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Sinforosa y Juan Martín, medio siglo solos en una aldea de Teruel: los llamaron "los últimos centinelas" y plantaron encinas creyendo que se quedarían

Casi medio siglo solos entre un santuario del siglo XVIII y un barranco sin cobertura ni agua corriente, hasta que las piernas ya no daban para tanta pista de montaña.

Ambos protagonistas son los últimos vecinos de esta aldea de Teruel.

Ambos protagonistas son los últimos vecinos de esta aldea de Teruel. / Istock

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El banco de piedra sigue en la puerta de la casa, templado por el sol cuando toca, aunque ya no hay nadie que se siente en él a media mañana. Los gatos que Sinforosa Sancho y Juan Martín Colomer llamaban, a todos, Michurrín, sin distinguir uno de otro, siguen apareciendo entre las callejuelas de La Estrella, ahora sin nadie que les eche de comer con regularidad. El silencio del barranco, que durante casi medio siglo tuvo dos voces humanas de fondo, es hoy un silencio completo. La aldea, pedanía de Mosqueruela en la comarca turolense de Gúdar-Javalambre, figura con cero habitantes en el padrón desde hace tres años.

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Sinforosa y Juan Martín se marcharon de La Estrella entre finales de febrero y comienzos de marzo de 2023, cuando ella rondaba los 89 años y él los 88. No fue una rendición ni una huida: fue que a esa edad hacía falta un médico cerca, y en La Estrella no había ni agua corriente ni una carretera que mereciera ese nombre. Hoy, en 2026, ambos rondan ya la noventena larga -las cifras exactas varían según la fuente y su cumpleaños concreto no está confirmado-, y viven separados, cada uno más cerca de los suyos: ya no comparten la misma casa que compartieron durante décadas en la hospedería de la iglesia.

Vista general del pueblo de La Estrella, en el termino municipal de Mosquerola.

Vista general del pueblo de La Estrella, en el termino municipal de Mosquerola. / Wikicommons / Àlex

El pueblo que fue viñedo antes que santuario

La Estrella no nació con ese nombre. En el siglo XIV, después de que gentes de Mosqueruela conquistaran y derribaran el Castillo del Mallo, un grupo se instaló en la margen izquierda del río Monleón para cultivar la vid. La llamaron Villar de las Viñas -Villar Las Vinyas en los testamentos de la época, con sus "quinyones de vinya"- y así siguió constando en los documentos durante más de un siglo. El nombre que hoy conocemos llegó en 1466, primera referencia escrita tras una aparición mariana que cambiaría el destino del lugar.

El giro decisivo llegó en 1638. Según la tradición, en plena sequía comenzó a manar agua de la Fuente de la Virgen, socorriendo a habitantes y romeros que ya no sabían dónde buscarla. De ese milagro nació un culto que fue creciendo durante el siglo XVII, hasta que en 1720 se levantó el santuario que todavía preside la aldea, bajo la dirección de Miguel Garafulla y terminado once años después: planta de cruz latina, tres naves de distinta altura y una bóveda de cañón con lunetos que sigue siendo, más de tres siglos después, uno de los ejemplos mejor conservados de arquitectura valenciana del XVIII en la zona.

Llegó a tener alrededor de doscientos habitantes y unas cuarenta casas. Una inundación en 1883 golpeó con fuerza a la aldea, y lo que la crecida no se llevó lo fue vaciando después la Guerra Civil, el aislamiento de la posguerra y el éxodo rural de los años cincuenta y sesenta. En los ochenta, La Estrella ya estaba prácticamente despoblada. Solo quedó, con el paso de las décadas, un matrimonio que decidió no irse.

Santuario Virgen de La Estrella, Teruel

Santuario Virgen de La Estrella, Teruel / Wikicommons / Àlex

Candiles, encinas y un anuncio de coches que nadie esperaba

Vivían en una de las dos hospederías que la iglesia tenía para los peregrinos: sin agua corriente, que iban a buscar cada día a la fuente, y sin luz hasta que instalaron una placa solar hace unos años, después de alumbrarse durante décadas con candiles. No había cobertura, ni teléfono, ni televisión. Les bastaba la radio, decían con más humor que resignación. Juan Martín cultivaba cerezas y salía a buscar trufas por el monte; tenían gallinas, perros y más de una docena de gatos, todos Michurrín, y años atrás también caballos.

