Estos son los mejores destinos del mundo, según el mejor periodista de viajes de la historia

El escritor y viajero Javier Reverte dejó un gran legado a través de sus libros de viajes y artículos, en los que siempre dio un peso especial a la literatura. Esta serie de recomendaciones, hechas por el autor en las páginas de esta revista, recuerdan sus viajes, sus libros y su forma de ver la vida.

Revive los mejores destinos del Mediterraneo de la mano del mayor periodista de viajes
Revive los mejores destinos del Mediterraneo de la mano del mayor periodista de viajes / Istock / NANCY PAUWELS

Caminó, a lo largo de su vida, por cinco o seis continentes, navegado por los cinco océanos y por un buen puñado de mares, además de recorrer cada palmo de tierra sobre el que tuvo conocimiento. Escribía en un pequeño cuaderno de gusanillo que llevaba en el bolsillo de la chaqueta y decía que podía llegar a perderlo todo; la cartera, el móvil, la maleta… todo menos eso. Esas notas a boli, tomadas con beata obsesión y conciencia, nos haría, meses después, redescubrir un mundo del que nunca habíamos oído hablar, incluso habiendo pasado por los mismos lugares que él. 

Y es que Reverte no era solo Reverte. Era la mirada incisiva de Thomas Mann y la imaginación infinita de Joyce. La curiosidad del Ulises que se ató al mástil del barco para poder escuchar a las sirenas. No creía en la diferencia entre viajero y turista, pero, cuando le preguntaban, se sentía más identificado con lo segundo. “Javier Reverte lo tenía muy claro: solo es rebaño quien cree que el rebaño son otros. [...] nunca precisó doblar la esquina extraña. Llevaba su propio camino en su cabeza y en su corazón”, escribió Abraham García para Huffpost. El uso del término como algo denigrante le repugnaba, pero de una forma recatada y sobria: su magia, recuperando el texto de Abraham, residía en su humildad.

Turistas en Khan al-khalili Souq en El Cairo

Turistas en Khan al-khalili Souq en El Cairo

/ Istock / Chalffy

Hablaba del viaje como quien habla de la vida. A esa palabra le dio más vueltas, incluso que las que hizo alrededor de la Tierra. Siempre quiso viajar, desde pequeño, de la misma forma que siempre quiso ser escritor y viajero. Empezó, de pequeño, queriendo ser explorador; una de las primeras cosas que decidió al ser consciente de sí mismo. Cuando fue consciente del resto del mundo, quería ser misionero -sin llevarse bien con los curas, confesó en el programa de RTVE “Imprescindibles”-. Siempre buscaba una excusa para moverse y durante casi toda su vida no importó cuál fuese, a excepción de una: siempre hubo libretas, boli y una historia metida en la cabeza.


“Una vez hubo viajeros, pero ya no. Ahora somos todos turistas, y yo el primero, con más o menos arrojo, más o menos medios, más o menos tiempo por delante. Pero turistas”.


Era recurrente en sus historias las terrazas y las pensiones tranquilas. Le gustaba el mar, que le evocaba mil y una historias. Siempre compraba el billete de vuelta y siempre pagaba la sanción que la compañía aérea impone cuando haces una cancelación. Le gustaba el Mediterráneo. Siempre ha sido un mar lleno de historias y esa era su kriptonita: los viajes literarios. 

Estos son algunos de los viajes que marcaron su vida y que dejó como legado en las páginas de la Revista VIAJAR, de las que fue colaborador durante gran parte de nuestra historia. Recorremos, a través de sus recomendaciones, mares antiguos llenos de historias y libros, de batallas, y de héroes y villanos que alguna vez los navegaron.

Alejandría

Y es que Javier no solo revivía el pasado, lo interpretaba. Y lo hizo siempre a su manera. De Alejandro Magno hablaba como quien lo hace de un primo lejano del que no sabe nada hace tiempo, pero cuya consanguinidad autoriza para enjuiciar como solo la familia puede. “Era un compulsivo fundador de ciudades”, escribió para esta revista en el 2020 mientras rememoraba su viaje a una de las ciudades milenarias del Mediterráneo.

