Selous, por Javier Reverte

En Selous, el parque nacional más grande del continente africano, he vuelto a percibir esa sensación de poder absoluto de la Naturaleza.

Javier Reverte

Puedan pocos lugares en la Tierra de los que uno pueda decir que los siente como territorios no hollados, que pueda imaginarlos como anteriores al paso del hombre. ¿Los bosques escondidos del norte de Canadá y Alaska?, ¿el corazón del desierto yemení de Hadramaut?, ¿las selvas de las orillas del río Congo?, ¿las islas heladas del Ártico? Lo más probable es que casi todos los lugares que menciono y otros que ahora olvido hayan sido alguna vez pisados por los humanos. Pero yo hablo de sensación, de una percepción de soledad infinita en donde el hombre es un extraño, de esos "territorios salvajes" de Krakauer en donde la muerte se esconde detrás de la placidez de un blanco paisaje nevado, o de los virginales bosques Conrad, en las orillas del río Congo, en donde la muerte se viste de impúdico color verde.

Pero en Selous he vuelto a percibir hace unos pocos meses esa sensación de absoluto poder de la Naturaleza y de indefensión humana. Selous es un parque nacional tanzano (lo llaman reserva de caza) y es el más grande de todo el continente africano, tiene algo así como el tamaño de Suiza. Le debe su nombre a un "cazador blanco" muerto en 1918, Frederick Courtenay Selous, y en su geografía no existen establecimientos humanos sino tan sólo tres o cuatro lodges de lujo adonde casi solamente se puede acceder en avioneta y a un costo que no está al alcance de todos los bolsillos. Digo "casi" porque, con mucho esfuerzo y tragando kilos de polvo por pistas infernales, es posible alcanzarlo e internarse en sus inmensas praderas a pie, durmiendo en tiendas de campaña en improvisados campamentos y escuchando durante la noche el clamor de la naturaleza salvaje y libre: el llanto de las hienas, el quejoso gruñido de los leones, las temerosas pisadas de los herbívoros, el jadeo sonoro de los hipopótamos, el ulular de las aves nocturnas...

Todo te amenaza en Selous. Y no sólo los felinos de la selva y la pradera sino también los temibles cocodrilos ocultos en los vados de los ríos y los lagos, los agresivos búfalos solitarios refugiados entre las arboledas, el calor abrumador del día, los mosquitos transmisores del dengue y la malaria, las aguas infectadas por el parásito del cólera...

Como muchos de esos lugares que las guías turísticas tildan de "paradisíacos", Selous no es un lugar cómodo para el turista de a pie, sino todo lo contrario. El poder abrumador de la Naturaleza, que produce temor incluso con las súbitas tormentas que se desatan en forma de lluvias torrenciales y feroces descargas eléctricas, te hace sentir, sobre todo, tu esencial fragilidad de animal. En Selous percibes con toda su grandeza y todo su dramatismo la realidad de nuestro destino como individuos y como especie: el fin del camino, el fin de la existencia, la presencia ineludible de la muerte marchando a tu lado. Pero lo curioso es que esa sensación no aterra, no produce pavor, sino que te empuja a reconciliarte con tu naturaleza más íntima. Eres un bicho, te dices, y como todos los bichos estás destinado a morir; pero también a disfrutar, en el interregno, de ese enorme privilegio que es la vida.

Selous es un territorio protegido por las autoridades tanzanas, pero eso no significa que no esté sometido a ciertas amenazas. Sobre todas las otras, al furtivismo. Y a pesar de que un numeroso grupo de rangers, establecidos por batallones en los poblados de los alrededores del parque, patrulla sin descanso por las áreas del parque en previsión de las cacerías de los furtivos -en especial dirigidas a los elefantes-, los bajos sueldos de estos agentes y la política de sobornos que llevan a cabo las mafias de la caza abren la puerta a matanzas sin cuento.

Como otros lugares, al paso de los años Selous acabará por engordar la nómina de los espacios naturales domeñados por el hombre. En suma, que se convertirá casi en un parque temático dejando de ser un parque salvaje. Pero, mientras ese día llegue, algunos nos iremos de este mundo con la satisfacción de haber caminado algunas veces por el lado salvaje del mundo, ese "wild side" de naturaleza libre que aún puede hallarse en nuestro planeta. Uno de esos territorios sin caminos se encuentra todavía en Selous.