Roma y la naturaleza, por Javier Reverte

El Panteón ha permanecido intocado ante el fuego feroz de los siglos y de las civilizaciones superpuestas.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Hace poco, paseando por la capital italiana, me acerqué, como siempre que visito la ciudad eterna, al Panteón, uno de mis lugares favoritos en la urbe. No he sabido nunca, por cierto, si la llaman ciudad eterna porque allí está el Vaticano o por la belleza de su geografía. Me inclino a pensar en lo segundo. Es más, estoy seguro, sin hacer caso de las profecías de Malaquías, de que la Iglesia Católica se extinguirá como religión antes de que desaparezca del mapa la ciudad en donde se alberga su capital: quizás Francisco sea el último Papa, según los expertos han interpretado los textos del profeta y santo Malaquías; sin embargo, Roma resistirá al desastre, no me cabe la menor duda.

Pero a otra cosa, mariposa... Hablaba del Panteón. Es un lugar magnífico, la mejor expresión conservada de arte de la antigüedad clásica. Ante tantos templos griegos y romanos desplomados, ante tantos hermosos palacios de los que apenas quedan columnas rotas, frisos caídos, estatuas descabezadas y cúpulas desmochadas, el Panteón permanece indemne, intocado ante el fuego feroz y arrasador de los siglos y de las civilizaciones superpuestas. El ánimo destructor del hombre resulta infinito, y lo mismo que fue incendiada la Biblioteca de Alejandría durante el siglo IV por cristianos fanáticos, o bombardeada la Acrópolis de Atenas por los venecianos en el siglo XVII, o, hace más bien poco, voladas con dinamita en la provincia de Barniyán dos grandes estatuas de Buda del siglo V por los talibanes afganos, pudo haber sucedido algo parecido con el Panteón. Y, no obstante, nadie osó tocarlo.Quizás sea que, de cuando en cuando, a los bárbaros también les conmueve la belleza.

En esta última visita al Panteón descubrí algo nuevo en su interior. En realidad, no lo descubrí yo sino que me lo enseñó un amigo con el que fui a visitarlo. Había visto en otras ocasiones la tumba de Rafael, el gran pintor renacentista. Pero nunca había reparado en su epitafio, que está grabado a cincel sobre la tapa de su sepulcro de piedra. Rafael, que murió muy joven, en 1520, con 37 años de edad, fue venerado en vida como un artista irrepetible, mucho más valorado que otros artistas que, con el paso del tiempo, se han revelado superiores a él. Enterrar a alguien en el Panteón era mucho enterrar. Y a él se le dispensó ese gran honor. Su epitafio lo escribió un reputado poeta de su tiempo hoy casi olvidado, Carlos Bembo.

Escrito en latín, dice así:

Ille hic est Raphael timuit quo suspite vinci rerum magna parens et moriente mori.

Lo que, traducido al castellano, significa más o menos en traducción un poco libre:

Aquí yace Rafael. Cuando vivía, la naturaleza temió ser vencida por él. Cuando murió, ella temió morir con él.

Resulta muy difícil encontrar un epitafio de tanto calado y hondura escrito para un artista. Y, sin embargo, no aparece en ninguna de las guías dedicadas a la capital italiana, al menos en las que yo haya leído en los últimos años.

Porque sucede que uno de los grandes debates de la historia humana, en el territorio de la creación, ha sido si la naturaleza supera en belleza al arte o si sucede más bien al contrario. O dicho de otra manera: si el arte imita a la naturaleza o es la naturaleza quien acaba por imitar al arte. Ese debate comenzó en los días de Aristóteles, con su libro Poética. Y no acaba de terminar.

Siempre que miro el mar, contemplo un bosque inmenso, admiro un desierto o me deslumbra la belleza de un atardecer, considero que la naturaleza nunca podrá ser derrotada, en su hermosura, por nada ni nadie. Pero voy a Roma, a la ciudad eterna... y dudo, naturalmente.