Solidaridad zafia por Jesús Torbado

Ha aparecido un rebaño de individuos que con la solidaridad como arma recorre el mundo gratis y a cuerpo de rey.

Terminó bien para sus protagonistas y para sus captores el largo secuestro en el desierto sahariano de dos señores de la buena y progre sociedad catalana. Su estupidez y pretencioso comportamiento nos costó a los españoles, pagados a escote por voluntad de nuestro benéfico gobierno, unos mil doscientos millones de pesetas, más los otros millones que costó el trajín de aviones, políticos en marcha y actividades diversas. Quizás la secreta friolera de dos mil millones en total. Como para salvar de la desdicha de la crisis a muchos cientos de compatriotas.

Pocos viajes tan zafios y ofensivos en estos últimos meses como el de esa pandilla de supuestos solidarios que se montan por la patilla una grandiosa expedición a África, disfrazados de Coronel Tapioca, haciéndose mucha propaganda e invitando en sus filas pseudocaritativas -con el dinero de otros- a la señora del alcalde socialista de Barcelona, a la actriz Mascó y a un par de secretarios de Estado (casi ministros) que tuvieron la precaución de moverse con seguridad particular y así salvaron el pellejo.

Todos los detalles de su liberación, de la cual sin duda es necesario alegrarse, fueron penosos. Mientras la doña que los salvajes soltaron primero parece que se convirtió repentinamente al Islam para salvarse del caluroso encierro, los dos superaventureros Vilalta y Pascual dieron paseos por el desierto riendo codo con codo con su mismo secuestrador, lo pasaron estupendo turisteando en helicóptero o en todoterreno de una esquina de Mali a otra de Mauritania, locuaces y felices, según se vio en las fotos.

Es normal que luego de la liberación, los buenos profesionales de Al Qaeda y los políticos africanos se cachondearan de España y de los españoles por haber pagado una fortuna desmesurada e incluso haber liberado de una manera vergonzosa al mismo bandido secuestrador en persona y a toda la pandilla metida en el negocio. Como ya se había hecho con los piratas somalíes, por cierto. Y con los funcionarios del bar guipuzcoano El Faisán.

Los organizadores de tan fastuosa como boba y publicitada expedición calificada de solidaria ya preparan otra para el año próximo. Entonces, por mar. En su recibimiento barcelonés del verano hubo mucho alboroto, aplausos y banderas catalanas de bienvenida (no españolas, no del país de donde salieron la carga económica y psicológica de tanta gente). Ellos iban a pasear en plan guapo, no a cavar pozos, a curar heridas, a remediar daños, a dar de comer a niños desnutridos, construirles escuelas y hospitales, como hacen cientos de cooperantes auténticos, como hacen miles de médicos, de monjas y misioneros que no se cuelgan medalla alguna y regresan, viejos y cansados, a morir a su casa sin que nadie los mire. Iban de paseo a darse pisto y a hacerse unas fotografías para los amiguetes. Se les torció parte del proyecto, pero el resultado final fue grato.

Hace mucho que los viajeros de verdad se escandalizan de los desmanes y aprovechamientos que con demasiada frecuencia protagonizan personajitos de oenegés más o menos auténticas, dedicadas en apariencia a aliviar los estropicios de otros países o de otras sociedades. Apoyadas en el dinero que entregan con la mejor voluntad muchas personas honestas.

Pues ha aparecido de repente un rebaño de individuos al que no se le cae la palabra solidaridad de la boca y que con ella como arma recorre el mundo gratis y a cuerpo de rey, simulando que ayuda -a veces incluso ayudando someramente, pero fundamentalmente disfrutando de suculentas vacaciones con cargo a la buena gente-. Da la impresión por todos los datos que se divulgaron y los espectáculos posteriores que el trío barcelonés pertenecía a esa especie. Niñatos, pijos y otras lindezas los llamaron incluso en su propia tierra, donde mejor conocían el paño. También cabría considerarlos saqueadores de las arcas públicas. Siete u ocho o nueve millones de euros, dos mil millones de pesetas por su graciosa aventurilla. ¿Han devuelto la inquietud y el dinero?