Shambala y Kiribati por Luis Pancorbo

Kiribati no será la Shambala de los Mares del Sur, pero es un sitio que convendría visitar antes de que desaparezca. O no.

Luis Pancorbo

?Aunque Kiribati se pronuncia Kiribás, es un país que nada tiene que ver con el Marqués de Carabás, el que tenía un ayudante tan listo y mentiroso como El gato con botas. Unos cien mil habitantes viven en Kiribati (Islas Gilbert en tiempos ingleses), un archipiélago compuesto por 33 islas más islotes espolvoreados en ambos lados del meridiano del Cambio de Fecha (International Date Line). La zozobra de la gente no consiste tanto en andar perdida en el tiempo como en si no acabará todo tragado por las olas. Se dirá que es la misma amenaza que pende sobre la vecina nación de Tuvalu, o sobre las Maldivas del Índico, pero eso no consuela en Kiribati. Lo único positivo es que hasta este mes de febrero loco el mar no ha subido medio metro, como ya se anunció en Japón en el año 2000 durante la Conferencia Ministerial sobre Medio Ambiente y Desarrollo de la región Asia-Pacífico.

Este tema de las islas que menguan y de otras que desaparecen recuerda a El secreto del doctor Honigberger, un relato de Mircea Eliade donde sale a relucir Shambala, un país del Himalaya envuelto en toda clase de velos ocultistas y pertrechos teológicos del budismo. En 1626 los jesuitas portugueses Estevão Cacella y João Cabral fueron desde Bután en su busca y acabaron en el Tíbet. Eso fue mucho, pero lógicamente no dieron con ese reino perdido. Eliade se sirve de Shambala para que uno de sus personajes, el doctor Zerlendi, sostenga que es capaz de llegar allí con sus altas técnicas de yoga. En Shambala solo entran los iniciados, del mismo modo que en Kiribati lo hacen quienes no pierden una larga cadena de vuelos para acometer el tramo final desde Fiyi y Tuvalu. El doctor Zerlendi lo tiene más fácil siendo un personaje de ficción. Tras visitar ese país imaginario, concluye que es la salvación de nuestro mundo. Shambala hace de contrapeso para que la Tierra no se salga de su eje y todo se vaya al garete. Además, allí están los shambaleses: "Si no vivieran en este reino, rezando y pensando por todos, la masa total de nuestro continente habría sido ya subvertida por el haz de fuerzas demoníacas que el mundo moderno ha desencadenado a partir del Renacimiento". Eliade apuntaba que el continente europeo correría la misma suerte que la Atlántida de no ser por Shambala, la que irradia "límpidas fuerzas espirituales".

¿Y qué irradia Kiribati? Paz, peces y cocos. Tenían un problema con la isla Banaba (Ocean Island), donde hasta 1979 se explotaron los fosfatos. Todo allí quedó calvo, polvoriento y devastado. Los isleños acabaron yéndose a vivir a la islita Rabi, en Fiyi. En Kiribati no hay tanta tierra como parece, pese a disponer de un inmenso espacio marino. Sus once islas habitadas cabrían en el área metropolitana de Madrid, y alguien supuso que construyendo un dique de contención se podrían salvar. Otra ilusión. Eso costaría más del doble del Producto Interior Bruto del país, pese a que ese PIB sea el segundo más bajo del mundo (según los datos del Banco Mundial sobre la paridad del poder adquisitivo). Además, de nada serviría un dique de proseguir la crecida del mar.

Los gilbertianos siempre pensaron que la vida es un regalo de los dioses marinos, y disfrutan el día a día. No les impresionan los tababa (tiburones tigre) cuando les disputan los rebeba (o trevally, un suculento carángido) que acaban de arponear en la laguna coralina. La vida es así, "...todo es dureza, todo crueldad, todo egoísmo...", como diría la barojiana Sacha Savarof. O sea, hay que tomar medidas. Si los isleños logran llevarse intacto el desayuno a su cabaña, pese a los escualos, tienen el resto del día para tramar mitos, sea en la iglesia o en la maneaba, la casa comunal donde resiste algo su viejo animismo. El ritmo es pausado, como el agua de coco al pasar por el gaznate. Los dioses no se pelean entre sí, ni contra los hombres, y éstos han inventado bailes que se hacen sentados, para qué molestarse. De manera que Kiribati no será la Shambala de los Mares del Sur, pero desde luego es un sitio que convendría visitar antes de que desaparezca. O no.