La fama les llegó sin que la buscaran. Heraldo los bautizó en 2014 como "los últimos centinelas de La Estrella", y en 2020 la revista mexicana Gatopardo tituló su reportaje sobre ellos "Los guardianes de La Estrella". En medio quedó un episodio inesperado: en 2018 protagonizaron un anuncio navideño de Land Rover en el que un convoy de todoterrenos subía hasta la aldea para llevarles luces de Navidad a un árbol. También pasaron por el programa de televisión Aquí la Tierra, que los presentó a un público que jamás habría llegado hasta allí por su cuenta.

Y estaban las encinas. Cuando Gatopardo los visitó en 2020, ya las habían plantado: un gesto que el reportaje describía como una declaración de intenciones, la prueba de que tenían planes de quedarse. Las plantaron para eso, para quedarse. Se marcharon tres años después, cuando el cuerpo ya no daba para más subidas y bajadas por la pista, y hoy nadie sabe con certeza si esas encinas siguen en pie ni cómo han crecido -un dato que no hemos podido confirmar y que, si alguien de Mosqueruela puede darlo, cerraría mejor que ninguna otra imagen la historia de este lugar.

Antigua zona de lavaderos del pueblo.

Antigua zona de lavaderos del pueblo. / Wikicommons / Àlex

Qué queda hoy en La Estrella, y cómo llegar

La aldea no ha desaparecido del todo. Buena parte de las casas están rehabilitadas, muchas como segunda residencia de vecinos de Mosqueruela, y tanto la iglesia como la antigua escuela reciben mantenimiento. El único día del año en que el lugar recupera algo de su bullicio antiguo es la romería del último domingo de mayo, cuando los vecinos de Mosqueruela suben hasta el santuario para honrar a la Virgen de la Estrella. A eso se suma, ya en el terreno del deporte, una marcha de montaña organizada desde Castellón por el Club de Muntanya CS que cada año recorre el camino hasta la aldea y que ya va por su trigésima séptima edición.

Santuario de la Virgen de La Estrella

Santuario de la Virgen de La Estrella / Istock / 5

Tras la marcha del matrimonio, la alcaldesa de Mosqueruela, Alba Lucea, que sigue al frente del Ayuntamiento, confirmó que el consistorio mantenía contacto con personas interesadas en repoblar el lugar -un interés, aseguró entonces, que ya venía macerándose desde antes-. No hay, hasta la fecha, ninguna noticia posterior que confirme si ese proyecto ha avanzado o se ha quedado en intención.

Llegar hasta allí no es un paseo. Desde la carretera que une Mosqueruela con Iglesuela y Villafranca parte una pista de unos doce kilómetros, con tramos de fuerte pendiente, que no se asfaltó hasta 1967 y que hasta entonces solo se podía recorrer a pie o a caballo. No hay servicios, ni cobertura, ni garantía de agua potable en el camino: conviene ir preparado y no aventurarse sin más si el tiempo no acompaña. Antes de emprender la subida, o al bajar, Mosqueruela ofrece una parada que sí está verificada: el restaurante Existe, de Alberto Montañés y María Dávila, reconocido por la Guía Michelin por su relación calidad-precio y distinguido también con un Solete de la Guía Repsol, con una cocina que prioriza el producto de proximidad, las carnes de caza y los vinos naturales.

Panorámica de Mosqueruela

Panorámica de Mosqueruela / Wikicomons / Fran Ara

Tres libros para un pueblo de dos personas

En agosto de 2025, más de dos años después de que Sinforosa y Juan Martín cerraran la puerta de su casa por última vez, La Estrella volvió a llenarse de gente, aunque fuera solo por una tarde. Los periodistas castellonenses Ernest Nabàs Orenga, Javier Andrés Beltrán y Manuel F. Navarro del Alar presentaron en el Ayuntamiento de Mosqueruela una trilogía dedicada por completo a la aldea -"Aunque solo una fuera", "La Estrella" y "El diluvio de La Estrella"-, con la alcaldesa Alba Lucea entre el público. El acto se repitió después en el propio santuario. No hace falta subir hasta allí para entender por qué un pueblo de dos habitantes ha terminado teniendo tres libros: basta con haber conocido, aunque fuera de lejos, a la pareja que durante casi medio siglo decidió que valía la pena quedarse.