Tierras inhópitas por Jesús Torbado

Los gobiernos han de poner mucho de su parte para halagar a esas fuentes de divisas con patas que son los turistas.

Jesús Torbado
Nuevo y prodigioso maná del mundo, los viajes de turismo -que no son los viajes propiamente- se entienden ya sobre todo como el sostén de toda economía que quiera tener la cabeza en su sitio. Y da lo mismo "transitar por las pirámides" de Giza, como decía David Bisbal, bucear en el Mar Muerto -si alguien lo consigue- o correr al festejo del vino y la morcilla larga en la localidad de Frailes, provincia de Jaén.Legiones de políticos, funcionarios y trabajadores de toda estatura andan en danza viviendo, bien o mal, del turismo -muchas veces sin tener mucha idea de qué trata ese bonito negocio-, tienen su vida colgada del invento y cuando algo falla no disponen de dioses a los que encomendarse. Durante los furores que agitaron el mes pasado a Túnez, Egipto y a otras naciones islámicas (siempre muy mal enrocadas en esa entelequia llamada democracia, que tanto nos apasiona) solían verse envueltos en llantos o aplausos relacionados con el turismo, que parecía importar más que los muertos, los heridos y los vapuleados. A río revuelto, ganancias para Canarias, Baleares y etcétera, por ejemplo. Se comentaba.Esos dos hermosos países citados, particularmente Egipto, deben ocupar puestos muy dignos en la lista de las tierras inhóspitas a las que solo hay que ir si no queda más remedio. Merece la pena su visita, y hasta diríase que es imprescindible para el alimento cultural, aun sabiendo que es preciso superar muchos obstáculos. Si el vecindario nativo no puede calificarse en puridad de hospitalario, el traqueteo de la burocracia gubernamental, los controles policiales y la escasa eficacia general de los servicios convierten normalmente el viaje en una continua incomodidad, cuando no en verdadero suplicio.Muchos países, por no decir todos, pugnan esforzados por hacerse con lo que llaman el mercado turístico. No les importan mucho los viajeros a pelo -mochileros o mediopensionistas-, solo los rebaños humanos bien custodiados y organizados. Por eso ni se esmeran en cuidarlos y menos aún en atraerlos a lo hora de la verdad. ¿Cómo se entiende si no que exijan visados con tanta antelación y precios tan altos? Me refiero principalmente a países de cierta vecindad, geográfica o cultural.Para viajar a Rusia, por ejemplo, un destino que podría ser muy tentador, cobran hasta cien euros por el visado (incluidas comisiones de agencias intermediarias) y llenan de dificultades el territorio neutral para conseguirlo. Los indios piden menos y son algo más rápidos, pero ya da miedo también enfrentarse a los personajes que habitan sus mostradores y ventanillas. Lo de Estados Unidos es todavía más penoso y humillante, esos paseos entre gente armada, papeleos infinitos, normas absurdas, aunque ellos aducen, como es habitual, "razones de seguridad". La lista de anfitriones antipáticos u hostiles en estas funciones podría alargarse mucho y enriquecerse después con los pormenores del trato que suelen ofrecer muchos gobiernos a aquellos huéspedes por los que han suplicado tanto en ferias y mítines. Gobiernos e incluso trabajadores de esa lucrativa industria.Es claro que nadie puede recibir sonrisas, miradas y afectos estilo Sri Lanka de unos ciudadanos rusos que parecen haber sido alimentados por sus madres con aceite de ricino, como decía un viajero bien enterado, pero sí apreciaría uno que no lo trataran a empujones, aunque sepa de entrada que en un país como Rusia no sonríen desde hace un siglo ni los payasos. Y que nadie pueda pretender que una camarera eslovaca o croata se comporte como una italiana o una turca.Las relaciones turista-indígena cada vez son más incómodas y difíciles. Y si es cierto que el turista incomoda y molesta -a veces en unos grados insoportables: que lo digan los andaluces-, también es verdad que los que quieren apuntalar sus economías con el soporte del visitante y de su dinero, sobre todo los gobiernos, deben poner de su parte mucho, incluso mucho más de lo que el cuerpo les pide, para entretener y halagar a esas fuentes de divisas con patas. Por merluzos que sean.