Sierra madrileña, por Javier Reverte

¡Qué aire el del Guadarrama! Fresco, acuchillado, vivificaba el alma infantil deseosa de libertad.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Una de las geografías peor tratadas durante décadas en nuestro país ha sido la bonita sierra madrileña de Guadarrama antes de que, tan solo hace unos meses, una parte de ella fuese declarada Parque Nacional y, por lo tanto, espacio protegido. Durante los años locos de la construcción previos a la crisis económica que arrastramos, miles de viviendas se levantaron en las faldas de los cerros, en la vecindad de los pinares, a la vera de los arroyos y de los ríos. Un destrozo, vamos. Por desgracia para nuestros bolsillos y suerte para el medio ambiente, el hundimiento de la banca Lehman Brothers en 2008 y la explosión de la burbuja inmobiliaria española detuvieron una insaciable expansión urbanística que en pocos años habría terminado por arrasar la zona. Todavía el Guadarrama es un poco lo que fue, ese "Guadarrama, viejo amigo, la sierra gris y blanca...", cantado por Antonio Machado.

También su geografía es una vieja amiga mía... Cuando era un niño, durante los veranos mi padre solía alquilar una casa en la sierra: Cercedilla, Valsaín (en la vertiente norte, ya provincia de Segovia) y El Escorial, entre otros lugares. Se decía que todavía se encontraban lobos en sus bosques, aunque yo nunca vi ninguno. Pero los viejos lugareños nos contaban historias antiguas de lobos que ellos decían haber vivido. Aquel niño de ciudad que yo era sí que contemplaba admirado el vuelo de las águilas y los buitres, las mariposas y los saltamontes, las ranas y los renacuajos, las culebras y las víboras, los caballos y los toros que pastaban libres en los pradales. Y en mi memoria olfativa está firmemente asentado un aroma que mezcla el de la hierba mojada de las orillas de un río con el de los pinares golpeados por el sol del estío. Quizás no haya otro olor en mi vida que me remita tanto a la infancia.

Para los chicos que estudiábamos en los colegios madrileños había cada curso un día grande, normalmente en primavera: el que tocaba la excursión. Y, por lo general, esa excursión era a la sierra del Guadarrama, en día de diario. Además de perdernos un periodo insufrible de clases, la jornada proponía toda la emoción de una aventura.

El colegio alquilaba un autobús y nuestra madre nos preparaba un bocadillo, por lo general de sabrosa tortilla de patatas. Y con una cantimplora por todo equipaje, partíamos en el vehículo a hora temprana de la ciudad. Aquellas carreteras de la posguerra española eran un desastre: llenas de baches, en ocasiones con el asfalto roto en una buena parte y con la única ventaja del escaso tráfico de la época. Si hoy se tarda, por ejemplo, en llegar a la cumbre de Navacerrada alrededor de tres cuartos de hora, entonces el viaje podía llevar más de dos horas. Y ello suponiendo que el autobús no se quedara tirado por una inoportuna avería. En aquellos duros tiempos de escasez, raro era el coche que no se quedaba tirado en la carretera al menos un par de veces al año.

Al llegar al destino, los chicos salíamos del vehículo como un bando de pájaros alegres. ¡Qué aire el del Guadarrama! Era fresco, acuchillado en ocasiones y vivificaba el alma infantil deseosa de libertad. Los profesores organizaban juegos, pero yo prefería correr entre los pinos, mojarme los pies en los arroyos de la montaña y capturar lagartijas.

El Guadarrama está íntimamente ligado a mi alma y, por eso, miraba desde la ciudad con tristeza hacia sus cumbres en estos años desoladores del pasado especulativo. Ahora siento cierto alivio.

Y me han dicho que el lobo ha vuelto.

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