Seguridad extrema, por Jesús Torbado

Lo que llaman seguridad extrema es una sucesión de penurias y sinsabores que aconseja a muchos no moverse de casa.

Jesús Torbado

No acaban de decidir los millonarios burócratas de Bruselas si continuará o no vigente la norma de impedir el acceso a los aviones a quienes guarden un recipiente con diez centilitros de líquido o más. El otro día, y por el infortunio aleatorio, después de haberme casi desnudado, qué espectáculo, sobre varias bandejas y de cruzar sin pitidos el portón metálico de la vigilancia electrónica, me pararon en seco al otro lado, en lo que ya parecía un territorio seguro.

Una doña colombiana de suave lenguaje pero muy mala leche metió la mano en una de mis bolsas y con gesto de codicia agarró un botecillo de crema de afeitar. Se lo mostró a un colega y juntos lo examinaron vorazmente. Descubrieron por fin que señalaba un contenido de 7,5 cl y acordaron devolvérmelo con gesto piadoso. "Se ha salvado usted por poco -dijo la camarada, sonriendo-. No llega a los diez". Y me abandonaron en medio del paisaje para que recuperase los zapatos, me ajustase el pantalón y me adornase con mi sombrero, mi reloj, mis llaves, mis gafas... El azar me había elegido víctima, me había entretenido diez minutos y demostraba al fin que yo no era peligroso. Aparentemente.

A mi compañero de vuelo, en cambio, lo habían acribillado de paquetes manuales porque la señorita de la aerolínea le había dicho que su maleta no debía pesar más de 20 kilogramos, aunque él tenía derecho a 30 en total, porque un peso superior por unidad podía herniar a los maleteros, según órdenes de su sindicato. Tuvo que abrirla ante el mostrador e ir sacando libros, calzoncillos, zapatillas, souvenires..., organizarlo todo en bolsillos, bajo el brazo, colgado del cuello, hasta que la valija dio el peso autorizado.

Felices todos los clientes por la seguridad extrema que, según los que mandan, han conseguido los aviones. Convencidos de que quien desee cometer una salvajada, lo hará sin duda, de un modo o de otro, pero felices de creer que eso ya no es posible. Ya saben los viajeros que pronto serán controlados por el iris de los ojos, por el aliento, por las cutículas de las uñas, por el tono de voz, por el aroma del sudor inguinal. Ni uno va a escapar y además se conseguirá hacerlo todo con fecunda lentitud.

Como la informática permite chivatazos a velocidad de vértigo, un sistema llamado API ha cruzado en un año datos de 17 millones de viajeros. A pie de escalerilla o de control de entrada, sólo en España se ha detenido a casi ochocientos individuos (e individuas, claro) porque tenían cuentas pendientes con la Justicia de algún sitio. Aunque habían viajado tan ricamente, quizás al lado de usted.

Existen aquí y allá docenas de comités de expertos, del tipo de los que llama Zapatero de vez en cuando para aliviarle de sus soberbias ignorancias, especialistas, profesores sabios, asesores proféticos que dedican meses a elucubrar sobre cómo podría mejorarse la seguridad de los viajes, especialmente de los aéreos. A veces, luego de muchos debates y muchos euros recibidos, se les ocurren merluzadas del estilo ministras Aído y Trujillo o ministro Sebastián, como la de exigir que en el centro de la preciosa T-4 madrileña tenga uno que arrancarse el cinturón (y casi bajarse los pantalones) ante una maciza segurata boliviana. Quizá se les pueden ocurrir también ideas más útiles y razonables, incluso menos embarazosas y más cómodas.

En la realidad, y como demuestran las invenciones del chequeo aleatorio premium quality y de la limitación sindical de peso por bulto, el acceso a lo que llaman seguridad extrema es principalmente una sucesión de penurias y sinsabores que aconseja a muchos no moverse de casa. Tal vez las cacareadas crisis de las compañías aéreas no se deben a los precios del queroseno y a las reclamaciones salariales de los pilotos sino a la huida en masa de viajeros ante las torturas investigadoras previas y a la tacañería manifiesta de no regalar al pasajero un vasito de agua a bordo cuando los policías honorarios le han secuestrado previamente el botellín de la bolsa. Claro que, después de todo, tampoco los taxistas regalan agua y nadie se enfurece.