Sin geografía, por Jesús Torbado

Un buen viajero duerme siempre sobre un manual de historia y con un mapamundi bajo la almohada.

Jesús Torbado
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Foto: Raquel Aparicio

Es preciso reconocerlo, aunque sea muy tarde ya, demasiado tarde. En los diferentes grados en que se dividían a sí mismas las enciclopedias escolares de hace medio siglo, santo cielo, pobremente impresas en blanco y negro, tapas de cartón y siempre con olor a papel húmedo, se enseñaban muchos asuntos que ahora van desapareciendo. Quizás para siempre. Creció con la democracia una nutrida legión de pedagogos, psicólogos, sociólogos, trepadores políticos, iluminados de toda especie (ahí tienen ustedes a aquel Zapatero de infausto recuerdo), maestros ciruela, aspavientistas místicos, y entraron al trote, arrasando cerebros, en las aulas, desde las infantiles a las universitarias. Las páginas que aquellos venerables libros dedicaban a la geografía y a la historia han desaparecido o se han convertido en páginas de catecismos a gusto del llamado docente al mando, cebado por el político. Ya, de momento, en Cataluña y el País Vasco están empezando a prohibir que sus súbditos hablen el español, que es la tercera lengua más conocida del planeta. Y las personas que lo hacen, los políticos de mente jibarizada, se quedan tan anchos, tan felices y tan realizados.

¿Cómo puede justificarme usted que una señorita de economía solvente se apunte, por ejemplo, a un viaje-safari por Kenia sin saber dónde está Kenia y que por la sabana no hay restaurantes ni guardias de tráfico ni chiringos de cocacola, sin saber que aquello es África y que los veranos de este continente son muy calurosos y que es muy molesto caminar con tacones de doce centímetros? ¿Cómo es posible que un economista gerundense con tres másteres en el coleto ignore que el río Ebro nace en Santander, en el rincón de Fontibre, y el Duero, junto a Soria? ¿Y que un ingeniero de Basauri piense que la provincia de Huelva linda con Almería o que una psicóloga manchega de mucho palique confunda Puerto Rico con Costa Rica e incluso Suiza con Suecia?

La geografía y la historia son ciencias, conocimientos esenciales para cualquier persona que tenga alguna consideración hacia sí misma. Y no basta saber el nombre del concejal con el que se apechuga a diario -ni maldita falta que hace- o la variedad de hortalizas de su huerto o la fecha de inauguración de su tubería de agua. Afortunadamente, el mundo es grande y no ajeno. Todo nos compete a todos y la historia de todos es la arcilla de la que hemos sido fabricados. ¿Cómo aplaudir esta cruel cirugía preventiva que se está practicando entre nuestros sucesores y herederos? ¿Cuál sabiduría, cuál conciencia moral van a heredar? Fundamentalmente a causa de la ridícula voracidad de poder de unos cuantos, los más groseros, inútiles e indeseables miembros de la tribu, aunque se adornen de todos los títulos del ganso.

Un buen viajero duerme siempre sobre un manual de historia del mundo y con un mapamundi bajo la almohada (incluso el mapamundi de Bilbao, según el viejo chiste). Quizá los viajeros que intentan pisar nuestras huellas se contenten con lograr un billete de avión barato para que el piloto los deje donde mejor le parezca, en ese vacío para el que los han educado. Comprará el boleto de su destino en unas rebajas y conforme a la voluntad o la orden de un jefe de gabinete, de un diputado sin lustre, de una locutora cursi de radio, de quien lo tiene amarrado a un pesebre mísero desde que nació.

De nuevo un ministro intenta poner orden en ese desastre de la enseñanza y hasta una emisora de radio quiere ilustrar a sus escuchones con algunas frases en latín, aquel tesoro de generaciones ya perdido. Pues la historia ya es solo una cuestión de versiones adulteradas, alteradas y pornografiadas de lo que de verdad ocurrió. Qué importa si el río Zambeze cruza o no las tundras siberianas y si don Juan de Austria peleó en las Termópilas. Termópilas, por cierto, señora, ¿qué es eso?