Todo cambia para que todo permanezca, por Carlos Carnicero

No hay baile más sensual que el tango. Observo en silencio y recogimiento, y maldigo mi ignorancia.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

Convengamos que aterrizando en Buenos Aires me instalo en la paradoja. Vértigo de lo imposible. En la radio del taxi suena ópera. Creo que es Verdi, pero no consigo identificarlo. Consulto al conductor. Se trata de Norma, del compositor italiano Vicenzo Bellini. El taxista me mitiga la ignorancia. Veinte minutos de erudición sobre este músico italiano del Novecento. "Una pena que muriera tan joven, con tan solo treinta y cuatro años", remata su exordio el taxista. Hecho en falta el desconocimiento del nombre de la mamá de Bellini. El conductor me recomienda unas aguas termales del centro de la provincia de Buenos Aires: "Son las aguas más saladas del mundo después del Mar Muerto; excelentes para la piel". Raro que sean los segundos en algo.

En la plaza Dorrego, en el barrio de San Telmo, hierve el asfalto en el agosto porteño, que aquí es diciembre. Trato de localizar a los carteristas; demasiado calor para el laburo de los chorros. Por la mañana temprano he visitado una cueva para vender dólar blue, que naturalmente es verde. Regateando he conseguido vender la moneda americana a 9,50 pesos. Una cueva es una casa de cambio, diluida bajo el nombre de "servicios financieros", donde se compra y vende el dólar blue, que es el que se escapa al control de Cristina Fernández de Kirchner. Se supone que es un negocio clandestino para organizar civilizadamente la compra-venta de moneda en el mercado negro.

Me aseguran que Argentina explotará en marzo. La plata ya no alcanza para mantener la espiral de la inflación y la subida de salarios. La reciente huelga policial ha dejado un saldo de doce muertos y una ola de vandalismo. La capital guarda rigurosamente el espejismo de la normalidad. Los policías han conseguido aumentos salariales en algunos casos del cien por cien. Los médicos, los maestros, los jueces y los bomberos esperan que pase la Navidad para organizar sus paritarias y transitar con huelgas sus reclamos. No pasa nada que no haya ocurrido. Regreso a Belgrano en el Subte, en Metro. Tocan rock en los vagones. Dos canciones cada dos paradas. El público, abrasado por el calor, aplaude.

Me acerco a la milonga de las Barrancas de Belgrano. En el quiosco de la música, un parroquiano maneja un ordenador con unos modestos altavoces. No es un baile; el tango es una liturgia. Tres piezas seguidas y un corte con otra música, esta vez es rock, para disolver las parejas y que no se instalen. El tango es una expresión del alma en el que rozan sus mejillas dos desconocidos y dibujan sus sueños con unos pasos que, al principio, parecen imposibles. El hombre mantiene su rol. Con un pequeño gesto, alzando la cabeza, demanda a una mujer cualquiera convertirse en pareja accidental durante tres tangos. Casi siempre aceptan el envite. Pienso si me estaré poniendo viejo. Hay algunos hombres en chándal, con deportivas. Chirría su aspecto en contraposición con el uniforme femenino del tango. Ellas, vestidos amplios, vaporosos; tacones casi imposibles. Acuden ellas a la milonga como los gringos a las partidas de bolos; una bolsa guarda los zapatos de tafilete y tacones pronunciados. La abren allí mismo y se descalzan las chanclas o las deportivas y se enfundan el calzado para la liturgia. ¡Se transforman! Las mujeres se yerguen, se les ilumina serenamente el rostro y comienzan la eucaristía de la música argentina. No hay baile más sensual que el tango. Observo en silencio y recogimiento, y maldigo mi ignorancia. Prometo una vez más que tomaré clases de tango.

Acudo a cenar a Il Ballo del Mattone. Música en directo, pero esta vez se trata de un quinteto de jazz. Un tugurio maravilloso en donde los camareros son escogidos en un casting de piratas. Los raviolis son exquisitos. Escudriño para hacer un recuento de lolas operadas. Una argentina que se precie y disponga de plata se opera el pecho antes de los veinte. Es una observación antropológica, exenta de deseo y formulada con respeto. Ellos, ahora, se empiezan a subir los glúteos y se rematan los pectorales. En Argentina sigue siendo muy importante el envoltorio. Aunque dentro de la caja no haya nada. Esta ciudad me produce el éxtasis de un vértigo que consigue el milagro de que todo cambie para que todo permanezca.