Un templo

"El Panteón es el monumento de la antigüedad mejor conservado. No solo en Roma sino en Grecia. Y se lo debemos a un Papa, Bonifacio IV"

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Cada vez que visito Roma, que es a menudo, procuro que mi hotel quede cerca del Panteón de Agripa y, cuando salgo a pasear o regreso a dormir o a media tarde, si paso cerca, entro en el templo y permanezco unos minutos allí dentro, como un instante supremo de gozo estético. Decía el poeta Renán que “la belleza es una virtud”. Y así sucede: el Panteón es, sin duda, un lugar virtuoso, uno de los más sagrados de Roma y del mundo.

De modo que, cuando ando por allí, lo visito tres o cuatro veces al día, si no son algunas más. Y es curioso que, pese a estar a toda hora lleno de visitantes –siempre ha sido gratis entrar–, siento en el lugar dentro una sensación de soledad. ¿O es de eternidad? El Panteón transmite sosiego y creo que sería curativo para las almas agitadas asomarse con frecuencia a disfrutarlo.

Sobre todo me despierta una grata sensación de asombro la visión del agujero de lo alto de la cúpula. Es algo insólito en arquitectura: un techo que no tapa ni protege de la lluvia o la nieve. Dicen que quien lo ideó pretendía ofrecernos con ello una idea precisa: dejar un camino abierto a los dioses para que se comunicaran con los hombres. O al revés: darles a los hombres la oportunidad de llegar a los dioses por los senderos del cielo. Sea como fuere, ese agujero aligera la suntuosidad del templo, adelgaza la pesadez de la piedra. O lo que es lo mismo: convierte en delicadeza un entorno marmóreo. “¿No es esto lo sublime?”, se preguntaba Stendhal en su gran libro sobre Roma, Paseos romanos.

Raquel Aparicio

El Panteón es el monumento de la antigüedad mejor conservado. No solo en Roma sino incluso en Grecia. Y se lo debemos a un Papa, Bonifacio IV. El templo había sido construido el año 27 después de Cristo y, tras un incendio que lo destruyó, fue reconstruido en el 120 d.C. Se salvó, milagrosamente intacto, al pillaje de los bárbaros de Totila cuando tomaron Roma en el 546 d.C. Y finalmente el emperador romano-bizantino Flavio Focas donó el templo a la Iglesia vaticana en el 608 d.C.

¿Qué hizo el Papa Bonifacio con el Panteón? Nada. Esto es: decidió que fuera un templo católico y sencillamente cambió las estatuas paganas por vírgenes y santos. Y así ha llegado hasta hoy: intocado, con su planta original tal y como fue concebida y las mismas puertas del año 120 d.C. Cada vez que entro en el templo, yo tengo la impresión de que debería vestirme con una toga de senador romano o coronarme las sienes con laurel, como el poeta Ovidio.

Pero mi asombro no termina ahí. En uno de los pequeños altares que forman círculo bajo la cúpula se encuentra la tumba del pintor Rafael, uno de los grandes genios del Renacimiento. El propio artista eligió el Panteón para reposo de sus restos cuando murió, a los 37 años, después de una noche de excesos carnales con su amante, una panadera del Trastevere. Al parecer, en aquellos días había gente que fallecía por abusar del sexo.

El cardenal Pietro Bembo, un notable poeta, fue el encargado de redactar en verso su epitafio. Dice así, en traducción libérrima: “Aquí yace Rafael. Cuando vivió, la madre de todas las cosas (la Naturaleza) temió ser vencida por él. Y cuando murió, temió morir con él”.

No hay mejor epitafio escrito para un artista. O al menos yo no he encontrado ninguno. Entretanto, de Agripa, en cuyo honor se levantó el templo, ya no se acuerda nadie.