Rostros del África de hoy, por Javier Reverte

África está metida en la modernidad, aunque permanezca sumida en la pobreza. Se parece mucho más a un arrabal miserable de nuestras ciudades de Occidente que al retrato de aldeas levantadas con paja y barro.

Javier Reverte

Hace un par de meses visité, por cuarta o quinta vez y en circunstancias un poco excepcionales que ahora no vienen al caso, el estupendo museo Guggenheim, de Bilbao, una de esas obras nacidas para acoger y exhibir el arte, que han acabado por consagrar a una ciudad con una nueva revolucionaria visión de la arquitectura, para convertirse casi en su seña de identidad más vigorosa. Al Guggenheim le ha pasado como a la Torre Eiffel de París: surgieron como una especie de verruga extraña en la piel de la ciudad y han acabado por transformarse en parte de su esencia más íntima. No podemos concebir París sin esa torre de hierro desgarbada y gigantesca que rasca la barriga de los cielos, asomada a las orillas del Sena. Y ya no podemos imaginarnos Bilbao sin los metales, dorados y chillones, que forman las sensuales ondulaciones del Guggenheim sobre la ría. Antes del museo, la capital vizcaína nos resultaba una urbe triste, grisácea y sucia, empañada por años de contaminaciones y nieblas, siempre un poco celosa de su vecina San Sebastián. Hoy Bilbao nos parece una ciudad alegre, orgullosa y rutilante, incluso ha rejuvenecido al lado de la solemne y vetusta Sanse. Adoro el Guggenheim, la verdad.

Si el edificio es hermoso, incluido el perro poblado de flores de la puerta, que es una extravagancia tan imponente como la gamberrada de un niño, la gestión cultural del centro es soprendente. Lo digo, sobre todo, por la exposición que visité hace dos meses y que da pie al artículo. Se llamaba 100% África y, desde mi punto de vista, era sorprendentemente el continente africano al cien por cien. Me explico a reglón seguido.

Estamos acostumbrados a identificar el arte africano con un arte tribal, por llamarlo de alguna manera. Lo primero que esperamos, si se nos ocurre asomarnos a una tienda de arte especializada en arte del continente negro o a un museo en donde se exhiban sus piezas, es encontrarnos una sucesión de escudos de guerra, además de lanzas, carcajs, máscaras rituales y figuras de dioses o de monstruos o de animales salvajes tallados en maderas nobles, por lo general de ébano. Puede haber joyas en plata, bastones labrados, antiguas argollas de acero para encadenar esclavos -todavía se venden en muchos lugares de África-, coronas de plumas y gorros de piel de leopardo o de león, e incluso tallas en piedra de malaquita o jade. ¿Y qué África es esa?, te dices un poco extrañado. Porque no representa para nada al continente que hoy ves a tu alrededor cuando recorres sus sabanas, las pequeñas miserables aldeas y mucho menos aún las grandes urbes.

África, que se ha hecho urbana a una velocidad endiablada, está resueltamente metida en la modernidad, aunque permanezca sumida en la pobreza. Quiero decir que se parece mucho más a un arrabal miserable de nuestras ciudades de Occidente que al retrato de aldeas levantadas con paja y barro en medio de la naturaleza salvaje que retiene nuestra memoria. No hay hechiceros por las calles ni guerreros con taparrabos. Hay harapientos, legiones de pordioseros y mendigos, chabolismo y, de cuando en cuando, pequeñas barriadas de incipiente clase media en donde la gente viste igual que los europeos. Pero hay también una inmensa luz y, a menudo, alegría desbordada en un bar en donde se danza y canta o en una fiesta al aire libre.

Esa es el África que recogía el Guggenheim: la de hoy, la de las calles sucias y populosas en los cuadros naïf, las locas maquetas de ciudades futuristas, los desechos metálicos convertidos en esculturas que representan rostros o ingenios para el transporte, mujeres que se peinan con cabelleras que son ramas de árboles por las que trepa la serpiente del pecado original y cientos, cientos de imágenes en blanco y negro sobre la vida en las urbes africanas, realizadas por fotógrafos de extraordinaria categoría.

El África de los tópicos la veo permanentemente en los documentales de National Geographic o Discovery. El África real la observé en el Guggenheim.