Toros, por Javier Reverte

Una tienda de Zanzíbar vendía una foto de un zanzibarí capeando con un trapo a un enorme toro cebú.

Javier Reverte
 | 
Foto: Raquel Aparicio

No es que uno sea un loco aficionado a los toros -suelo ir dos o tres veces al año-, pero sí que estoy seguro de que el día en que desaparezcan lo lamentaré. Decir esto no resulta políticamente correcto en nuestros días y, para mí, no se trata de un problema de crueldad, que es el argumento en donde se sustenta el rechazo a la llamada Fiesta Nacional. Sé de gente que está en contra de los toros en forma radical y que, sin embargo, aprueban la pena de muerte. El asunto, en mi opinión, es casi una cuestión cultural.

He visto plazas de toros en los lugares más insólitos que el lector pueda imaginar. Por ejemplo, en Maputo, capital de Mozambique, país que fue colonia portuguesa y en donde torearon, en los tiempos coloniales, no pocos diestros españoles. Es un espléndido coso que ahora sirve de mercadillo dominical y en cuyas dependencias hay talleres mecánicos e incluso, en los antiguos toriles, las oficinas de una secta religiosa. No sé qué es peor, si un toro salvaje o una sede evangelista. Hay otra bonita plaza en Orán, ciudad argelina en donde hubo una importante colonia española durante siglos. Sólidamente alzada en piedra, el ruedo es utilizado hoy por los chiquillos para jugar al fútbol. Debe de ser el único campo de fútbol redondo del mundo.

Hace veinte años, recorriendo las calles viejas de Zanzíbar, di con una tienda en la que se vendían fotos antiguas de la ciudad, casi todas de los años 50 del siglo pasado. Y me quedé pasmado al ver que, en una de ellas, un zanzibarí capeaba toscamente, con una suerte de trapo, a un toro cebú, uno de esos enormes vacunos chepudos que da miedo mirar, en una plaza pública de la Ciudad de Piedra. Tanto Zanzíbar como Pemba, una isla vecina, fueron colonias portuguesas entre 1505 y 1629. De ahí les venía la práctica del toreo, que había sobrevivido al paso del tiempo tres siglos y medio después de irse los lusos.

No sé si quedarán más plazas por África, en los lugares en donde hubo colonias portuguesas o españolas. Pero produce cierta lástima ver esos espacios en los que, como en los circos romanos, la piedra es ya silencio, en los que las voces de júbilo o pavor de los espectadores se han callado para siempre. La Historia vuela y ese hecho ineludible produce cierto vértigo. Son como los viejos templos de religiones muertas, de los que los dioses han escapado en busca de su propia eternidad. Que les den.

Imaginen, dentro de doscientos años, qué entenderán los niños cuando alguien les diga, por ejemplo, "no hay que mirar los toros desde la barrera". O expresiones como "pinchar en hueso" o "coger al toro por los cuernos". ¿Y desaparecerán del diccionario esos bonitos nombres del pelaje taurino como jabonero o negro zaíno o cárdeno o negro bragado?

¿Y qué decir del arte? ¿Comprenderán las futuras generaciones las pinturas de Francisco de Goya, Pablo Picasso o Joan Miró? Y tantos versos escritos por tantos poetas para la fiesta taurina. Aquello de... "sobre un caballo alazano, cubierto de galas y oro, demanda licencia urbano, para alancear un toro, un caballero cristiano". O aquello otro de... "como el toro, he nacido para el luto".

¿Y qué harán en Cataluña con el gran poema de Salvador Espriú La pell del brau?, ¿cambiarle el título?, ¿prohibir su lectura?

Este otoño último asistí a una corrida en Madrid una tarde luminosa de sol. A plaza llena, los colores del albero y de los vestidos toreros alegraban el aire del otoño. Salieron unos toros asesinos y los matadores se jugaron la vida ante ellos. Los espectadores mantuvimos un nudo en la garganta durante las dos horas que duró el festejo. Y entre la tragedia que se presentía y la belleza plástica de algunas suertes de capote, banderillas y muleta, yo sentí que se revolvía algo muy primitivo en mi interior, como si mis lejanos ancestros clamaran desde algún lugar remoto de mi alma.

He llevado a mis hijos a los toros y les dejan fríos. Mi mujer los detesta y le parecen un espectáculo que raya la barbarie. Lo intentaré con mis nietos en un descuido de sus padres. Y siento pena, la verdad, de que muera algo tan humanamente primitivo, tan bello y tan salvaje al mismo tiempo. ¡Cuán hermosa es la palabra salvaje!