Romolo y Roma, por Luis Pancorbo

La "Trattoria" Romolo, en Roma, es un monumento sin columnas rotas, ni dioses de mármol, sino de buena pasta y mejor queso pecorino, donde iban a comer y cenar Rafael Alberti y su mujer; y casi habrían podido bajar allí en zapatillas desde su casa en la vía Garibaldi .

Luis Pancorbo

No es verdad que todos los caminos llevan a Roma habiendo alguno que conduce a Niamey, otros a Camagüey y hasta a las Islas Orcadas. Pier Paolo Pasolini me decía en una entrevista que le hice un poco antes de su brutal asesinato que un sueño solo no es verdad, "muchos sueños son verdad". A Pasolini le gustaba perderse por el barrio de Pigneto, una periferia de Roma que los turistas ni siquiera llegan a barruntar, entre otras cosas porque allí no se les ha perdido nada. Pasolini era muy exquisito y al mismo tiempo amante de los oscuros pinares de Ostia y de esos sitios un tanto ferroviarios, inconclusos, que hay más allá de la plaza de Porta Maggiore. El Pigneto, como ejemplo de todo eso, siempre tuvo un toque de película neorrealista, aunque ahora se dan cita artistas italianos y foráneos (extracomunitarios los llaman en Roma), unos verdaderos y otros de pega. Huyen del demasiado cómodo y decadente centro y se instalan en un lugar de nadie donde la ciudad empieza o acaba, depende del punto de vista. Pier Paolo Pasolini solía tomar algo en un bar de vía Braccio di Montone (Brazo de Carnero) y ese nombre y sitio ya pone en sintonía con las bofetadas de lo carnal y con un aroma que no resulta apto para narices monjiles.

Pero sin meterse en tanto berenjenal suburbano uno siempre se puede dejar caer por la Puerta Settimiana, la parte más especial del Trastevere. Allí es donde se dan cita los mundos de los Rafaeles: Alberti, el español, y Sanzio, el sabio ciudadano umbrío de Urbino, unidos ambos por varios puntos que convergen hoy como ayer en la trattoria Romolo. Es un monumento sin columnas rotas, ni dioses de mármol, sino de buena pasta y mejor queso pecorino. A Romolo iban a comer y cenar Alberti y su mujer, María Teresa León, y casi habrían podido bajar allí en zapatillas desde su casa en la vía Garibaldi. Lo único que los Alberti no perdonaban era el desayuno en su piso. Cuando no podían salir de casa por alguna razón o enfermedad, les subían la comida, como me cuenta la dueña, la señora Marisa, al pie del cañón del Romolo tras tantas décadas. Alberti había llegado a pensar que España era una losa de mármol que había puesto Franco sobre el tiempo y, aunque miraba con el rabillo del ojo las noticias internacionales y sobre todo las necrológicas, había décadas en que creía que no le iban a dejar volver al Puerto, el de Santa María, naturalmente. Él no podía volver a España de cualquier manera y en cualquier momento entre tanta iniquidad disfrazada de lenta caída de régimen y otros aderezos que convencían a muchos, no a un hombre de su temple. Con lo mismo se había hecho a Roma, a una espera interminable, de las que abrazan como el agua a una fontana, y a un barrio donde el cuerpo no sufría, al menos en Romolo, donde ponen unos gloriosos bombolotti con salsa de alcachofas o una coda alla vaccinara que es la versión romana del carpetovetónico rabo de toro, algo más suave gracias al apio y a la generosa colada de pomodoro. Y como hay más días que longanizas, el martes, saltimbocca, o, si no, el miércoles, involtini de ternera. Y a veces algún pescado, pero de esos pocos, porque tienen espinas y hacen daño al paladar, no son como el cerdo y las gallinas, que eso dice la canción romanesca a la primera frasca de vino de los Castelli.

A unos pasos de Romolo, ya muy cerca del Tíber, está la Academia dei Lincei, otro lugar umbrío y elegante donde esplende la Galatea de Raffaello, y donde Rafael Alberti volvía a encontrar sus fusiones, el color más clásico de Italia y el viejo español de Góngora que llevara toda su vida en el oído. Y de nuevo se cierra el círculo de las coincidencias, cuánticas o no, porque Romolo tiene un jardín donde se cena romanticismo y ricos espaguetis, y donde quiere la tenaz leyenda urbana que fue donde Raffaello conoció en todos los sentidos a su modelo, la arisca, bella y candeal Fornarina, hija de un panadero, la que inmortalizó de una forma tan buena como para comérsela, o admirarla, en su pintura. Esa pintura que ha hecho polvo al tiempo y al espacio, como todas las cosas que merecen realmente la pena.