Ruidos anticipados por Jesús Torbado

El anuncio mercantil de la Navidad se ha convertido por sí mismo en un "recurso turístico", tan eficaz como un buen museo.

Jesús Torbado

Ya todo el mundo sabe, desde los altos rascacielos a las humildes favelas, que cualquier año próximo, cuando regrese uno de absorber los violentos soles del mes de agosto, se encontrará en la farola vecina e incluso en la puerta de su casa unas lucecicas de colores y un adorno con piñas bonsais teñidas de nieves de harina. Aviso de la Navidad, con cuatro meses de anticipación. Mas como este tipo de carreras bobas no tiene meta precisa, en unos pocos lustros serán pre-Navidad todos los días del año. Y con ello la Navidad auténtica habrá perdido lo poco que hoy le queda de su mágico significado. En el norte y en el sur, en el este y en el oeste.

El asunto que llaman globalización es una pasta uniforme y bien aderezada que a todo el mundo satisface. Los países del Septentrión europeo llevan lustros perfeccionando sus mercadillos navideños, hasta el punto de que sus ofertas ya marean a cualquier consumidor. Docenas de ciudades se ofrecen como las campeonas en su despliegue. Eso sí, la mercancía y los modos son casi siempre los mismos, ya que el material es mayormente chino, como es natural, y los comerciantes, o suramericanos o africanos negros, nómadas para la ocasión.

Al viajero finalmente le da lo mismo volar a Estocolmo, a Odense, a Rovaniemi o a Múnich: en cualquier parte del orbe encontrará el mismo paquetito y disfrutará de los truenos de la misma música.

Tal vez no importe mucho, pues el solo anuncio mercantil de la Navidad se ha convertido por sí mismo en lo que llaman recurso turístico, tan eficaz como un buen museo o como la tumba de Michael Jackson. Así que hay que explotarlo cuanto antes se pueda. Corren las multitudes a comprar cualquier cosa, que lo importante es comprar, o sea, el envoltorio, y con ello ganan los hoteleros, los transportistas, los concejales y los dueños de restaurantes.

Pretender que haya algo de Navidad en todo ese trajín es ingenuo y ridículo. En una extrañísima fábrica de vidrio en las afueras de Yangón o Rangún, en la desolada y bella Birmania, varias familias se ganaban el pan fabricando todo tipo cosas con las botellas que recogían de la calle y que reciclaban de manera artesana, tan meritoria como hermosa. En pleno mes de julio resultaba que su producto estrella, el best-seller del negocio, era un belén, un nacimiento, en verdad precioso, con todas sus figurillas esenciales en su sitio. Preguntado el director de márquetin por ese producto concreto, confesó no tener ni idea de la cuestión y también su sorpresa de que los turistas cargaran con aquellos aparejos que él había malamente copiado de la página de una revista en color.

La trazabilidad del souvenir resulta fantástica. Solamente la isla indonesia de Bali abastece a medio continente africano, buena parte de América del Sur y a todo el Sureste asiático de maravillosos bibelots a precios ridículos, tanto de plata (verdadera o faltsa) como de madera. Que, naturalmente, se ofrecen y pasan siempre por artesanía local de gran relieve étnico. El resto de la fabricación absoluta, como ya se dijo y se sabe, es china.

De manera que a todo el mundo le viene bien prolongar las tradiciones, ensanchar las fechas y multiplicar los sueños. Los anuncios de las vacaciones veraniegas arrancan en enero, como la Navidad empieza en septiembre. Los viajes se han convertido en rutina (en el sentido español, no inglés, de la palabra) y hay que salir pronto de casa para pescar lo que haya más a mano. En todo importa mucho más el ruido que la existencia de nueces. Y el que se anticipa, gana. El pequeño problema es que el perro acaba mordiéndose el rabo, y al final, abarcando todo, nos quedamos con las manos completamente vacías. Cuando la Navidad de verdad llega, ha dejado de existir.