Sobre dioses y mundos por Mariano López

El nuevo libro de Luis Pancorbo, "Los dioses increíbles", busca, por todo el planeta, los más insólitos pobladores del Olimpo

Mariano López
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Foto: Sergio Feo

Es peligroso ir al bosque cuando sale el arco iris, dicen los pigmeos de las selvas del Congo, para quienes las luces de colores que rayan el cielo los días de sol y lluvia son un fenómeno terrible que obliga a abandonar la caza, meterse en la choza y esperar a que escampe. Por el contrario, los nuer, de Sur Sudán y Etiopía, consideran que el arco iris es el collar de Dios, un regalo del cielo. Sin salir de África, el arco iris se revela como un dios terrible o benéfico, según se aplique la fe de los nuer o la de los pigmeos. ¿A cuál de los dos creemos? Vale que confiemos en Dios, así está escrito en los dólares, pero, ¿en qué dios confiamos? El nuevo libro de Luis Pancorbo, Los dioses increíbles, parte del asombro ante la barroca y extensa variedad de las creencias que manifiestan los humanos y busca, por todo el planeta, los más insólitos, extraños y llamativos pobladores del Olimpo universal. Por ejemplo, el mero. Los sakalava de Madagascar adoran a un mero ciego y enorme que vive en la poza de una caverna comunicada con el mar. Es un ente extraño para soportar la esencia de un dios, pero no menos, ni más, que el cuervo de la isla Nutka, la Gran Mosca de los indios navajos o el leopardo negro del que se creen descendientes los agassouvi de Benin. En la bahía de Faie, en la isla de Huahine, todavía consideran sagradas a las anguilas de ojos azules. En la mitología de las islas Salomón se encuentra un extraño ser marino, con la cabeza de un tiburón sonriente, que quizá recuerde, por su formidable aspecto, el impacto que causaron en el mar de Makira las naves de Mendaña, las expediciones de los españoles. En Mongolia, a cinco kilómetros de la capital, Ulan Bator, se eleva una roca, hoy vestida como una matrona, a la que los fieles piden amparo y a la que llevan regalos: caramelos, galletas, pañuelos o vodka de la marca Chinghis Khan. Se diría que los dioses se han entretenido, con los siglos, en cobrar todas las formas posibles. Pancorbo organiza y describe el repertorio: dioses demiurgos, creadores; dioses animales, minerales y vegetales; los dioses hominales, como la Kumari, la diosa niña del Nepal, y las diosas maternales, como la Sitala hindú o la Mari vasca. También se incluyen los semidioses: en Penglai, China, una de las tres islas sagradas que se alzan frente a la costa de Shandong, viven los Ocho Inmortales, siete hombres y una mujer cuya historia, se cree, es una firme evidencia del triunfo de la magia sobre el cuerpo.

Luis Pancorbo es un viajero erudito que anota cada hallazgo con atención y curiosidad, la navaja y la lupa del antropólogo. Merece la pena escuchar las historias de los dioses increíbles, porque quizá es en esta caverna donde más se reconocen las sombras que acarrean las esperanzas y los miedos de los humanos. El caimán, se dice, era un ser divino para los mayas. Lo que más valoraban era que no tuviera lengua. "El silencio —escribe Pancorbo— era un plato de gran gusto en las mesas divinas". Otra historia: el 1 de enero de 1814, en Kuanlupu, una remota aldea china, nació el hombre dios Jung Siu Chuan, quien llegó a creerse de verdad hijo de Dios y hermano de Cristo y tuvo una legión de seguidores. Siglo y medio después, en la sierra de Huautla, en México, de la mano de María Sabina, muchos buscaron la conexión con la Verdad Suprema con la ayuda de unas plantas silvestres, los honguitos que crecen cerca de unos picos que parecen, siempre, cortados por la niebla.

Pancorbo desarrolla cada una de estas magníficas historias. Busca en las cosmogonías, en los relatos sobre el principio del mundo, y en la descripción de las deidades una aproximación a los símbolos que los humanos hemos ido creando para tejer de sentido y significado la atmósfera del mundo. Una red de símbolos a menudo interesada: "Mucha gente cree tener un solo dios —escribe Pancorbo—, pero ese dios no es el mismo que el del vecino, es mejor por supuesto, más poderoso y entrañable". Uno de los capítulos del libro explora el bosque de dioses de la religión más antigua, el hinduismo. El último capítulo vuelve a girar en torno a un dios polivalente, que cruza el cielo y el mundo: el arco iris, un arma de Visnú o de Indra, la aparición del espíritu de la gran boa de los ríos para los yanomami del Amazonas, pareja de la serpiente creadora según algunos aborígenes australianos.

El universo de Stephen Hawking, el multiverso, no necesita la hipótesis de Dios para ser explicado, pero los humanos necesitamos muchos, muchos dioses, para hablar de nuestro pequeño planeta y de nuestros infinitos sueños. El nuevo libro de Luis Pancorbo habla sobre estos dioses y también sobre esos sueños. Unos y otros merecen ser llamados increíbles.