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Sarah Santaolalla y la ciudad de Castilla y León en la que nació: piedra dorada, dos catedrales y un puente romano de 2.000 años

Antes de sentarse frente a una cámara para analizar la actualidad, aprendió a cruzar un río sobre piedras que llevan ahí desde antes de que existiera España. La ciudad que la vio nacer guarda casi un milenio bajo el mismo color de piedra.

Es una de las ciudades más bonitas de España y el origen de Sarah Santaolalla.

Es una de las ciudades más bonitas de España y el origen de Sarah Santaolalla. / Istock

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El domingo 30 de agosto, Sarah Santaolalla escribió en redes que llevaba años esperando esa noticia: iba a presentar su propio programa, su primer formato en solitario, en La Séptima, la cadena de televisión digital terrestre que arrancará emisiones el próximo 5 de noviembre. Quienes la conocen de las tertulias políticas de los últimos años saben que ese salto no ha sido rápido. Lo que muchos no saben es que, antes de aprender a debatir delante de un micrófono, aprendió a caminar sobre un puente que cruza un río desde hace casi dos mil años.

Sarah Santaolalla se crió en la ciudad universitaria más importante de España.

Sarah Santaolalla se crió en la ciudad universitaria más importante de España. / Istock

Ese puente sostiene 26 arcos, pero solo 15 de ellos son verdaderamente antiguos: los otros once tuvieron que reconstruirse después de que una riada arrasara media estructura en pleno siglo XVII. Es un dato que resume bien a la ciudad entera: algo que parece intacto desde los romanos, pero que ha tenido que rehacerse más de una vez para seguir en pie. Ahí, entre piedra dorada, dos catedrales que conviven pared con pared y una universidad que lleva más de ochocientos años formando estudiantes, nació y se crio Sarah Santaolalla. La ciudad se llama Salamanca.

Unamuno dijo de esta ciudad que era “un diamante de piedra dorada por soles de siglos y siglos de soles”: declarada Patrimonio de la Humanidad y Conjunto Histórico-Artístico, es la más bonita de España

Sara Fernández García

El puente que atravesaron los romanos

Se le sigue llamando puente romano, y con razón: se levantó en el siglo I, cuando la Vía de la Plata unía Mérida con Astorga y Salamanca era un cruce de caminos obligado sobre el Tormes. Pero decir que todo el puente tiene dos mil años sería quedarse a medias. Solo los quince arcos más cercanos a la ciudad conservan la fábrica original romana, con sus grandes dovelas almohadilladas; los once restantes, hacia la otra orilla, tuvieron que reconstruirse tras la riada de San Policarpo, la noche del 26 de enero de 1626, que destrozó buena parte de la estructura y obligó a levantar de nuevo medio puente en apenas un año.

Puente de Salamanca.

Puente de Salamanca. / Istock

El resultado, paradójicamente, funciona como un solo cuerpo: se cruza a pie sin notar dónde termina lo romano y empieza lo reconstruido. En la cabecera, junto a la entrada, espera un verraco de piedra, escultura vetona de la Edad del Hierro anterior incluso al propio puente, que aparece citado en El Lazarillo de Tormes y que hoy forma parte del escudo de la ciudad. Desde el centro del puente, con las dos catedrales asomando al fondo sobre el perfil de la orilla, se entiende por qué generaciones de universitarios —Santaolalla entre ellos, cuando cursaba Comunicación Audiovisual y Derecho en la Universidad de Salamanca— han cruzado este río de camino a clase sin pensar demasiado en lo que pisaban.

Catedral de Salamanca.

Catedral de Salamanca. / Istock

Dos catedrales, una rana y un jamón que no necesita presentación

Salamanca tiene la rareza de sumar dos catedrales adosadas, una contra la otra, como si el tiempo no hubiera querido derribar la primera para levantar la segunda. La Vieja, de origen románico, se empezó a construir en el siglo XII y guarda su cimborrio conocido como la Torre del Gallo; la Nueva, de gótico tardío que se funde con renacimiento y barroco, tardó dos siglos en completarse, entre 1513 y 1733. Ambas comparten la misma piedra: la arenisca de Villamayor, ese tono cálido que da a la ciudad entera el apodo de "piedra dorada" y que cambia de matiz según la hora del día.

Plaza Mayor de Salamanca.

Plaza Mayor de Salamanca. / Istock / armando oliveira

A pocos minutos de las catedrales, la fachada plateresca de las Escuelas Mayores esconde su propio juego: encontrar la rana tallada sobre una calavera trae, dice la leyenda estudiantil, suerte en los exámenes. La universidad que la sostiene, fundada en 1218 por Alfonso IX de León, es la más antigua de España en funcionamiento continuo, y en 1255 el papa Alejandro IV reconoció validez universal a sus títulos. De la Plaza Mayor, obra barroca de Alberto Churriguera terminada en 1729 y declarada Monumento Nacional en 1935, a la Casa de las Conchas o la Clerecía, el resto del casco histórico se recorre sin prisa, con la misma piedra dorada como hilo conductor.

Hornazo de Salamanca.

Hornazo de Salamanca. / Istock / Olga Mazyarkina

Y luego está la mesa. El hornazo, esa empanada de carne y huevo cocido que la ciudad reserva tradicionalmente para el Lunes de Aguas, sigue siendo la referencia popular; el jamón ibérico de Guijuelo, a menos de una hora, marca la despensa de toda la provincia. Para quien busque algo más elaborado, Pascua, el restaurante instalado en el jardín interior del Eunice Hotel Gastronómico, ha sumado en los últimos meses una mención como Recomendado en la Guía Michelin y un Sol de la Guía Repsol, con una cocina que el propio chef, José Manuel Pascua, define como "purista": guisos, caldos y fondos pensados para respetar el producto de la zona sin artificios.

Sarah Santaolalla ha vuelto más de una vez a hablar de su ciudad en medios nacionales. En una entrevista radiofónica con el humorista salmantino Héctor de Miguel, describió con precisión lo que ocurre cada vez que un político visita Salamanca: "En Salamanca, cuando va un político, es como si va Taylor Swift". No hacía falta exagerar: la ciudad entera, decía, se acerca a mirar. Puede que ese mismo instinto colectivo por acudir a ver algo fuera de lo común sea, en el fondo, el que empuja a cualquier viajero a cruzar ese puente de piedra dorada que ella cruzó de estudiante, sin saber todavía que un día tendría su propio programa de televisión.