Santos buenos, santos malos, por Jesús Torbado

Muchos ritos religiosos se han convertido ya en recursos turísticos fundamentales del lugar en el que suceden.

Jesus Torbado
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Foto: Raquel Aparicio

A las religiones debemos algunos de los momentos de mayor emoción y belleza con que podemos tropezar en la vida. Hasta tal punto que la gente emprende viajes largos, caros y costosos para presenciar ciertas ceremonias o actividades religiosas y vivir duros peregrinajes. No es sorprendente que un islandés se quede catatónico ante una procesión sevillana de Semana Santa, como tampoco que un andaluz se desconcierte ante la Esala Perahera de Ceilán, con docenas de personas estallando alegremente cocos ante las narices y los colmillos de los elefantes. Para solicitar la compasión y el perdón divinos, en ambos casos. En puridad, muchos ritos religiosos son ya recursos turísticos fundamentales del lugar en el que suceden. No hay que considerar ajeno a esta cuestión el éxito de ciertas religiones. La católica, por ejemplo. Su liturgia, su música, su escenografía, han sido elementos fundamentales de su exitoso márquetin. Cuando se enfrenta uno, por ejemplo, a una procesión romana de cardenales y obispos fastuosamente vestidos, caminando despacio en fila india, con un báculo o un cirio en la mano y recitando la respuesta a la gran letanía de los santos, es decir, de sus antecesores, tiene que emocionarse a la fuerza, aunque no crea ni en sí mismo: Santa Ágata, ora pro nobis; San Niceto, ora pro nobis, Santa Verecunda, reza por nosotros... Así, millares de nombres podrían desgranar durante horas.

Hasta no hace mucho, los santos eran tales por aclamación popular. No se necesitaba un registro, una nómina, el sello del jefe para decidirlo. Lo fieles acababan reconociendo la santidad de una persona y querían que su ejemplaridad -real o supuesta- ayudara a los demás y les sirviera de guía y de espejo. Devociones, leyendas e incluso intereses políticos (véase nuestro San Josemaría Escrivá) conseguían que un individuo escalara a los cielos y se sentara al lado del Dios. Luego, cada uno de esos elegidos estaría ocupado en una misión: San Lorenzo, remediar quemaduras; San Blas, vigilar la garganta; San Caralimpio, disipar la peste; Santa Bárbara, ahuyentar tormentas. Basta releer las jugosas Historias de la Corte Celestial que compuso el enmascarado Sacristán Jubilado en tiempos de la República. O el canónico Año Cristiano o Flos Sanctorum. Esa es la causa de tantísimos santos apócrifos, que jamás estuvieron vivos, algunos de ellos ahora en lo más alto del escalafón. Ahí están San Jorge, patrono incluso de países, o San Cristóbal, clavado en los salpicaderos de millones de coches, o los San Peregrino que proliferan en Francia, Italia y España (remedo de algún peregrino desharrapado y bueno que murió en el lugar), o San Canelón, que era el perro Canelón, o la viajera Santa Úrsula y sus compañeras santas Once Mil Vírgenes...

Claro que un viajero fiel distingue entre sus propios santos y los ajenos. El mundo árabe, que tenemos tan cerca, está lleno de santones y de morabitos. No solo se les tiene nulo respeto y consideración sino que suelen ser objeto de burlas. Y qué decir de los santos de religiones más intrincadas y remotas. Un saddhu indio no es más que un vagabundo esquelético y loco; en modo alguno se le considera un hombre piadoso y ejemplar. En el mundo budista es peor: la gente de túnica azafrán que pide unas monedas por la calle no puede compararse ni de lejos con nuestras monjitas. Y podemos mirar a los chamanes de África y de las selvas suramericanas... Hay santos buenos y santos malos, o ridículos, sí.

Hace unas semanas, durante un espectáculo fastuoso (y gratuito) fueron canonizados en Roma (puestos en el canon, en la lista) dos hombres extraordinarios: Roncalli y Wojtyla. Al mismo tiempo, en Barcelona, se canonizó también a un futbolista llamado Tito Vilanova, que murió por aquellos días y debió de hacer muchos milagros: honores públicos, autoridades, misa con cardenal, funeral nacional, muchas horas de la televisión catalana (que antes se llamaba Televisión Española), declaraciones desmesuradas y repetidas... Incluso se adosó al santo un lema grandioso: Tito, per sempre etern. Lema necio y tautológico, pues lo eterno es necesariamente para siempre, y en Barcelona ya brillaba Tata... Otro santo más, de otra religión, masiva y poderosa, el fútbol. Y santo bueno, ya que viene de Cataluña. Así funcionan las cosas.