Si hoy es martes, es el mundo, Luis Pancorbo

El neo-viajero necesita ir rápido al fin del mundo; o, si no, ir a Etiopía en menos tiempo que en un viaje de cercanías.

Luis Pancorbo
 | 
Foto: Ximena Maier

La película Si hoy es martes, esto es Bélgica tuvo su éxito en 1969 al ironizar sobre un grupo de turistas que recorría siete países europeos en diecisiete días. Los chinos han pulverizado también eso. Organizan viajes de diez días por Europa a dos mil euros por barba y enseñan seis países europeos. Pocos países, ciertamente, pero la gracia del viaje chino es que a ellos les da bastante igual si no ven tales o cuales monumentos, o cuadros. Lo que de ninguna manera se quieren perder son los outlet, esos conglomerados comerciales de la periferia de las grandes ciudades donde todo parece imbatible de precio y marca.

Los chinos (y los japoneses) se aburrirían mucho dando la vuelta al mundo en 80 días. Les sobran al menos 70 días, y también les sobran los dólares necesarios para hacer de su viaje un periplo lleno al final de bolsos, pañuelos, zapatos... Imprescindible es un selfi donde a uno se le vea bien, y secundariamente un trozo de la Torre Eiffel. Así ya está todo listo. O casi. Al Louvre no hay más remedio que dedicarle treinta minutos. Para algunos sería mejor saltarse la parte expositiva para hincharse de souvenirs en la tienda del Louvre. Entrever la Gioconda entre manos que llevan móviles y cuellos que se estiran se lleva un montón de tiempo. Menos mal que al Coliseo de Roma se le liquida en diez minutos.

¿A dónde va el mundo? El mundo no tiene que ir a ningún lado. El mundo gira y, si uno quiere dar la vuelta al planeta en tres días, y en compañías low cost, nada más fácil. Se coge un Madrid-Nueva York-Shanghái-Hong Kong-Abu Dabi-Madrid, y hasta se puede salir de los aeropuertos y dar una vuelta por las ciudades. Sin exagerar, por supuesto, que ya están llamando para el siguiente vuelo.

Aquí es donde viene la nostalgia de Phileas Fogg, aquel caballero al que le falta un día, aunque al final lo recupera porque ha hecho su vuelta hacia el Sol, no contra el Sol. Gana veinticuatro horas, 20.000 libras esterlinas y una esposa tan interesante como la princesa Auda. Pero uno de lo que tiene más añoranza no es de ese tipo de circunvalación, que ha podido hacer y más de una vez, sino del viaje lento. No tan lento como para quedarse inmóvil, hasta ahí podríamos llegar. Es el viaje lento como existe la comida lenta (slow food), esa vuelta a la cocina tradicional, y a la recuperación del queso y el vino y de productos genuinos, según concibió en 1986 Carlo Petrini, un piamontés molesto por el mundo rápido, y por la comida rápida con la hamburguesa como bandera. ¿Cómo era posible abrir un McDonald''s junto a las Spanish Steps, las Escaleras Españolas, que es como llaman los norteamericanos a la escalinata que lleva de la Plaza España a Trinità dei Monti? A raíz de esa protesta ya en 1989 hubo un manifiesto del movimiento de la Comida Lenta, con un escudo donde se enseñorea el caracol (por lo lento que va; lo demás del bicho, para el que le guste).

Pero el neo-viajero necesita ir rápido al fin del mundo, o, si no, ir a Etiopía en menos tiempo que lo que invierte en un viaje de cercanías. Después de todo a Luis de Urreta, que nunca estuvo en Abisinia, no se le reprocha su Historia eclesiástica, política, natural y moral de los grandes y remotos reynos de Etiopía (1610). A él le interesaba dar noticia de los dominicos y, sobre todo, explicar el territorio del Preste Juan de las Indias. Lo malo es que ese reino podía estar en Abisinia como en Armenia, o si no en Catay. Por qué no eso último. Si hoy es 1610, más bien será la China.

// Outbrain