Tierras de sangre, por Sergio del Molino

"Los pueblos de la Frontera de Sevilla, Cádiz y Málaga recuerdan los siglos en que esas regiones fueron la frontera entre Castilla y la Granada nazarí"

Sergio del Molino
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Foto: Patricia J. Garcinuno

Parece que Ucrania significa frontera, en un sentido muy diferente al que empleamos esa palabra hoy. En la Edad Media, y casi hasta 1914, una frontera no era una línea, sino un territorio, una especie de amortiguador entre imperios enfrentados. Los pueblos “de la Frontera” de Sevilla, Cádiz y Málaga recuerdan los siglos en que esas regiones fueron la frontera entre Castilla y la Granada nazarí. Vivir en la frontera tenía sus ventajas, sobre todo fiscales, que compensaban los inconvenientes de ver pasar los ejércitos y de sentir que tu barrio podía cambiar de dueño en cualquier momento. El Lejano Oeste fue una frontera, como lo fue Siberia y como lo fue Hispania en tiempos romanos.

Poco a poco, conforme se levantaron las fronteras modernas, con forma de líneas, garitas, guardia ceñudo y tampón para pasaportes, las viejas fronteras-territorio se transformaron en regiones y países con sus propios límites, pero algunas zonas del este de Europa no alcanzaron esa perfección cartográfica. Polonia fue durante mucho tiempo borrada y redibujada, al igual que Ucrania, a la que Rusia considera suya y nunca le ha consentido superar su condición de frontera medieval, que equivale a ser un felpudo puesto a la puerta de un imperio. 

Raquel Marín

Ucrania fue descubierta para la imaginación contemporánea tras la Revolución Rusa y la creación de la URSS. Esa tierra indefinida y perdida en el galimatías administrativo zarista se reveló a los viajeros extranjeros como un lugar triste y castigado. Mucho antes de que Bulgákov escribiese la gran novela de Kiev, El maestro y Margarita, los turistas del ideal que llegaron a Moscú en pos del sueño comunista se encontraron con Ucrania, tierra de trigo y nobles arruinados. Muchos de los que fueron a la URSS puño en alto y volvieron con los brazos caídos contaron un país tristísimo que aparecía por las ventanillas del tren desde Berlín y Varsovia.

Antes incluso del Holodomor, la gran hambruna con la que Stalin mató de inanición a millones de ucranianos con el propósito de derribar toda resistencia —sin conseguirlo—, comunistas como el rumano Panaït Istrati, el ruso-belga Victor Serge, el francés (nacido en Kiev de padres judíos) Boris Souvarine o los españoles Rodolfo Llopis, Joaquín Maurín y Andreu Nin, vivieron en Ucrania el comienzo de su desencanto. La violencia y el abandono de un país que los comunistas trataban como un felpudo fronterizo fueron el primer sello roto de su despertar anticomunista.

Entre las excepciones, la de un español anarquista, pero extrañamente seducido por la revolución soviética: Ramón J. Sender. Viajó a Moscú como periodista y cruzó Ucrania en pleno Holodomor sin mencionarlo en una sola frase, demostrando que la ideología causa más ceguera que el glaucoma y las cataratas, como comprobamos hoy en quienes, ante una invasión, son incapaces de ponerse del lado de los invadidos. Tierras de sangre es el título del libro que el historiador Timothy Snyder, en tiempos más recientes, dedicó a ese lugar tan desgraciado. El sintagma tiene voluntad toponímica: ha habido tantísima sangre, que nada define mejor el país.