"Tango Tours" en Buenos Aires por Mariano López

El tango está de moda y los "tango tours" rebosan de un público movido por las ganas de aprender y por el placer de ejecutar una música que rebusca y agita sentimientos y, según dicen, confiere a los expertos el carácter de dioses mientras casi levitan en la pista.

Mariano López

El mes que viene Buenos Aires celebrará su recién llegada primavera con un nuevo campeonato mundial de tango, ese baile y esa música que forman la seña de identidad porteña, que a unos repele y a otros apasiona, y que ahora la municipalidad bonaerense quiere convertir en bandera de su promoción turística. El pasado año, el campeonato reunió a más de 200.000 personas de cuarenta países. Aunque algunos consideran al tango propio de viejos o trasnochados y muchos no dudan en sostener que se trata de un producto de consumo interno, casi la mitad de los participantes en el último concurso internacional tenía menos de 30 años y más de un 30 por ciento procedía del otro lado del Atlántico, en particular del norte de Europa.

El tango arrasa en Dinamarca, Holanda, Alemania y, sobre todo, en Finlandia, donde es costumbre ahora amenizar los hoteles y las fiestas con evocaciones del arte de Gardel que se disfrutan con tanta pasión como, a veces, escaso talento para el baile. La fortaleza del euro frente al peso explica, en parte, el crecimiento del turismo desde Europa hacia Argentina, pero sobran las razones económicas cuando uno trata de comprender el éxito de los tango tours, el impresionante crecimiento de las academias de baile, la conversión al tango de decenas de discotecas y la multiplicación de las milongas, que es como se llama, desde antiguo, a las salas donde se baila el tango. Algunas ofertas de los tango tours están destinadas exclusivamente a la comunidad gay.

Buenos Aires legalizó en 2003 la unión de parejas del mismo sexo y desde entonces sus autoridades no han dudado en promocionar el carácter friendly de la ciudad para atraer al llamado turismo rosa, al que se le supone una mayor capacidad de gasto y de consumo. La oficina de turismo bonaerense estimó el pasado año que de los casi cinco millones y medio de turistas que recibió la urbe, más de un millón eran homosexuales. Uno de los templos gay del tango en Buenos Aires es la milonga La Marshall, que sostiene, con razón, que en sus orígenes el tango era bailado exclusivamente por hombres en los arrabales de la ciudad. Pero esta nueva pasión por el tango no se trata de un fenómeno gay. Como en los orígenes del tango, había que sugerir que parte de esta moda tiene su anclaje en Europa, que es donde ha cobrado fuerza a pesar de que esta música -y éste es uno de sus misterios- es difícilmente exportable.

Como sucede con el vino, el tango viaja mal y es casi imposible que el sonido del bandoneón se te prenda en la piel lejos de Argentina. Borges dijo, con ganas evidentes de fastidiar, que los argentinos sienten una admiración ridícula por las modas que les llegan de fuera. "La gente de Argentina -escribió- es muy snob. No sé cuál es la razón de ello, pero puedo dar un ejemplo. En 1898 nació un baile en los lupanares al cual llamamos tango. Ninguna mujer se atrevía a bailarlo sabiendo cuál era su origen. El baile era muy lascivo, una especie de parodia del acto del amor. La música, muy obscena, la letra también. Lo bailaban sólo los hombres hasta que un día, no sé cómo, llegó a París, y por el mero hecho de que París lo aceptó, se hizo respetable en la Argentina".

En España, el tango tuvo, durante décadas y décadas, pocas posibilidades de prosperar. Un Papa lo proscribió y, como curiosidad, merece la pena repescar los adjetivos que dedicaba la revista La Ilustración Europea y Americana a este baile, al que describía como "un grotesco conjunto de ridículas contorsiones y repugnantes actitudes, que mentira parece que puedan ser ejecutadas o siquiera presenciadas por quien estime en algo su personal decencia". Ahora también hay españoles en los tango tours, movidos, como sus compañeros de pista, por las ganas de aprender y por el placer de ejecutar una música que rebusca y agita los sentimientos y, según dicen, confiere a los expertos el carácter de dioses mientras casi levitan en la pista.

A mí la letra y la música de los tangos escuchados me producen pena, nostalgia, melancolía, mientras que el baile lo admiro con una elevada y decidida envidia. Pero me encanta la idea de que haya quizá decenas de miles de jóvenes que toman su maleta, se suben a un avión y recorren miles de kilómetros atraídos por una música y por el placer de bailarla. Después del campeonato mundial de octubre, Buenos Aires quiere organizar un festival multitudinario en febrero, que rivalice en fama con los carnavales y proclame la unión de la ciudad con el tango, como hizo Río con la samba. Habrá que apuntárselo en la agenda porque, insisto, me gusta esa idea: viajar para bailar, para sentir la música y recuperar emociones, tejidas, en este caso, en la pista central de una milonga.