Soweto, por Mariano López

Nelson Mandela siempre se sintió un "sowetan", un chico del barrio con más orgullo de Sudáfrica.

Mariano López
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Foto: Jaime Martínez

La casa de Nelson Mandela en Soweto es idéntica a otras miles de casas en Soweto: una caja de cerillas. El mismo techo delgado de lata, un suelo duro de cemento, la cocina estrecha, un cuarto de baño diminuto y un par de dormitorios que se saturaban al más mínimo intento de acompañar la cama con un armario o una mesilla. "Era lo contrario de grande -dijo de ella Mandela-, pero fue mi primer hogar". La casa, levantada en los años 40 en uno de los primeros townships de Soweto, el de Orlando West, hace esquina con dos calles espaciosas, antes perfectas para transitar en bici, pero ahora desbordadas por la cantidad de autobuses que descargan hordas de turistas deseosos de conocer y sentir cómo fue el hogar de la única persona conocida y respetada por los seis mil millones de habitantes del planeta, el gran Madiba, la sonrisa de África, el padre de la nación del arco iris, Nelson Mandela.

Mandela se instaló en Soweto en 1946 con su primera mujer, Evelyn Ntoko, una enfermera con la que tuvo cuatro hijos. Los chavales dormían en camas dobles, luego literas, que ocupaban todo el espacio disponible del dormitorio. No tenían electricidad, solo lámparas de parafina. Después del divorcio de Evelyn, en 1957, Mandela siguió viviendo en la misma casa, a la que se mudaría, un año después, la mujer que sería su segunda esposa, Nonzamo Winifred Madikizela, conocida como Winnie Mandela.

Nelson ingresó en prisión en 1962. Cuando abandonó su celda de Rhode Island, después de 27 años de presidio, su primer deseo fue volver a la casa donde había vivido con Evelyn y con Winnie, a su hogar de Soweto. "Para mí, la casa del nº 8115 de Orlando West era el punto central de mi geografía", escribiría en su obra The Long Walk to Freedom (El Largo Camino hacia la Libertad). Por fin libre, Mandela vivió en Soweto once días. Luego le convencieron para que se instalara en otro lugar y otro tipo de mansión y se mudó a Houghton, al norte de Johannesburgo, al que sería el hogar que compartiría con su tercera esposa, Graça Machel. Pero Mandela siempre se sintió un sowetan, un chico del barrio con más orgullo de Sudáfrica.

Soweto nació en los años 30, cuando el gobierno sudafricano comenzó a construir barriadas lejos del centro de Johannesburgo. Las llamaron townships, pequeñas ciudades. Eran guetos para instalar a la población negra contratada para trabajar en las minas y a los habitantes no blancos de los primeros suburbios de chabolas surgidos por las consecuencias de la Gran Depresión. El primer township de Soweto fue Orlando, bautizado con el nombre del administrador blanco del área, Edwin Orlando. Luego nacerían otros townships, nuevos guetos. Algunos, como Molapo o Jabulane, fueron realmente peligrosos. Les llamaban Wild West, el Salvaje Oeste, y concentraron los mayores niveles de crímenes que se han registrado nunca en Johannesburgo.

En los 60, el gobierno decidió que había concluido la construcción de los townships que rodeaban Johannesburgo por el sudoeste. Entonces fue cuando buscaron un solo nombre para todos. Alguien propuso bautizar al gran barrio de barrios con el nombre de Mpanza, como homenaje a un pastor negro, convicto de asesinato, jockey de caballos de carreras, que se había distinguido en los años 40 como líder de una comunidad que luchó por mejorar las condiciones de vida de los guetos. Pero la propuesta fue rechazada por las autoridades blancas, que no la consideraron especialmente afortunada. Se organizó un concurso y triunfó un acrónimo, SOuth WEstern TOwnships, y en 1963 el cinturón de los townships del sudoeste comenzó a llamarse Soweto. La población, ya entonces, superaba el millón y medio de habitantes. Soweto saltó a las portadas de los periódicos de todo el mundo en 1976, cuando una manifestación de estudiantes que protestaba por la sustitución de las clases en inglés por las de afrikaans, la lengua de los descendientes sudafricanos de los holandeses, fue brutalmente reprimida por la Policía, que respondió a los estudiantes con perros, gases, armas de fuego y balas de verdad. Hubo centenares de muertos, miles de heridos. La foto de la primera víctima mortal en el lugar de las protestas dio la vuelta al mundo. Se trataba de un niño de 12 años, Héctor Pieterson. La imagen le mostraba ya sin vida, en brazos de otro joven, con su hermana al lado buscando, desesperadamente, ayuda. Fue la imagen que precipitó el boicot internacional al apartheid, la foto que despertó millones de conciencias, dentro y fuera de Sudáfrica.

Hoy, el memorial Héctor Pieterson es el segundo lugar más visitado de Soweto, después de la casa donde vivió Mandela. Llegan los turistas y empiezan a florecer los restaurantes, los hoteles, los bares con música y los mercados. Los shebeens, los bares del jazz de Soweto, presumen de acoger la mayor diversidad de estilos musicales de toda África, incluido el que ahora es más popular, el kwaito, y en las plazas y parques aflora otra de las pasiones de los sowetans, el fútbol.

Soweto es, ahora, un objetivo viajero, uno de los destinos más solicitados de Johannesburgo. Gracias a Nelson Mandela, a su memoria, y a la poderosa personalidad de esta mini ciudad que ha sabido transformar el humo de las dos torres de su central térmica en vientos de música, fútbol y libertad, las tres pasiones que mueven el alma de Soweto.