"Rock and rail", por Javier Reverte

En Woodstock (1968), el ‘trippy'' era consumido por los espectadores; en el Festival Express (1970), por los músicos.

Javier Reverte

En el inicio del verano de 1970, en plena explosión del hippismo, el rock, la revolución de las flores, la música, el amor libre y la droga, a Jimi Hendrix y un amigo canadiense se les ocurrió organizar un concierto itinerante a lomos de un tren, un "rock and rail", que debería de recorrer durante más o menos un mes cerca de cuatro mil kilómetros de la cintura sur de Canadá, entre Montreal y Vancouver, cargado de músicos, de "fans" inquebrantables, de periodistas y un equipo de cineastas que rodaría la aventura. El tren se detendría en diferentes ciudades durante su recorrido, ofreciendo conciertos a los jóvenes muy en el estilo del mítico Woodstock de agosto de 1969 en California: al aire libre y con olor a sexo y marihuana. La idea no pareció excesiva en aquellos tiempos de chicos sobrepasados. Y el tren se puso en marcha: se le llamó Festival Express.

Iban a bordo grupos como The Band y Grateful Dead, además de mitos vivientes como Janis Joplin y Buddy Guy. Hendrix no pudo tomar la salida, porque murió de sobredosis unas semanas antes. La Joplin moriría por la misma causa tres meses después, en Los Ángeles. Un chico de la época, músico por aquel entonces y viajero privilegiado en el famoso tren, relataba hace un par de años en un periódico canadiense: "Si pudiera repetir aquel tour con Janis, lo haría por completo sobrio para poder contarlo ahora, porque no me acuerdo de casi nada". Y un miembro de la banda Grateful Dead, Mickey Hart, señaló: "Los compartimentos de aquel tren estaban hechos para cualquier cosa menos para dormir. Durante el año anterior, en Woodstock, el ‘trippy'' lo consumían los espectadores; en el Festival Express, los músicos". En la ciudad canadiense de Montreal, el alcalde, un tal Jean Drapeau, prohibió el primer concierto, por considerar que el rock era una cosa del Diablo. De modo que el tren siguió hasta Toronto y allí desembarcaron instrumentos, megafonía, músicos, orquesta y camarógrafos. Como las entradas se vendían a más de 15 dólares, hubo una manifestación de miles de jóvenes en contra de los precios que la policía controló a duras penas y que se saldó con decenas de heridos. Pasada la tormenta, los Grateful Dead ofrecieron un concierto gratuito en un parque público.

Dos días después, en Wineping, camino del Oeste, la legendaria Janis Joplin, con una botella de tequila en la mano y una boa roja al cuello, encandiló a miles de jóvenes con su voz rota, cantando, entre otros temas, el inolvidable Cry Baby. En Calgary, el rockero Ken Walter se peleó a puñetazos con el alcalde para conseguir celebrar el concierto, cosa que logró a fuerza de ganchos, algo que hoy resultaría totalmente impensable. En Saskatoon, en fin, Jerry García, de los Grateful Dead, convenció al conductor del tren para que lo detuviera delante de un almacén de venta de licores. Se desayunaba todos los días con LSD y se cenaba con marihuana.

Nunca habrá un tren semejante, gracias a Dios, por mucho que los amantes del rock roll añoren a los grandes músicos muertos de aquella edad felizmente irrepetible: Hendrix, Joplin, Marley... El tren nunca llegó a Vancouver porque era imposible que aquella cabalgata enloquecida alcanzase jamás su destino. No pasó de la provincia de Manitota y sus viajeros fueron acompañados por la policía hasta los aviones que los devolvían a sus casas, bajo el cuidado de médicos especialistas en chicos atacados de sobredosis.

Cuento esta historia porque he leído en un periódico americano que se han encontrado hace unos meses 30 bobinas de película de aquella gira diabólica hacia el infierno del exceso. Las hallaron en el garaje de un hijo del productor del filme que se quiso realizar entonces y que quedó, como el concierto, olvidado durante décadas.

Desde luego, no es cosa de imitar aquel tiempo bastante agitado, pero confieso que me encantaría ver las filmaciones, sobre todo a Janis Joplin, borracha y cantando Tell Mama.