T. E. Lawrence, el hombre y el mito

Oriental en Occidente y occidental en Oriente, el arqueólogo, escritor y soldado británico se convirtió en un personaje de leyenda persiguiendo sobre las dunas el sueño de un Estado árabe soberano.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay

Para unos era el héroe con iqal dorado, daga y vestiduras blancas que Peter O''Toole reencarnó en la pantalla; para otros, un traidor y un charlatán sediento de publicidad personal. Pero en casa, Thomas Edward Lawrence era simplemente Ned, el segundo de cinco hermanos que nació en un pequeño pueblo galés el 16 de agosto de 1888. Tras una incipiente vida errática, la familia fijó su cuartel en Oxford para que los niños pudieran seguir sus estudios en la ciudad universitaria más antigua del mundo anglófono -"Una desatinada y molesta pérdida de tiempo que yo odiaba y condenaba (...). Lo único que vale la pena es lo que uno aprende por sí mismo"-. Interesado por la arquitectura militar y la cerámica medieval, viajó a Siria y recorrió 1.600 km a pie visitando los castillos de los cruzados; estaba bien entrenado, acostumbrado a fatigosos maratones pedaleando por Inglaterra y Francia. Se licenció en Historia con Matrícula de Honor -"Iba para aburrido arqueólogo"- y recibió una beca para excavar en el yacimiento de Carchemish, donde empezó a vivir como un árabe -"Tendré cierta dificultad en volver a ser de nuevo inglés: me visto como árabe y al hablar paso del inglés al francés o al árabe sin darme cuenta"-. Durante la I Guerra Mundial luchó en la rebelión de este pueblo contra el dominio otomano -para más detalles, ver película de David Lean-; salió de la batalla harto atormentado, siendo ya un coronel famoso en busca de anonimato. Un 13 de mayo de hace 80 años sufrió un accidente con su moto Brough Superior. T.E. fallece, pero su mito no muere, porque, recordad: solo una bala de oro puede acabar con Lawrence de Arabia.

"Fácilmente puede convertirse uno en infiel, pero difícilmente llega uno a convertirse a otra fe"

Tras la muerte de T.E., Arnold Walter solicitó a quienes se habían carteado con su hermano mayor permiso para publicar su correspondencia, porque el oficial del Ejército Británico no solo escribió Los siete pilares de la sabiduría -más que unas memorias sobre sus años en la rebelión árabe-: fue un maestro del género epistolar y a menudo mandaba varias misivas al día, dirigidas a personajes como Churchill, Bernard Shaw, Kipling... y a su familia. Los siguientes fragmentos corresponden a cartas enviadas a su madre cuando trabaja en las excavaciones asirias de Carchemish, publicadas en Lawrence (antes) de Arabia por la editorial Interfolio.

23 de mayo de 1911. Carchemish

[...] El Éufrates ha bajado casi al nivel normal; hace calor, con truenos y chubascos de cuando en cuando. Se está recogiendo ahora la cosecha de cebada, pues no hay trigo en esta región; se alternan las siegas de cebada, regaliz y el barbecho. Recogen cuando el grano está verde y luego dejan que se seque. No ha vuelto a haber disputas ni molestias con los hombres: desde la discusión de hace dos semanas los días se suceden plácidamente. Nos libramos de unos treinta campeones del pugilato, y esto ha tranquilizado al resto. (...)

Preparan sus pieles infladas para nadar frotándolas con sal y harina de cebada: es interesante. El pelaje lo sacan a cuchillo. He hecho arreglar de esta forma la piel de cabra con la que estos hombres envolvían sus manjares de fiesta y tengo la intención de hacer encuadernar con ella uno o dos libros. Realmente es de muy buena calidad y me daría mucho placer tener un libro forrado con la piel con la que cruzaba el Éufrates. Si lo hubiera sabido, habría comprado un Jenofonte presentable antes de irme de Oxford. Pero será lo mismo si tenemos una segunda temporada. Cruzar el río lleva unos veinte minutos (y tiene una anchura de kilómetro y medio). Thompson, dando brazadas trabajosas, no logra avanzar ni un centímetro en contra de la corriente, ni siquiera puede mantenerse a flote: es arrastrado por la corriente incesantemente a una velocidad aproximada de dos kilómetros por hora cuando va en su contra, pero avanza velozmente cuando nada con la corriente a favor. Es una pena pensar que van a edificar un gran puente de hierro, hecho con vigas, sobre este río. Calculan emplear cuatro años en hacerlo, y tal cosa exige una multitud de peones y echar a perder estos hermosos pueblos: por no hablar de las ruinas, que se utilizarán para sacar piedra. Voy a tomar algunas fotos ahora mismo.

