables, inmensas montañas como las de los Cárpatos y ciudades tan amables como Clus Napoca, Brasov, Sibiu y la propia Sighisoara. Recorrer Transilvania en coche, sin prisas, resulta muy barato y constituye, además, una experiencia humana de gran riqueza, pues los rumanos son gente muy abierta, hablan con fluidez idiomas e incluso sienten un enorme afecto y respeto por los españoles. Se ve que no acaban de conocernos bien.