Señora taiga por Luis Pancorbo

La taiga siberiana es lo salvaje que queda antes del hielo, un lugar que hay que abordar con cortesía y precaución

Luis Pancorbo
 | 
Foto: Ximena Maier
El Sol es un hombre poderoso, como decía Dersu Uzala, y también el fuego y el agua. Ese cazador de la etnia gold, tan bien pintado en el relato de Arseniev y la película de Kurosawa, veía la taiga, y cualquier cosa, bajo una mirada de antropomorfismo, poniendo todo a la medida humana. La inmensidad y belleza de la taiga siberiana se cata en el vuelo con escalas de San Petersburgo a Vladivostok (6.560 kilómetros): uno se tira casi un día sobrevolando bosques, y yendo hacia el futuro, como si la creciente diferencia horaria fuese un albatros inalcanzable. Sobra tiempo para viajar y soñar, tal vez dormir. Sumándonos a Dersu Uzala: hemos despreciado demasiado deprisa la vida natural. Hay bosques de coníferas donde el oso es gente, y el urogallo lo mismo. También existe mala gente, casi siempre alguna persona que no es de la etnia gold, tal vez algún blanco ávido, algún tigre descontrolado. La taiga es un mundo con la misma capacidad de asombro que en tiempos de Jack London y su Llamada de lo salvaje. Hay taiga americana y taiga europea y asiática. Es lo mismo. Es lo salvaje que queda antes del hielo, el lugar que hay que abordar con la cortesía y la precaución de Dersu Uzala: "Cada vez que se entra en una selva que se extiende centenares de kilómetros, se experimenta un sentimiento que se parece al miedo". Los detalles de transporte, temperatura y comida resultan vitales, pero cuenta más el espíritu, no confundir con sprit, que es el alcohol puro que se bebe rebajado con agua. Y para comer en Siberia no hay tortilla de patatas sino hígados de salmón, lenguas de bacalao rebozadas, frikadelki, albóndigas de alce con arroz y, a veces, hasta patatas fritas con tuétano de alce. Nada mal, por supuesto. Al Occidente de Siberia se extiende la Fennoscandia. Hace cinco siglos, en la intersección entre Noruega, Finlandia y Rusia, San Trifón andaba predicando la fe ortodoxa y haciendo milagros de categoría como limpiar el mar de gusanos, serpientes y trolls. Tales bichos impedían la pesca en torno a la isla de Holmengra, donde hay un laberinto en forma de espiral hecho con surcos y piedras. En los acantilados de Kjerringsupet, cerca de Boris Gleb, la primera población rusa tras la noruega Elvenes, se abre un hueco al que llaman la cueva de San Trifón, y antiguamente los lapones echaban ahí una moneda para que trajera suerte en la pesca. Una manera de atraer el bacalao. Más al Este se extiende la península de Kola, donde la taiga se va haciendo tundra y luego, nada, el acecho del hielo. Kola era una etapa fundamental cuando se intentaba el Paso del Nordeste, ir desde Europa a Asia por el Océano Glacial Ártico. En 1553 los ingleses Hugh Willoughby y Richard Chancellor zarparon con tres naves desde el Támesis rumbo a ese paso lleno de promesas de fortuna. El que tuvo más suerte fue Chancellor. Dobló el Cabo Norte, y avanzó por la península de Kola hacia el Este, viendo poco más que una continua y permanente desolación. Ni siquiera había gente en los estuarios de los grandes ríos entre Rynda y Iokanga, como recuerda el viajero historiador Roger Took, pero eso era porque desde mediados de septiembre los lapones habían vuelto al interior, a la señora taiga, la madre del oso y las demás criaturas. Pese a todo, Richard Chancellor se apuntó el tanto de rebasar el Cabo Sagrado -Svyatoy Nos en ruso-, el gran promontorio entre el Golfo de Kola y el Mar Blanco. Aparte de su nombre elegíaco, el Cabo Sagrado, junto al estuario del río Iokanga, es punto y aparte. No es que ahí acabe el mundo, empieza la realidad por chocante que sea. Al lado del Cabo Sagrado, en el pueblo de Gremikha, la flota soviética del Norte ha instalado la base Mursmansk-140, una de las principales para submarinos nucleares. Lejos quedan los tiempos en que el Cabo Sagrado era como el Sanghri-la del Ártico. Y aún más lejos queda el sentir de la Siberia de Dersu Uzala: "Yo pienso esto: las colinas y la selva son como los hombres. Ahora están dispuestas a sudar. ¡Escucha...! Respiran como nosotros...". Sí, pero lejos de calores, aglomeraciones, agostos y nervios.