Ciudadela de Qaitbay vista desde el puerto

Ciudadela de Qaitbay vista desde el puerto

/ Istock / Kayihan Bolukbasi

Pero más curiosa aún eran las descripciones que hacía de esta urbe. Decía que era una ciudad pretérita o, para ser justos, que “transmite una sensación de pretérito” dada por su estructura clásica oriental que va ligada a una forma de vida y que conecta con un pasado que ni se intuye. Era, y seguramente siga siendo, una urbe bonita y llena de vitalidad. Más desahogada y saludable que El Cairo, este lugar alberga a día de hoy casi 5 millones de personas, adelantando por la izquierda a Madrid, la ciudad más poblada y agobiante de España. Pero él nunca comparaba de esta forma. No con dos sitios con un pasado tan diferente.

Reverte no solo revivía el pasado de los lugares. Les daba sentido, contexto, voz, manierismos e incluso color de ojos y pelo. Leía mucho, muchísimo sobre los hechos históricos, pero leía aún más las historias ficticias, sobre los autores que nacieron y escribieron sobre ese lugar. Nunca estuvo claro si era más viajero que escritor o viceversa, pero pareció importarle poco. Revivía los lugares porque, de hecho, ya había estado en ellos. Sobre el caballo de Alejandro viajó a esta ciudad. A Itaca, sin embargo, lo hizo sobre el barco de Odiseo.

Itaca

No es un lugar, sino la proyección de sus anhelos viajeros y literarios. De hecho, como destino dejaba mucho que desear, llevándola a describir como una isla “pequeña, ruda y de forma desgarbada”, con montes escarpados y valles escasos, en los que se encuentran los cultivos y con una población que se ha mantenido fija en los 3.000 habitantes por más de 25 años.

Mesa con vistas al puerto de Vathi, Itaca

Mesa con vistas al puerto de Vathi, Itaca

/ Istock / FGM

Sin embargo, de ella el autor extrae una energía milenaria, la misma que llevó a Odiseo a arriesgarlo todo por regresar a ese pequeño islote de las Islas Jónicas. “Es un pueblo de marinos y emigrantes, como corresponde a la patria de Ulises, el primer gran marino y vagabundo de la literatura”, escribía en El corazón de Ulises, un libro publicado en 1999 sobre sus viajes por el Egeo. Unas vacaciones en el Mediterráneo que dieron mucho de sí, tanto como para publicar uno de los mejores libros sobre la actualidad de estos enclaves legendarios: “Sentado en la terraza solitaria de la pensión donde me alojo, después de un largo periplo que me ha traído hasta aquí siguiendo las huellas de la cultura griega, pienso que hay dos tipos de viaje: el que se emprende sin olvidar el regreso al hogar, por mucho tiempo que se emplee en el camino, y aquel que no busca otro fin que seguir y seguir más allá”.

Lo que más le parecía fascinar de ese lugar era su silencio. Un silencio que, en aquella isla, te habla, poniendo su gravedad por encima del rumor de las hojas, el romper de las olas contra las rocas. En ella no persigue nada más que un alma, “esa alma viva y luminosa que aún palpita en los corazones y en las mentes de muchos de nosotros”. Fue uno de sus últimos destinos antes de llegar a Alejandría, con el que pondría punto y aparte, ya que no solía trabajar el “hasta nunca”, en su aventura particular por el Mediterráneo.

Duino y Trieste

Duino está a media hora en coche de Trieste, pero es un poco más corto y mucho más impresionante recorrer la SS14, una carretera costera que atraviesa varios pueblos de las costas, hasta llegar a Duino.

Se trata de uno de esos lugares para los que no existe comparación. Hablar de Trieste para alguien que no la conoce sería como intentar explicarle a un pez lo que es un árbol, ya que, hasta donde se sabe, los peces no entienden el castellano. Reverte la definía de esta manera: “no digo que Trieste sea una ciudad única, pero es cierto que tan solo se parece a sí misma”. Le gustaba el ambiente de una ciudad tan literaria. Y era literaria no por las librerías ni los café-tertulia, sino por el caluroso acogimiento que está siempre dio a los escritores.

