Solidarios, por Mariano López

El turismo responsable implica a todos: a los que viajan y a los que reciben a los viajeros.

Mariano López
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Foto: Sergio Feo

Wátina es una palabra garífuna que se refiere a la llamada que las comunidades garífunas sienten para hacer algo juntos. Significa llamada pero también aliento, entusiasmo y vocación. Wátina es además el nombre de un nuevo operador de viajes español (www.watinatours.com) que nació frente a la isla de Roatán, con la vocación inicial de organizar viajes a las comunidades de la costa garífuna de Honduras y que ahora ha extendido su entusiasmo por las cuatro puntas del globo, del Nepal a Sudáfrica, de Camerún a la India, moviendo viajeros que quieren conocer museos pero también escuelas, que prefieren los mercados a las tiendas, que detienen su safari para pasar un día entre los masái. Se trata de una agencia de viajes especializada en turismo responsable, que no es un tipo de turismo sino una forma de llevar a cabo la actividad turística que, como dice la Declaración de Kerala, implica a todos: a los que viajan y a los que reciben a los viajeros. Es otra forma de viajar. Quizá la única atractiva y razonable, sostenible, ahora que la Organización Mundial de Turismo ha anunciado que el mundo está a punto de sumar más de mil millones de viajeros.

Tuve la suerte de viajar con Wátina el pasado año a uno de los lugares más maravillosos que conozco del planeta: a Kerala, la tierra de los dioses, en el sur de la India. La agencia apenas comenzaba a andar, pero conozco a quienes la han formado y reconozco que me unen lazos, que tengo allí amigos, y que trato de aprender de su ideario. Así que me apunté a uno de sus primeros viajes. Fuimos hasta Kanyakumari, el extremo sur de la India, el cabo donde se unen el Golfo de Bengala, el Mar de Arabia y el Océano Índico. Kanyakumari es un lugar de peregrinación hindú, que venera la huella de Parvati en la roca donde los fieles creen que rezó antes de conceder su mano al dios Shiva. Como todos o casi todos los destinos de peregrinación, es un lugar imponente. Cada atardecer el disco púrpura del sol se oculta por el Mar de Arabia mientras que al mismo tiempo, en la otra punta del horizonte, en el Golfo de Bengala, surge una luna recia y de plata.

Frente a la última piedra del Cabo, después de la iglesia católica de Nuestra Señora del Rescate, de la mezquita y del templo dedicado a la manifestación de Parvati, hay una breve isla que aloja un centro de meditación y otra roca, igualmente escasa, donde se eleva la majestuosa estatua de un poeta, Valluvar, que cantó en lengua tamil, hace más de dos mil años, al amor y a la virtud, al valor de los más pobres y -como Santa Teresa de Jesús y Arundhati Roy- al Dios de las pequeñas cosas. Recorrimos los templos y los mercados: la larga serie de quioscos y chiringuitos que venden baratijas para aumentar la felicidad de los peregrinos. No son frecuentes los viajeros españoles, pero el fútbol es un lenguaje universal y no faltaban las camisetas, poco o nada oficiales, de las estrellas de la Liga española y de la selección campeona del mundo. Comimos cerca de la playa arroz y pescado, nos alojamos en un hotel en cuya azotea se juntan los peregrinos para divisar la luna, el sol y los tres mares, y disfrutamos, al día siguiente, de una experiencia memorable con los pescadores de Kanyakumari, muchos de ellos supervivientes del tsunami.

La ola gigantesca y demoledora arrasó la costa sur de la India y se llevó por delante ocho mil casas, diez mil embarcaciones y cuarenta y cuatro aldeas de pescadores. Hubo 125.000 muertos, en 68 kilómetros de costa. Ahora, gracias a la ayuda exterior recibida desde el año 2005, sobre todo de España, se ha podido construir en Kanyakumari una colonia donde viven trescientas familias de pescadores. Cada una de las familias participó en la construcción de su casa. Todas decidieron que sus nuevos hogares, de piedra y hormigón, fueran levantados lejos de la costa, donde ni siquiera se escucha el mar. Los guías de Wátina me llevaron a esa colonia, donde hay carteles de los ayuntamientos, juntas y fundaciones españolas que colaboraron en su construcción. Estuve un día con los pescadores. Para muchos, lo mejor no era su barca, su nueva casa: la mayor satisfacción estaba en que sus hijos pudieran ir a la escuela, que pudieran soñar con ser médicos o cantantes; de ninguna manera otra generación, otra vez, pescadores.

El viaje a Kerala tuvo otros muchos momentos y lugares excepcionales, pero ninguno tan emocionante, tan inolvidable, como las horas que pasé disfrutando de la compañía de los pescadores de Kanyakumari. Compartimos preguntas: de dónde eres, cómo vives, a qué te dedicas, qué buscas, qué te importa más en la vida... Nos conversamos varias botellas, de zumo de mango y de agua de coco sin alcohol. Hay muchas formas de viajar, pero a mí me gusta ésta, la que propone Wátina: de tapas por Nepal, de pesca en Honduras, listos para jugar al chinlone (una especie de fútbol) con los monjes birmanos o para visitar las aulas de la escuela de Sinya, a los pies del Kilimanjaro, frente a cuyas ventanas se pasean los elefantes. Wátina significa llamada, vocación, hacer algo juntos. Algo grande e importante. Como viajar de un modo sostenible y responsable, que, en este caso, significa emocionante, humilde e intenso; para siempre, inolvidable.