Señales de tráfico, por Javier Reverte

Viajar con los eslóganes que aparecen en los carteles luminosos de las carreteras alivia el aburrimiento que nos produce el volante.

Javier Reverte

Viajar estos días por la carretera se ha convertido en una forma casi literaria de desplazarse. O por lo menos en una manera de abrir la puerta a la imaginación literaria. No sé de quién habrá sido la idea de colocar en los carteles luminosos eslóganes percutantes, frases que nos hagan pensar, dichos que nos hagan reflexionar sobre nuestro comportamiento y casi sobre nuestras vidas. Puede que sea inventado por ese hombre tan dado a la sutil genialidad cual es el director general de Tráfico, Pere Navarro, el que acuñó aquella famosa y elegante expresión de " la he cagao". Pero el caso es que viajar con esos carteles al menos alivia algo el aburrimiento que suele producirnos a casi todos el volante.

Uno reza: "Piensa en los demás". Y claro, te dices a ti mismo que no has hecho una cosa en toda tu vida, porque no va uno siempre a andar pensando en uno mismo. Pero el asunto se complica, dejando ir a la imaginación, si al pensar en los demás uno recuerda al ogro de su jefe. ¡Demonios! Tu corazón enfurece, pisas el acelerador, miras con odio al coche que te adelanta y te dan ganas de meterle el morro a un camión renqueante que tienes ante ti para que se salga a la cuneta dando tarascadas. Por el contrario, si uno piensa en el ser amado, el arrobo se mete en el corazón, te adormece, te hace oír la música de Casablanca y corres el riesgo de salirte del carril de puro embeleso. O sea, que no parece conveniente pensar en los demás sino en la carretera que se tiende a tu frente.

Otro eslogan es el que te canta el número de muertos que hay desde comienzos de año. Y la imaginación, de nuevo, se dispara. Cada vez que leo el cartelito, me imagino a todos los muertos de un puente o de un fin de semana tendidos en un galpón, en hileras y tapados con una manta. Parecerían las víctimas de un feroz atentado en Irak o Afganistán, o los caídos en una feroz batalla. Y me da por pensar en el furor de las guerras y la cabeza se me va a Kabul o Bagdad y la carretera me importa un bledo, con el riesgo que ello supone para mi integridad física. Hay uno que dice: "Gracias por no arriesgar". Y me acuerdo de mi tatarabuelo italiano, que se hizo rico en Murcia y luego perdió todo su dinero apostando al parchís salvaje, un vehemente juego de la huerta murciana en el que se evaporaron fortunas. Así que tomo la decisión de pensar cuál sería mi calidad como jugador de póquer y me organizo algunas jugadas perfectas en la cabeza, de las que me saca de pronto un frenazo del coche de al lado que me ha visto invadir su carril.

"En la carretera no estás solo", señala otro mensaje luminoso. Y esta vez me entra un ataque de cabreo, sobre todo en las horas punta, cuando andas malamente a 20 kilómetros por hora y, si miras a los coches vecinos, ves caras de mala uva por todas partes. ¡Ya nos gustaría a los conductores estar solos! Pero, desdichadamente, los responsables de Tráfico, en lugar de idear políticas para arreglar el eterno problema del atasco, se dedican a calentarnos el coco con frases difícilmente mejorables.

Yo les sugiero otras. Por ejemplo: "Conducir es una pasión inútil", "El volante es el camino más directo al suicidio", "Recuerda Hiroshima", "La carretera mata más que Al Qaeda", "El infierno nos aguarda en la siguiente curva", "Si te la das, tus sesos quedarán esparcidos sobre el asfalto", "Piensa mientras te estrellas que, quizás, tu viuda dará muchos saltos de alegría pensando en la herencia", "Sarajevo y Ruanda no era nada al lado de esto" y cosas de parecido jaez. ¿O por qué no seguir el ingenio del responsable supremo del tráfico en nuestro país e iluminar los carteles de las carreteras con mensajes como éste: "Si conduces, la cagas"?