Estatua de James Joyce en el Gran Canal de Trieste

Estatua de James Joyce en el Gran Canal de Trieste

/ Istock / Orietta Gaspari

Se dice que Joyce, que vivió buena parte de su vida en estas costas, al principio malviviendo como profesor de inglés, llegó a aprender a hablar su lengua. No hablo de griego, sino del dialecto triestino de este lugar, que llegó a dominar con soltura. De la nada pasó a convertirse en uno de los grandes literatos del siglo XX y mientras tanto, desarrolló un amor por este lugar que lo acompañaría toda la vida. En una carta a su mujer, fechada en 1909, decía: “mi alma está en Trieste”.

Sicilia

Sicilia era un destino cautivador para el periodista, una espina molesta, clavada en su retina, que no se podía quitar. Una tierra que lo reunía todo y por donde pasaron todas las civilizaciones que alguna vez habitaron el Mediterráneo: griegos, fenicios, romanos, árabes, franceses, españoles… una patria de patrias que nunca llegó a ser un territorio independiente.


“Sicilia te cautiva por su indefinición, por una falta de entidad propia que, a la postre, se convierte en su seña de identidad más notable”.


Para el viajero era uno de los territorios literarios por excelencia, protagonista de las vivencias de Ulises y Eneas y cuna de dos premios Nobel de Literatura, Luigi Pirandello y Salvatore Quasimodo. Él era una persona completamente obsesionada con Italia: “siempre ha habido dos países que me tienen completamente subyugado: Italia e Irlanda”, comentó en una entrevista a Noticias de Gipuzkoa. Pero aun así no escribió demasiado sobre este lugar. Quizá se sintió intimidado: todos los grandes escritores, y muchos que no lo son tanto, han escrito algo sobre Italia; aunque lo más probable es que se la quisiera guardar para él solo durante un tiempo. Primero escribió Un otoño en roma, pero no fue hasta 2019 cuando las librerías se inundaron de uno de sus últimos libros ‘Suite italiana’, en el que habla de Sicilia junto con Viena y Trieste. Como siempre, con la literatura por delante.

Ragusa Ibla, capital de Sicilia

Ragusa Ibla, capital de Sicilia

/ Istock / Pilat666

Atenas

Empobrecida y decrépita. Dos adjetivos con los que el periodista madrileño describe esta ciudad, duramente castigada por la crisis del 2008 y que, hoy en día, no se ha conseguido recuperar del todo. Pero esa es otra cosa: la peor Atenas a ganado siempre, por goleada histórica, a cualquier otra ciudad que se le ponga por delante. “Una persona culta no puede despedirse de la vida sin visitar su Acrópolis, admirar el Partenón y asomarse al Museo Arqueológico. Aquí nacieron y crecieron la filosofía, la tragedia, la comedia, la historia…” eran razones suficientes para ir y para volver, las veces que hiciera falta.

Estatua de Palas Atenea en el edicio del parlamento

Estatua de Palas Atenea en el edicio del parlamento

/ Istock / dogayusufdokdok

Pero un viaje “revertino” es más que turismo con la Wikipedia aprendida. En una inmersión golosa, que puede empalagar incluso a los que no son tan inquietos. Uno de los pilares es la gente: hay que hablar con los locales. Hay un personaje que llama la atención del escritor, el del griego de a pie. Son estos individuos, que solo se encuentran tras afanosas charlas, los que, de una forma u otra, representan esa alma y valores presentes en el mundo clásico. "Son ellos, los griegos, sobre todo en los siglos anteriores a cristo, el siglo V, cuando esta ciudad se convierte en el centro de todas las maravillas inimaginables para cualquiera que, como yo, crea que la actividad artística es uno de los elementos que más configuran el alma humana".

¿Qué fue antes, la escritura o la literatura? Da igual, en este caso, para Javier Reverte era todo lo mismo. La posibilidad de revivir y redescubrir, de reencontrarse con un mundo que, aunque creamos que ha desaparecido, sigue vivo en las ruinas de Atenas y en las palabras de un tabernero griego en Itaca. Sigue vivo en la Ilíada y la Odisea, en los poetas de Alejandría. Sigue vivo, en parte, porque alguien se ocupó, con una curiosidad incansable, de ir apuntándolo todo a boli en pequeñas libretas que llevaba siempre consigo. Redescubriendo un mundo que nadie conocía, aun habiendo visitado los mismos lugares que él.

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