Rodrigues, por Luis Pancorbo

Rodrigues, una tierra casi olvidada a 560 kilómetros de Mauricio, es la isla del tesoro para los viajeros sin compromiso.

Luis Pancorbo

Isla Rodrigues, como no podía ser menos, fue siempre una isla solitaria. Estaba deshabitada en el año 1528, cuando la descubrió el navegante portugués Diogo Rodrigues en un rincón del archipiélago de las Mascareñas, donde si acaso vivían los dodó, pájaros que tenían una alzada de un metro y que no volaban. El último fue a la cazuela en el siglo XVII y desde entonces se dijo el aplastante: "Tan muerto como un dodó".

Por Rodrigues, una pequeña isla casi desarbolada, pasaron sin dejar apenas huella portugueses, holandeses, franceses, ingleses... Al final se quedaron los descendientes de los esclavos negros. Tiene una población de unos 35.000 habitantes, entre los que destacan sus bellas y recias mujeres. Algunas van al alba a pescar pulpos en la bajamar con unas picas (pique d''ourites) y suelen sacar una buena cosecha de cefalópodos. Luego hay poco que hacer en el achicharrante calor de una isla casi olvidada a unos 560 kilómetros de Mauricio. Jean-Marie Gustave Le Clézio, último Premio Nobel de Literatura, se fijó en esta idílica tierra, epítome de cualquier melancolía, y escribió Viaje a Rodrigues: "Me gusta este paisaje ocre y negro, esta hierba dura, estas piedras de lava arrojadas como para trazar un mensaje más allá de los tiempos".

Le Clézio nació en Niza (1940), pero tiene unas largas raíces en las Mascareñas. Un antepasado suyo, François Alexis, fue el primero en llegar tras la revolución francesa en el barco Espérance. Pero el escritor Le Clézio se fijó especialmente en su abuelo paterno Alexis y hasta se puso a buscar su tesoro. Guiándose por un mapa que su propio abuelo dibujó en 1910, Le Clézio pudo reconocer la Atalaya del Comendador, la Ensenada del Inglés o los restos de una granja, a la sombra de unos tamarindos. Allí fue donde su abuelo Alexis luchó a brazo partido contra la lava.

Todavía hoy Rodrigues es un "país solamente para el viento". Las gentes están muy deseosas de que alguien venga a verlas. No importa si los visitantes son vivos, muertos, fantasmas, blancos, negros, chinos... Los rodrigueses no hacen más que esperar: el amanecer, los pulpos, o el barco que viene cargado de todo lo necesario desde Port Louis, la capital de Mauricio, para atracar en Port Mathurin, la capital de Rodrigues. Le Clézio sintió ese mordisco constante del deseo de algo mejor al caminar por Rodrigues setenta años después de morir su abuelo: "Los gestos, los esfuerzos, la propia mirada de mi abuelo están todavía presentes aquí, inscritos en estos lugares".

Desde 1902 a 1930 su abuelo buscó en Rodrigues el tesoro del pirata El Buaro. Quería oro para pagar sus deudas y volver a comprar su mansión familiar, y por eso hizo un mapa. Había que "colocar los puntos de los arganeos, medir los ángulos...". Ahí estaría el tesoro de El Buaro, o, si no, de England, de Avery, de cualquier privateer que llevase en la bodega de su barco las riquezas de los nizam. Eran los vasallos del Gran Mogol Aurangzeb, el emperador de la India a quien Van Broeck ya había aligerado la dote de su hija, una fortuna que estaba valorada en un millón de libras esterlinas. Y a eso se sumaban también los diamantes de Golconde... "Es el oro, o la soledad, o tal vez esa tierra contra la que se rompió el deseo de los hombres porque era más estéril que ellos mismos".

Pero algunos no desisten. Algo de valor quedará encallado, sumergido o enterrado en Rodrigues, la isla del tesoro para los viajeros sin compromiso, para los que buscan cómo atiza el viento en las hierbas secas, o cómo se derrumba el sol entre las olas y viene otra noche espesa como si fuera tinta de calamar.