Safari, por Mariano López

Levantaban la tienda y contaban historias, fumaban y bebían en una mesa con mantel de hilo y vajilla de porcelana.

Mariano López
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Foto: Jaime Martínez

Hay pocas palabras tan extendidas y apreciadas como safari, que, como muchos saben, significa viaje, cualquier tipo de viaje. La palabra pertenece a la lengua swahili y quizá nació en las playas de Zanzíbar o en el puerto de Sofala, entre los relatos con que los mercaderes árabes regalaban los oídos a los bantúes. Muchos siglos después, la palabra llegó a Europa asociada al riesgo y a los peligros de la sabana, la selva y el Kalahari, a la expedición que narró el explorador y naturalista inglés Cornwallis Harris.

En junio de 1836, Harris llegó a Ciudad del Cabo procedente de la India, donde había servido como segundo teniente de Ingenieros de la guarnición de Bombay. En Ciudad del Cabo conoció a William Richardson, quien también había servido a su reina en la ciudad de los parsis y la diosa madre. Juntos, emprendieron un viaje hacia el norte, hacia el peligro, movidos por la curiosidad o por el deseo de encontrar fortuna y gloria, como Peke Carneham y Danny Dravot, en algún soñado Kafiristán del África austral.

Harris y Richardson fueron los primeros europeos que utilizaron la palabra safari para describir su estilo de viaje. Se levantaban al alba, a la hora exacta en que la sabana se despierta, cuando los pájaros cambian de refugio y cesan la noche y el miedo al león. Durante la mayor parte del día, caminaban. Como los personajes de Kerouac en On the road, no sabían adónde iban, pero tenían que continuar en movimiento. De noche, levantaban la tienda y contaban historias, fumaban y bebían en una mesa con mantel de hilo, vasos de cristal y vajilla de porcelana. A esa manera de viajar la denominaron safari.

El suyo fue un largo, muy largo, safari. Recorrieron más de 5.000 kilómetros durante cuatro años de viaje. Fueron minuciosos en las descripciones de los lugares y las gentes con que se encontraron, y en los retratos -Harris era una excelente dibujante- de la flora y la fauna que les sorprendió. Convivieron con los san, los tswanas y los hotentotes, y concluyeron que esas tribus deberían enviar misioneros a Europa para que los europeos aprendieran más sobre el valor de la palabra, la amistad y la generosidad. No fue así; al contrario: fue Europa la que envió sus misioneros, junto con una larga partida de lunáticos, desalmados, cazadores y exploradores, entre los que también se encontraban genios, como sir Richard Francis Burton.

Diplomático, escritor, traductor, orientalista, Richard Francis Burton había servido en la India, como Harris y Richardson, y, al igual que ellos, se enamoró de África el primer día que llegó. Fue un hombre extraordinario. Se dice que hablaba 29 lenguas, europeas, asiáticas y africanas, entre ellas el romaní, la lengua de los gitanos, que aprendió de una de sus novias. Fue el primer traductor al inglés de Las mil y una noches y del poema épico portugués Os Luisiadas. Soñaba en cuatro o cinco idiomas, un detalle en el que a Jorge Luis Borges, que adoraba la versión de Burton de Las mil y una noches, le gustaba particularmente incidir.

En África le llamaron "el negro blanco". Tenía la cara cortada por el recuerdo de un grave combate. Una lanza le había entrado por una mejilla y le había salido por la otra. Burton decía que aún eran peores las heridas del alma que le había causado una princesa somalí. Describió la geografía de varios países del continente africano, la lengua y las costumbres de parte de sus pobladores. Sus relatos inspiraron a otros grandes viajeros, que recorrieron las llanuras y las montañas del Este de África, con salacot y sahariana. Algunos de ellos fueron también reconocidos como sir.

La extensión por Europa de la palabra safari tiene un tercer pilar, tras los dibujos de Harris y las expediciones de Burton y sus seguidores, en las novelas de Henry Rider Haggar, en particular Las minas del rey Salomón. Haggar vivió en Sudáfrica, donde seguramente conoció la teoría que situaba el reino bíblico de Ofir en el corazón del imperio Monomotapa, en las recién descubiertas ruinas del Gran Zimbabue. El héroe de su más famosa novela, Allan Quatermain, estaba inspirado en la figura de Frederick Courtenay Selous, amigo de Cecil Rhodes y distinguido explorador de varios territorios africanos, entre ellos el interior de Zimbabue.

El cine continuó extendiendo el alcance y significado de la palabra safari. Muchas de las mejores películas de Hollywood que se han rodado en África tienen algo en común: sus directores no leyeron el guión hasta que no aterrizaron en Nairobi. No les movía la historia, sino la llamada de África.

Todas estas historias se esconden detrás de una sola palabra, safari, que también significa un viaje interior. Y un latido, una pasión, una fuerza interior animada por la emoción de sentirte vivo en una tierra salvaje, virgen y bella. Una palabra que nació, como decía, en algún mercado persa en la costa de Kenia, Tanzania o Mozambique, donde quizá se comerciaba con oro y con basalto y donde es seguro que se mezclaban los relatos de los leones devorahombres con los de Sherezade, historias de los volcanes y la sabana y noticias que asombraron en Bagdad.