Ya las he tomado. Mi máquina ha resultado ser bastante buena, y últimamente he usado varias veces el teleobjetivo: a más de tres kilómetros es más eficiente que el ojo. La semana pasada tuvimos que echar al hijo de Sheikh Ibrahim, un noble de la aldea. Al día siguiente vino el viejo a nuestra cocina y le dijo a Haj Wahid (que envía sus salaams a papá) que iba a hechizar a Thompson, a mí, a Haj Wahid y a nuestros capataces si no tomábamos de nuevo a su hijo. Haj vino a vernos un poco preocupado. Pensaba que lo mejor era usar la fuerza para disuadir al viejo, porque en el caso de que alguien se enfermara, nos tendría en un puño. Le dijimos a Haj que no se preocupara, que hiciera una imagen de cera del viejo, agregándole uno de sus cabellos, que pronunciara ciertas palabras y le atravesara el corazón con un alfiler a medianoche, o que calentara la imagen con carbones encendidos, pues cada gota de cera que cayese sería un día de menos en la vida del anciano. Haj salió corriendo, arrancó uno de los últimos cabellos al viejo y le dijo triunfalmente lo que pensaba hacer. El viejo nos suplicó que hiciésemos las paces, jurando que se portaría bien por el resto de nuestras vidas, y nos ofreció una gallina (que rechazamos); no obstante, la solicitud de paz se aceptó, y un cabello (sospecho que no el cabello) fue devuelto. Nuestra celebridad aumenta en el mundo de lengua árabe.

En caso que no hayáis recibido mi última carta, os repetiré que los libros y las películas del último envío eran excelentes. (...)

13 de junio de 1911. Carchemish

Dormí aquí el otro día después de trabajar hasta pasada la medianoche. Dormimos ambos muy poco, un susurro que se convirtió en rugido nos despertó, entonces una cosa blanca se deslizó por el agujero cercano al techo que hace los oficios de ventana, justamente encima de mi lecho. Thompson se levantó dando un espantoso aullido y con sus pocos cabellos erizados corrimos los dos a apoderarnos del mismo revólver en el mismo instante y tratamos de disparar. No eran nada más que los periódicos que habíamos colocado allí para impedir la entrada de aves y murciélagos y que, con un golpe de viento, se habían colado en la habitación. Acabábamos de hacer este descubrimiento cuando el Haj Wahid (que envía sus salaams a papá) entró con el cuchillo de cocina en una mano y el rifle en la otra, mientras nuestros dos zaptiehs atronaban en la puerta del jardín queriendo enterarse de lo que ocurría. El aullido de Thompson fue el motivo de toda esta algarabía y también de las preguntas de los sorprendidos campesinos al día siguiente. Es un individuo muy nervioso de noche y se levanta continuamente para echar baldes de agua a los gatos callejeros que dan conciertos al lado de su cama. (...) Hoy he curado a un hombre al que ha picado un escorpión con unas pocas gotas de amoniaco. Por ello mi fama de hakim sobrepasa a la de Thompson; tengo también reputación de brujo que puede arrojar espíritus al agua porque mezclé polvo de Seidlitz en la cocina de Haj, delante de las visitas. Ahora garabatearé unas líneas para Florence y me iré a dormir: caminar quince minutos con el viento que siempre sopla basta para enfriar a uno. Salaams.

Texto extraído de "Lawrence (antes) de Arabia. Cartas de sus viajes de juventud (1906-1914)". T.E. Lawrence (Interfolio, 2015).