Ruinas

"Admiramos el pasado, pero en el fondo la especie humana desprecia cuanto ha alzado en nombre de la estética" Javier Reverte

Javier Reverte
 | 
Foto: Raquel Aparicio

No soy un visitante asiduo de ruinas monumentales. Y no porque no las admire –hay algunas soberbias– sino porque me producen una pena infinita. O mejor: angustia. Las ruinas me hacen preguntarme algo capital sobre la naturaleza humana: ¿qué clase de animal somos, capaz de convertir la nada en belleza y, al paso del tiempo –y con el cambio de humor–, llevar la belleza a fundirse de nuevo en la nada? Es como si en el fondo del corazón humano latiera una ansiedad incontenible de autodestrucción. Y las ruinas son uno de los más notables ejemplos de esa tendencia secular del hombre.

Raquel Aparicio

Ahora que Palmira –la ciudad romana de Siria– se está reconstruyendo tras los intentos del ISIS por borrarla de la faz de la Tierra, me acuerdo de muchos otros lugares. De los Foros Romanos, por ejemplo, por donde uno pasea hoy por una suerte de osario de calles despedazadas, templos caídos, los costillares de los palacios al aire, los mármoles derrumbados que dejan ver paredes de tosco ladrillo, las estatuas decapitadas o simplemente desaparecidas, el Coliseo mellado, los arcos del triunfo derrotados por la desolación... Pesadumbre es la palabra que acomete a quien haya leído algo del pasado de aquella Roma orgullosa que parecía nunca habría de fenecer.

Ugurhan Betin / ISTOCK

Más agobio me produce todavía la visión de la Acrópolis de Atenas y, en particular, del Partenón. Tras el fin de la civilización griega en los primeros siglos de nuestra era, el edificio se mantuvo en bastantes buenas condiciones, convertido sucesivamente en templo latino, bizantino y musulmán. Sobre sus mármoles pasaban los siglos y las religiones, pero no la mano destructora del hombre, de la misma forma que ha sucedido en otros lugares, como, por ejemplo, en la Mezquita de Córdoba. 

No obstante, en el año 1687, a los turcos, que ocupaban la ciudad de Atenas, se les ocurrió convertir el Partenón en polvorín. Y una flota veneciana que sitiaba la ciudad decidió bombardear las defensas turcas. Una pieza de artillería alcanzó la Acrópolis y dio de lleno en el Partenón. Y el edificio, construido en el año 432 antes de Cristo por el genial arquitecto y escultor Fidias, saltó por los aires. Por fortuna, quedó su carcasa. Pero los zócalos marmóreos y un buen número de columnas y de estatuas quedaron destruidos. Hoy, el Museo de la Acrópolis acoge las piezas rescatadas, en su mayoría restos de frisos y tallas mitológicas, mutilados como un ejército doliente que regresa derrotado de un campo de batalla. 

enduro / ISTOCK

No deja de resultar chocante que fueran venecianos los autores del estropicio, ciudadanos de una ciudad que ama el arte por encima casi de todas las cosas y que es un ejemplo de belleza y equilibrio entre la naturaleza y la creación artística. El almirante de ingrata memoria que bombardeó el templo se llamaba Francesco Morosini. Hasta esa fecha aciaga de 1687, y durante 1.155 años, el Partenón pudo admirarse en un excelente estado de conservación. 

¡Tanta belleza perdida, tanta obra de arte despedazada! Admiramos el pasado, veneramos los nombres de los grandes artistas, pero en el fondo la especie humana desprecia cuanto ha alzado en nombre de la estética. Y uno se pregunta si no despreciará también el impulso ético, pues para los antiguos pensadores ambas cualidades formaban un todo único. Lo dijo con justeza, en su Oda a un ánfora griega, el poeta romántico inglés John Keats: “La belleza es verdad; y la verdad, belleza. ¿Es preciso saber algo más en la Tierra?”.

Las ruinas son la expresión de uno de los mayores fracasos de la civilización humana.