Soledad a precios razonables, por Carlos Carnicero

Carlos Carnicero

La soledad es el más exquisito de los lujos. También en los viajes. Este deseo renovado es una consecuencia directa del desarrollo económico y de la globalización: viajar es un instrumento básico del consumo, tan necesario como comprarse una casa. Lo que hasta hace unos pocos años era privilegio de las clases acomodadas se ha universalizado, poniendo casi todos los rincones del mundo al alcance de un pago a plazos o de una cuenta de crédito. Viajar en soledad es difícil.
He leído hace poco algunas reflexiones sobre la incomodidad de viajar con mucha compañía. Se hacían desde la posición elitista de quien ha perdido el derecho a la exclusividad. Omitiré el nombre del escritor que se sentía zaherido por las multitudes porque es un intelectual al que respeto y pienso que sus quejas, sobre todo el tono en que las manifestaba, eran sólo consecuencia de un artículo irreflexivo para cumplir un compromiso editorial.
Pero el fondo de aquel artículo tiene base real. En efecto, hubo un tiempo en que la Capilla Sixtina y las criptas de San Pedro eran sólo objeto del deseo y contemplación de algunos elegidos. Ahora el tránsito debajo de los frescos de Miguel Ángel es una procesión incesante de curiosos armados con una máquina fotográfica digital con los que has detener cuidado para no tropezar, porque la fila tiene una velocidad cronometrada para que todos puedan echar un vistazo.
No hay destino turístico en el planeta en donde no sea inevitable tropezarte con un grupo de españoles. Hasta hace poco sólo viajábamos para trabajar en Suiza o en Alemania. Los ricos buscan esconderse y los destinos más caros son siempre en función de su exclusividad. Existen islas privadas en las que cuesta una fortuna alojarse por unos días. Los yates de lujo son el refugio de quien quiere surcar los mares para anclar en playas desiertas en las que jamás se encontrarán con nadie que no tenga la misma ambición de soledad. El resto de la humanidad les perturba y han asimilado que el filtro y el tamiz de su condición se basa en la inmensa capacidad de sus carteras. Son una suerte de masones económicos que se identifican con las marcas que exhiben en sus ropas y en sus complementos: en realidad, exhibir la marca es un sustitutivo de la etiqueta del precio para demostrar el poder. Les molesta pagar poco dinero por sus placeres porque temen tener que compartirlos con alguien.
Hace tiempo descubrí que se puede estar solo a un precio razonable y sin necesidad de apabullar con la diferencia. Hay que husmear en las carteleras y meditar sobre las ofertas que tienes a tu alcance en la misma ciudad en donde vives y siempre hay ofrecimientos exquisitos que no tienen reclamos multitudinarios. La última experiencia en este sentido fue la visita a la espléndida exposición de esculturas, bocetos y dibujos de Auguste Rodin que ha organizado en Madrid la Fundación Mapfre. Ni siquiera pienso que elegí la hora y el día en función de la soledad, pero siendo sábado por la tarde, apenas una docena de personas nos deteníamos en la escultura La Edad de Bronce. La sensualidad y el erotismo de Rodin exige necesariamente intimidad. Madrugar es otra opción. Adelantarse mientras los demás duermen y buscar escondites en el calendario en los que el resto de la humanidad esté convocado a conductas inevitables. Siempre hay un modo razonable y respetuoso de sentirse elegido por poder estar solo.
En el fondo éste es un artículo contradictorio: creo que es un avance democrático que las maravillas del mundo estén al alcance de más personas y, al mismo tiempo, tengo pánico a la pérdida de individualidad que convoca tener que compartirlo casi todo; existe una vía de escape: la búsqueda de la soledad es una investigación minuciosa de los sentidos para averiguar aquello a lo que otros todavía no han llegado. Se trata sencillamente de buscar tiempo en la era de la instantaneidad.