Second Life, por Carlos Carnicero

Second Life es un invento que ha descubierto que millones de personas no soportan su vida y han decidido crearse una en Internet.

Carlos Carnicero

Me enteré en Buenos Aires, cenando en un restaurante de Belgrano con unos buenos amigos españoles. Alguien explicó que el líder de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares, había sucumbido a la tentación de tener una vida cibernética, alternativa a la suya real, en donde predicar el comunismo. Esa noticia abrió un debate sobre la autenticidad de nuestras existencias. Mis amigos eran partidarios de la duplicidad de oportunidades que significa la apuesta por Second Life -así se llama este invento virtual-, por la inconformidad que tienen con la vida que llevan.

Relajados en Buenos Aires, reconocían estar atrapados en su "primera existencia" y envidiaban la determinación que habíamos tenido Maye, mi mujer, y yo mismo de establecernos en América, entre La Habana y Buenos Aires, para estrenar una nueva existencia de verdad. Llamazares, en cambio, iba a intentar mudar su vida sin salir de casa. Y está claro que para él puede tener sentido su apuesta porque en la España real su techo de crecimiento político y electoral puede ser muy parecido al de cualquiera de los asistentes a la cena como inversionistas financieros. Para poner en antecedentes a quien no conozca este excelente negocio, Second Life -su traducción literal es "segunda vida"- es un invento de Linden Lab comercializado por Philiphe Roseadle, dos visionarios de Los Ángeles que han descubierto que millones de personas no soportan el tipo de vida que llevan y han decidido crearse una en Internet, por medio de una red de servidores, acorde con sus ensoñaciones pero sin correr ningún riesgo distinto que la cuota que pagan por jugar a la vida. Una oportunidad excepcional para quien se mira al espejo y no se gusta, para quien va a un trabajo que no soporta y para quien quiere tener sexo con conquistas que en la vida real son imposibles.

Claro que Second Life tiene sus normas. Hay que ganarse la vida para comprarse una parcela, que allí se llama "isla privada", e incluso hay que pagar la entrada para conciertos de U2. Hasta es posible escaparse de la edad, porque cuando uno se decide a crear un "avatar" -que es como en ese universo se llama a la representación de uno mismo- siempre se modelan los músculos, se disimulan las arrugas y se afina la inteligencia.

Llovía en Buenos Aires y los españoles hacían planes para ir de compras al día siguiente por la mañana, al calor del atractivo cambio monetario de más de cuatro pesos por cada euro. Entonces pensé que en realidad esa era la segunda vida para muchos españoles que ahora pueden viajar a Argentina con sólo buscar un billete de avión barato en Internet. Antes, hace sólo treinta años, todo era distinto: los españoles que viajaban al extranjero lo hacían sopesando una maleta de cartón reafirmada con cuerdas, sumergidos en un terror casi religioso por un mundo desconocido y hostil. Quien salía a Suiza y Alemania, sin saber una palabra de aquellos idiomas, sólo quería volver con un poco de dinero para esperar al desarrollo español en las mejores condiciones posibles. Los tiempos han cambiado y ahora cientos de miles de españoles caminan por el mundo perplejos por no encontrar las cosas que en España les son familiares. Al final, el universo de El Corte Inglés, de la tortilla de patatas y de los chiringuitos de la playa son señas de identidad que imprimen carácter.

Nos reunimos de nuevo por la noche, esta vez para cenar en Puerto Madero, en un restaurante de lujo donde te sacan la vida por un pedazo de asado cocido y lamentable. Todo el mundo hizo un recuento de las emociones del día. Ni siquiera les había dado tiempo a pasar por el hotel a depositar los trofeos de la cacería obtenida de los mercaderes de Palermo Soho o de las Galerías Pacífico. El triunfo fueron los precios y el barómetro la comparación con la capacidad de adquisición en España. Fue entonces cuando Maye recuperó la conversación sobre Second Life. Tal vez Llamazares tuviera, como los turistas españoles, un camino más sencillo que el de comprar una vida en Internet. Probablemente bastaría con que el líder de IU viajara una vez al trimestre a la Argentina y se sentara a conversar con los porteños en cualquier café de Buenos Aires. La segunda vida está aquí mismo. Sólo hay que atreverse a cogerla.