Sabio polizón, por Jesús Torbado

Loor y gloria al chico bruselense que se ha zafado de todos y debió pasarlo en grande si sabía lo que estaba haciendo.

Jesús Torbado
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Foto: Raquel Aparicio

Saltó una chispa de esperanza, la última quizá, cuando ya todo parecía perdido y olvidado. No han querido hasta ahora darnos el nombre del héroe, del nuevo Prometeo viajero, sin duda para que no caigamos en la tentación de erigirlo como patrono oficial. A quien nos ha redimido de tantas humillaciones y tantos desdenes. Se trata de un chaval belga de 12 años y es de imaginar que los franceses se habrán enfadado lo suyo, pues siempre han considerado a los belgas más bien estólidos y de corte lepero. Pero este mozo les ha salido rana.

Pues resulta que el joven, el niño tal vez, decidió el jueves por la tarde, al abandonar su escuela, que no tenía ganas de volver a casa. Le apetecía darse un garbeo por el mundo, descubrirlo en su mismidad y pureza; darse un garbeo y abandonar la monotonía de pupitres, enseñanzas y recreos. No han dicho si arrojó libros y cuadernos al canal más cercano; tampoco si avisó a la familia o a los compañeros. Ni detalles de cómo buscó un medio de transporte para llegar al mismo corazón del aeropuerto de Bruselas.

Pero llegó tal cual y sin sufrir las habituales incomodidades de los aeropuertos: las vallas metálicas, las cintas enloquecedoras, la inspección a distancia y de proximidad de los guardias armados con pistolas y teléfonos, las inquisitoriales ojeadas de gente de diversos uniformes. El chico se llegó hasta una puerta de embarque de la compañía Jetair, parece que de bajísimo coste, pues resultó más tarde que ni le pidieron el billete de acceso, pasó los sucesivos controles de pasaporte y ticket oficial, incluso esos tan penosos que te obligan a quitarte los zapatos, el jersey y lo que tenga a bien mandar el inspector o inspectora de turno (sin duda que no había en los alrededores ninguna de las que actúan en Barajas). Guardó cola e hizo espera en la sala de embarque para un vuelo que se dirigía a Málaga, España, donde siempre hace sol y no caen brumas friolentas como en su pueblo. Por fin subió al aeroplano, se sentó en un asiento y dejó que, en un par de horas, lo condujeran al borde de una playa mediterránea. Como es natural, o ya obligado, ni le ofrecieron un vaso de agua ni le dieron las buenas tardes. Qué bobadas son esas.

Los periódicos, absortos en los parloteos de economistas y altos cargos de Europa, entusiasmados con los aromas de la corrupción y los ruidos tontos del carnaval, no han querido o podido añadir más noticias de tan jugosa aventura. Sólo que un guardia civil se sorprendió al ver al crío deambulando solo y perdido por el aeropuerto de la Costa de Sol, sin duda después de haber pasado el control de la aduana española. Y que se pusieron a buscar a sus padres para volverlo a casa. Qué pena, porque él no quería volver a su casa.

Un buen cuentacuentos ha tenido aquí fructífera y maravillosa oportunidad de entrar a saco en la gran aventura del zagal belga. Y de reírse a mandíbula batiente -es decir, con todos los dientes a la intemperie- junto a su concurrencia de la impúdica, fuerte, grande y nueva Diosa, la que tanto dinero nos cuesta y tantas incomodidades nos ocasiona. La seguridad, las biliosas razones de seguridad, que ya explican y justifican todo. Cientos, miles de personajes muy estirados y uniformados, de todas las razas, sexos y religiones, nos acobardan y huelen el trasero por todas las esquinas para que nadie escape del control, para que no haya atentados ni gritos, que no falte un papel timbrado, que funcione nuestro mundo y nos sintamos todos acunados benévolamente en los brazos del nuevo Gran Hermano (el de Orwell, no el de la televisión).

Loor y gloria al chico bruselense que se ha burlado de todo, que se ha zafado de todos, que debió de pasarlo en grande si sabía y pensaba en lo que estaba haciendo. Que los dioses voladores lo protejan el resto de sus días, aunque sigan ignorando su nombre.