Todo es de pago, por Jesús Torbado

El turismo es una industria, un territorio para que la gente fabrique algo, gane dinero y viva de ese trabajo

Jesús Torbado
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Foto: Raquel Aparicio

Por dormir en Milán (en realidad por pasar una noche en un albergue de esa ciudad lombarda) demandan ocho euros -que, para los antiguos, son 1.300 pesetas, como tasa municipal-, además de lo que se sirvan cobrar el alberguero, el portamaletas y otros asociados. Vaciar decentemente la vejiga en lugar adecuado de una estación de tren o aeropuerto, pero muy limpio, cuesta un euro mondo, y allá el que padezca de la próstata. Visitar la modesta iglesia catedral de Verona sale por dos euros con cincuenta, más la limosna, que es voluntaria. Comer o cenar en una taberna corrientita que puede llamarse ristorante, trattoria o de modo parecido, con manjares discretísimos, vino de frasca y rico pan, alrededor de cincuenta monedonas. Si el viajero es caprichoso y lo que desea es conocer Venecia, con sus palacios, sus aguas, su hígado encebollado y sus góndolas, puede ir encomendándose a su santo de más confianza, porque esas cifras crecen tanto como disminuyen las calidades. Venecia es una de las ciudades más caras del mundo, dicho sea sin ambages. Y de las más hermosas, desde luego. O sea, que lo vale.

La gran Italia se ha puesto muy cara, pero no más que la gran Francia, que Alemania, que Austria -donde incluso te cobran por entrar en un bosque-, no más que en esta misma España de nuestros desvelos en la que aún son gratuitos los urinarios públicos y donde los ayuntamientos no cobran impuesto por dormir. Ni siquiera por arruinar una hermosa playa, tipo Lloret, donde los inglesitos borrachos se sienten dueños.

Los viajes son los viajes y el turismo es una industria auténtica, como muy bien repiten los políticos y los miles de empresarios y trabajadores que andan en ella. Y una industria es un territorio para que la gente fabrique algo, gane dinero y pueda vivir de ese trabajo. Puede hablarse de bien social, de objetivo cultural, de ocio digno, de servicio público. Ya no se trata de gestos de simpatía o solidaridad, de meras relaciones públicas y andanadas patrióticas. Ya no se regala nada. Se vende todo. Hace más de quince años, recuerdo con dolor, me encomiaron mucho ciertas autoridades locales la visita a una bodega en Nueva Zelanda. Ponían el transporte gratis y también todo género de explicaciones sobre la cuestión. Al término del engorroso periplo ofrecían una copa mediada de vino blanco. Y en el umbral de la puerta de salida, una moza muy bien puesta, que intentaba vender una caja de botellas, tendió un modesto ticket con el que pedía cinco dólares -de los de allí- por el regalo. Supe más tarde que el dueño del negocio vendía de ese modo toda su cosecha, copa a copa.

Si hasta ahora en los aeropuertos era gratis para los minusválidos ser transportados hasta el avión en silla de ruedas por los laberintos de puertas, escaleras mecánicas y desabridos pasillos, ya los transportadores suelen pedir con más o menos discreción una propinita por el caritativo viaje. Diez euros, decía la eficaz transportista ecuatoriana (con su contrato en vilo) que se desempeñaba en Barajas. Enseguida aparecerá la tarifa oficial por tan necesario traslado.

Asumiendo que nada puede ser gratis y que todo el mundo debe cobrar por el desempeño de su trabajo, ya saben que las compañías aéreas piden suplementos por casi todo, hasta por un vaso de agua si uno se ha atragantado o por elegir asiento; y amenazan también con valorar los servicios del retrete. He visto países en los que los guardias de tráfico colocan un puchero a sus pies para que los conductores les suelten un estipendio.

Todo tiene su sentido: ¿quién paga la calefacción de la catedral de Burgos cuando uno decide entrar a disfrutar de ella en invierno? El mito de lo social nos ha hecho creer que todo debe ser gratis (público, se dice ahora): la sanidad, la enseñanza... ¿Por qué ha de ser gratis la playa impoluta donde arrojamos las colillas y el resto de la hamburguesa? ¿Quién recoge esas basuras? ¿Quién paga a la mujer de Milán que mantiene los retretes de la estación como los chorros del oro? Los usuarios son los obligados a pagar por lo que consumen, y muy especialmente en la industria del turismo. Aunque parezca una blasfemia. Incluso por pasar una noche en una ciudad en la que no vives, pero de la que te aprovechas.

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