Sahara por Javier Reverte

Me niego a resignarme a la complicidad con que nuestros gobiernos democráticos festejan los caprichos de un sultán medieval.

Javier Reverte
Hace un par de meses volví de nuevo a los campamentos de refugiados saharauis en el desierto argelino, en las cercanías de la ciudad de Tindouf. Es algo que me he propuesto hacer, si puedo, cada año, para no olvidarme de ellos y para no olvidarme de mí. Me explico. No quiero olvidar que los españoles le debemos a ese pueblo de ciento sesenta mil refugiados el derecho a una patria libre, según determinaron las Naciones Unidas, cuando se inició el proceso de independencia, un proceso que frustraría con su famosa Marcha Verde Hassan II, por entonces rey de Marruecos, apropiándose del territorio saharaui. Y no quiero olvidarme de mi propia dignidad, ni dar por bueno lo que la mayoría de nuestros políticos aceptan ya sin reparos -tanto me da PP como PSOE-, que el antiguo Sahara español es propiedad de Marruecos. Por fortuna, somos muchos miles los españoles que no queremos olvidar nuestra dignidad ni aceptamos esa realpolitik implantada por Felipe González y seguida a pies juntillas por José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero. Me niego a resignarme a la pasmosa complicidad con que nuestros gobiernos democráticos festejan los caprichos de un sultán medieval.Los cinco campamentos de refugiados (llamados Rabouni, 27 de Septiembre, Auserd, Smara y El Aiún) han ido mejorando sus condiciones de vida a lo largo de los últimos treinta y seis años, pero sus moradores viven todavía en construcciones de adobe, sin otra luz eléctrica que la que proporcionan los generadores, sin otro suministro de agua que la transportada por camiones-cisterna, sin red de alcantarillado y con una exigua atención hospitalaria. La comida procede en su práctica totalidad de la ayuda humanitaria y todos los meses se forman largas colas para el reparto de lácteos, frutas, cereales, legumbres, carne y verdura. En las escuelas de los campamentos -al contrario de lo que sucede en Marruecos, cuya segunda lengua es el francés- se enseña a los niños el español. Y, cosa curiosa, el gobierno de Madrid se ha negado una vez tras otra a abrir un Instituto Cervantes en sus establecimientos, en tanto que mantiene más de media docena de centros en territorio marroquí.La extensa franja de desierto cedida por Argelia a los exiliados saharauis se conoce con el nombre de Hamada en dialecto hasanía, el habla tradicional de este pueblo originalmente nómada. Hamada quiere decir algo parecido a vacío, a ausencia de vida. Y es así. Nada crece en sus pedregales, su tierra es estéril, carece por completo de agua y no hay pastizales para el ganado. De modo que los cultivos están condenados al fracaso y los rebaños de cabras y camellos los constituyen escuálidos animales expuestos al hambre y la sed. No llueve apenas durante todo el año y, cuando el cielo suelta el agua, lo hace con tal virulencia que anega las tierras y las chozas de barro, las jaimas de lona y los pocos edificios sólidos de los campamentos. Un año de lluvias significa poco menos que un año de inundaciones, de gentes ahogadas y viviendas arrasadas.Desde hace unos pocos años existen pequeños zocos en los campamentos en donde se venden herramientas, comida, ropa y utensilios de cocina. Y gracias a la asistencia de las asociaciones españolas de amigos del Sahara, unos dos mil niños saharauis viajan durante los meses de verano a hogares de toda España para disfrutar de unas alegres vacaciones y mejorar su español.Pero una y otra vez los gobiernos de nuestro país, pese a las decisiones de las Naciones Unidas, que encomendaron a España dirigir el proceso de autodeterminación del Sahara Occidental hasta su plena independencia, dan la espalda a los dictados de la justicia. Y siempre en nombre de una llamada "razón de estado", esto es, una sutil manera de nombrar a la burla de los principios. Viajar es una revista de viajes. Por eso incluyo aquí, en mi colaboración mensual, el recuerdo de este viaje a unos territorios inhóspitos cuya situación vergonzante nos sonroja. No debemos olvidar el Sahara por nuestro propio sentido de la dignidad. Ni dejar de viajar a unos campos que están bañados en la pesadumbre.